La escritora Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es la primera mexicana en estar nominada al Premio Booker, uno de los certámenes literarios más importantes en lengua inglesa. La novela con la que compite es Lost children archive (El archivo de los niños perdidos), que relata la historia de los niños migrantes en Estados Unidos. El resultado final se dará a conocer el próximo 14 de octubre y el libro se estrenará en México, en septiembre del año en curso. Por ello, hemos decidido hablar de uno de sus primeros libros, Papeles falsos (2010), para conocer un poco más de esta escritora.

Por Laura Itzel Dominguez Martínez 

Ciudad de México, 10 de agosto (SinEmbargo).– La memoria es una especie de mapa imaginario en el cual depositamos nuestra ficción. Todo recuerdo es un cuento de lo que fue, aderezado con lo que hubiera podido ser. En este sentido, Papeles falsos (Sexto Piso, 2010) de Valeria Luiselli (México, 1983) no es la excepción. Sin embargo, su singularidad radica en mostrarnos ese indefinible paseo que hace por el mundo mientras habla de sus periplos mentales: la Ciudad de México, la Isla de los Muertos, la casa de Joseph Brodsky. Todo dispuesto al azar como un modelo para armar.

Bajo esta tónica, debo confesar que me acerqué a Luiselli con la intención de descubrir un relato más; por lo tanto, leí Papeles falsos como una suerte de Rayuela mexicana con toques de cosmopolitismo. Pero con el paso de las páginas comprendí que me enfrentaba a algo más que una novela enredada, pues en cada hoja se desplegaba una reflexión en torno al viaje, a la ciudad, al panteón, al mundo. No había principio ni fin, sino una vida que sucedía en ese preciso instante.

Luiselli comienza con su visita al cementerio de San Michelle en Venecia, Italia. En ese recorrido narra la búsqueda del Otro: el muerto en su tumba. En medio de todo, se interrumpe a sí misma de la mano de Joseph Brodsky. (No me gusta la gente. No soporto su apariencia. Aferrado al árbol de la vida cada rostro está firmemente atado y no puede desatarse, cita en algún sitio.) Desde este momento, el libro se vuelve una especie de exaltación del poeta ruso, de quien dice estar realizando una investigación. No la culpo, los seres humanos buscamos afinidad con otros para resignificar nuestra propia historia.

En consecuencia, Brodsky es el complemento perfecto a la historia personal de Luiselli, quien nació en la Ciudad de México en 1982. Como hija de un embajador, pasó gran parte de su vida fuera de México, en países como Italia, Sudáfrica e India. Por su parte, el poeta ruso también fue un hombre de mundo, al cual habitó con fervor. Él vivió una larga temporada en Estados Unidos mientras añoraba su ciudad natal, San Petersburgo, pero su tumba se encuentra en Venecia. De tal forma que, el cosmopolitismo involuntario es lo que une a estos dos escritores.

Papeles falsos puede leerse, entonces, como una metáfora del desarraigo. O como diría la también ensayista, Susan Sontang, al respecto de los viajes de Brodsky, éstos son: “el característico premio de una rápida asimilación de lo que había que conocer y sentir, una resolución a nunca dejarse embaucar, y mordaces reconocimientos de vulnerabilidad”. En este sentido, Luiselli se desenvuelve en este libro como una joven exiliada del mundo, pero con una avidez similar a la del poeta ruso.

Es justo en este punto, en el que Papeles falsos es también una especie de nostalgia por lo que la autora es sin serlo del todo: una mexicana. Quizá no sólo por el simple hecho de verse en el espejo de los desterrados, sino también por la imposibilidad de nombrar el mundo desde un lugar específico. Y esa preocupación, la acompañará a lo largo de todo el libro, en la búsqueda de ese algo que la fije en un sitio preciso. Por ejemplo, explora términos intraducibles, con la intención de hallar un rasgo único de la lengua materna:

“La saudade no es homesickness ni es heimweh. El kaihomielisyss finlandés, aunque recuerde a home y a miel, expresa sólo su dimensión más invernal. El sökundur islandés es seco, el tesknota polaco apenas la toca; al lack inglés le falta algo, el steak checo se encoje; y en el ihaldus estonio la ‘h’ es helada. La morriña rueda hacia ella como una piedra de trayectoria asintótica. Los brazos largos del longing no la alcanzan. En Sehnsucht se demora demasiado una ‘e’. La saudade no es nostalgia y no es melancolía: quizá la saudade tampoco sea saudade”.

Esa curiosidad, sin duda, también abreva del mundo brodskyano (por llamarlo de algún modo). Decía Sontang a propósito de su amigo, que sí, él era un afecto al cosmopolitismo, pero no por nostalgia, sino por reconocer que el pasado era una fuente de criterios más elevados que los que permite el presente. En este mismo tenor, Luiselli mostrará a lo largo de estas páginas su peculiar relación con el pasado, pues piensa que “los espacios sobreviven al paso del tiempo de la misma manera que sobrevive una persona a su muerte en esa estrecha alianza entre la memoria y la imaginación.”

Si bien, hay una cierta obsesión por Brodsky, en Papeles falsos transitan tantos lugares como personajes de la historia mundial. Entre ellos, Walter Benjamin, Fernando Pessoa y W. G. Sebald. Sin embargo, debo confesar que este quehacer ensayístico tiene más de benjaminiano que de brodskyano. Los paseos de Luiselli por la Ciudad de México e Italia me recuerdan más a Calle en sentido único (W. Benjamin) que a Del dolor y la razón (J. Brodsky), no sólo por la brevedad de cada uno de los ensayos sino por la soltura con la que recurre a los otros para sostener su verdad.

No obstante, el libro de Luiselli también puede verse como una búsqueda de identidad; o bien, una explicación de sí misma a través de su ciudad –la Ciudad de México–. “Hay un cuadrángulo de pequeñas ausencias, de plazuelas donde hubo algo que ahora sólo son huecos”, dirá en algún instante. (A unas cuadras de mi casa hay un edificio en ruinas: mausoleo de televisiones, periódicos, muñecas, familias. El viejo policía que cuida la propiedad de enfrente asegura que eran más de cinco pisos, un edificio moderno, de pocos años antes del temblor del 85.) Casi como en un intento desesperado de evitar el olvido, de reinventarse a sí misma en un sitio que ha dejado de ser el mismo.

De este modo, Papeles falsos se despliega ante el lector como un recurso de memoria: un modelo para armar. En el cual, tenemos la posibilidad de llenar los vacíos por medio de nuestra propia experiencia. O bien, podemos verlo como una especie de método, con el cual nos cuestionamos el mundo –el nuestro–. Entonces, ¿qué fue de la casa que habité?, nos preguntaremos algunos. Mientras otros recurrirán al pasado reciente, aquel que nos trastocó justo hace un instante para convertirnos en seres reminiscentes. Todo, en medio de un trance que siempre llega al mismo lugar: nosotros los de entonces ya no somos los mismos.