Juárez con Jota es una serie de ensayos de Carlos Urani Montiel, maestro de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Aquí el segundo texto íntegro, Bailarín bajo el peso de la lluvia.

Por Carlos Urani Montiel

Ciudad Juárez, 27 de julio (SinEmbargo).- En la primera entrega de esta decena de ensayos –dedicada a la novela Vereda del norte, compuesta en 1937 por el escritor juarense José Urbano Escobar– mencioné la homofobia y los crímenes de odio cometidos contra lesbianas, gays, bis y trans. Dichos actos, también dije, nos recuerdan que las innegables contribuciones de la comunidad LGBT a la cultura universal han sido siempre acalladas y relegadas por motivos religiosos, sociales o raciales. La monografía de Efraín Rodríguez Ortiz, Crímenes de odio por homofobia: los otros asesinatos de Ciudad Juárez (2010) sirve de guía para comprender cómo el varón tradicional, proveniente de un sistema patriarcal, pierde sus referentes cuando interactúa con sexualidades no convencionales. Al ponerse en crisis su propia identidad, “el masculino no sabe y no quiere saber otras maneras de reaccionar que no sean a través de la violencia”. En este segundo texto, retomo el recuento cronológico de la creación literaria con temática queer en la zona fronteriza de Ciudad Juárez-El Paso. Así pues, toca el turno a la opera prima del narrador paseño Arturo Islas: El Dios de la lluvia: una historia del desierto.

El libro, publicado originalmente en inglés en 1984 en Palo Alto, California, y aún sin traducir al español, traza la genealogía de una familia de origen mexicano que se asienta en un nuevo hogar al otro lado del Bravo, primero en Nuevo México, pero pronto se mudan a la frontera, al Segundo Barrio en El Paso, Texas. A pesar de que Miguel Chico (alter ego del autor) y su padre protagonizan la historia del linaje Ángel –así se apellidan, aunque le quitan la tilde–, un capítulo de la novela, “Rain Dancer”, se centra en el tío Félix, también conocido por sus empleados como el “Jefe Joto”. Su asesinato es brutal; la escena donde su hermano, Miguel Grande, debe reconocer en la sala forense el amasijo de carne en que quedó reducido desconcierta a todos los personajes, pero sobre todo, al lector, sin importar que desde la página seis ya se había anunciado su muerte. El crimen perpetuado en contra de Félix Ángel, además de generar un punto de quiebre en el ritmo de la novela –y en la misma tradición de la literatura chicana–, ilustra el estigma de ser homosexual en una época en la que el homicidio parece más tolerable.

Arturo Islas nació en El Paso en 1938; prolífico poeta, académico, ensayista y escritor de cuentos, es reconocido por sus dos novelas concluidas, que planeaban ser una trilogía: Almas migrantes (1991), secuela de El Dios de la lluvia. Su prematura muerte, en 1991 a causa del sida, truncó una carrera productiva e influyente en las letras latinas (o latinoamericanas), más allá de la veta chicana. Islas fue un escritor reflexivo, dedicado y consciente de un estilo que vertió en distintos registros; promovió, además, un sentido de responsabilidad hacia la comunidad con sus colegas –profesores y escritores–, estudiantes y críticos. Durante su carrera profesional, como profesor en el Departamento de Inglés de la Universidad de Stanford, formó una extensa colección de documentos, registros y bibliografía sobre estudios mexicanos, desde lo prehispánico hasta lo chicano. Como escritor de la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, hay que ubicarlo en la vanguardia en el tratamiento de dualidades sociales, lingüísticas y cognitivas. Uno de los nietos de Mamá Chona, matriarca de la familia Ángel, expresa: “Estamos en la frontera entre una tierra que nos ha olvidado y otra que no nos entiende. […] ¿Qué pues hemos de hacer nosotros, educados como espalda mojadas y con alma migrante?” Su compromiso artístico lo llevó a profundizar en la estética y la psicología de la creatividad gay, una exploración que chocaba con su formación tradicional, ligada al catolicismo. Como pensador homosexual, Islas superó límites, fronteras y roles establecidos, siendo el abanderado de la literatura queer escrita por chicanos.

Una primera versión de la novela que aquí me ocupa se llamó Día de los muertos (1976), lo cual se hubiera prestado a una interpretación exclusivamente étnica o folclorista. En cambio, El Dios de la lluvia dispara varias lecturas y juegos intertextuales, incluso con el subtítulo: Una historia del desierto. “A cambio de ofrendas y de sacrificios –en particular de niños–, Tláloc otorgaba a los hombres todo lo necesario para la vida” (Guilhem Olivier), para fundar nuevos pueblos, como el que se asentó en el Lago de Texcoco. Esta deidad, una de las más antiguas de Mesoamérica, actúa para otorgar el valor, el mando, es decir, el poder, razón por la cual uno de sus nombres era “El Dador”. En el capítulo final de la novela, aparece un canto atribuido a Nezahualcóyotl, transcrito por el primogénito de Mamá Chona –el primer Miguel Ángel– quien murió en las calles de San Miguel de Allende a inicios de la Revolución a causa de una bala perdida: “Toda la redondez de la tierra es un sepulcro: no hay cosa que sustente que con título de piedad no la esconda y entierre. Corren los ríos, los arroyos, las fuentes y las aguas, y ningunas retroceden para sus alegres nacimientos: aceléranse con ansia para los vastos dominios de Tláloc, el Dios de la lluvia, y cuanto más se arriman a sus dilatadas márgenes tanto más van labrando las melancólicas urnas para sepultarse”.[1] A sus 32 años, Mamá Chona enterró a su hijo, y con él toda su alegría; jamás perdonó a México por la infortunada muerte; el movimiento armado la orilló, junto con su marido, a desplazarse hacia el norte para cruzar la frontera y nunca volver.

La zaga de los hijos y nietos de Mamá Chona entreteje los hilos narrativos de la novela, dividida en seis capítulos y precedida por unos versos de Pablo Neruda: “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta” (“Alturas de Macchu Picchu”). El grueso de la acciones en El Dios de la lluvia ocurre en la década de los 60’s, justo cuando el movimiento chicano estalló como contienda social. La lucha por los derechos civiles de la población de origen mexicano en Estados Unidos transformó a fondo su propia conceptualización, así como su actuar en muchos terrenos, incluyendo el ideológico. Las representaciones simbólicas, asumidas por las letras, conjugan un talante político y militante, al tiempo que delinean múltiples situaciones de subordinación ante la sociedad dominante. Sin embargo, veinte años después, es decir, cuando Arturo Islas intenta publicar su novela, los lemas activistas –“Sí se puede!” y “Viva la raza!”– han conformado la agenda de una literatura apologética, con un profundo sentido nacionalista y un acentuado orgullo étnico. No es de extrañar, entonces, que una obra alejada de las imágenes positivas o redentoras incomodara los discursos de identidad chicana. Fue así que Quinto Sol, la principal editorial de este tipo de literatura, rechazó el manuscrito de El Dios de la Lluvia por alejarse del molde prestablecido. Seguramente, las acciones en torno a figuras homosexuales, en un momento de histeria ante el VIH (referido como “la plaga” hacia 1985), fue suficiente para que la novela se considerara negativa.

La construcción de Félix me parece fascinante tanto por lo complejo y problemático que resulta trazar la personalidad y función de un personaje poliédrico. Detecto, por lo menos, cinco aristas que concurren en su figura: sabemos de él a través de lo que juzga su familia, una posición ambigua, ya que si bien todos conocen su homosexualidad, no la aceptan; su hermano Miguel, por ejemplo, opina que “All good dancers are queer”; sin embargo, recuerda con gran cariño la costumbre de Félix de salir a bailar bajo la lluvia cuando eran niños. Otra opinión nos la dan sus empleados, y aquí la imagen entra en conflicto, ya que, por un lado, Félix trabaja en una fábrica como enganchador de mano de obra barata. Él acepta la labor de coyote “con la condición de que estos hombres fueran inmediatamente considerados candidatos para la ciudadanía estadounidense”. Pero, por otro lado, él también se encarga de las examinaciones: pruebas físicas que le permitían palpar los genitales de los jóvenes obreros. El acosos en tal situación de poder era inminente; en esos días, “contemplando tanta belleza con la maravilla y el asombro de una novia, su único deseo era tocarlos y sostenerlos en sus manos con ternura”. La mayoría de los trabajadores olvidaba la experiencia, aunque “de vez en cuando se referían a sus espaldas, pero con cierto afecto como el Jefe Joto”.

El narrador omnisciente de la novela, la tercera voz que delinea al personaje, es la más importante. El cuarto capítulo, dedicado en exclusivo para Félix, nos presenta la estampa de alguien cercano y sensible a la naturaleza: “amaba los momentos tranquilos al anochecer, tanto como el olor del desierto justo antes y después de una tormenta eléctrica cuando el cielo, cargado de rayos, se volvía fresco con la fragancia del mezquite, la salvia blanca y la pimienta silvestre”. Ahí nos enteramos cómo cortejó a Angie, con quien se casó y procreó a cuatro hijos. Llama la atención que, aunque desde niño mostró comportamientos que podrían atribuirse al ser-gay, se aparta por completo de la heterosexualidad una vez que nace su hijo JoEl, quien, debido a sus constantes pesadillas, duerme con sus padres. “Mientras los tres dormían juntos con mayor frecuencia, Félix perdió su pasión por Angie, y se despertaba durante la noche sosteniendo contra el pecho a JoEl en su lado de la cama. Sus sentimientos protectores por el niño lo dejaron perplejo y desorientado porque parecían más fuertes que su deseo por su esposa”.

La violencia con la que es liquidado y lo que provoca el crimen en sus hijos Magdalena (Lena) y JoEl constituyen, respectivamente, la cuarta y quinta línea que ciñen al personaje. Félix frecuentaba un bar en el centro de El Paso en donde solía conocer a sus parejas ocasionales. Ahí conoció a su asesino, un militar de 18 años, con quien partió rumbo a un paraje más privado. “Estaban en el auto de Félix, en un cañón del desierto en el lado este de la montaña, y solo hablaron brevemente antes de que el chico lo pateara hasta matarlo”. La notica la recibió Miguel Grande, oficial de la policía quien por ese entonces buscaba su ascenso en la dependencia. Él se encargó de mantener discreción ante la familia y los medios. Lena insistió en saber la verdad y forzó a que su tío indagara y buscara la pena para el culpable; sin embargo, “El abogado pensó que era inútil someter a la familia a la vergüenza y bochorno de tal investigación. El joven soldado había actuado en «defensa propia y justificadamente», dadas las circunstancias, y no había razón para enjuiciarlo. Ya había sido trasladado a otra base”. Miguel Grande permaneció en silencio; Lena estupefacta. “Maldito hipócrita”, le dijo; “Unos meses después, se alegró de saber que su tío no había sido elegido jefe, pensando que eso lo obligaría a comprender cómo era realmente la vida de los mexicanos de «clase baja» en la tierra que garantizaba la justicia bajo la ley para todos”.

La representación de la sexualidad de Félix lo convierte en una figura única para los estudios chicanos y queer. El paradigma del armario que predomina en las construcciones de personajes gay no tiene nada que ver con Félix. Tal disyunción no solo sorprende por el crimen de odio cometido por homofobia, sino por sus expresiones transgresivas de homosexualidad, formadas por una red de dinámicas de poder entrelazadas, asociadas con sentimientos étnicos, sociales y, por supuesto, con la inseguridad masculina.

[1] El canto original aparece en un tratado de 1778, Tardes americanas, compilado por fray José Joaquín Granados y Gálvez.