El milagro de las rosas. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

A veces pareciera que todas tus certezas, sin decir va,
te abandonan, y te quedas a la intemperie;
volteas alrededor y entre el ruido y el escepticismo
observas al mundo dar vueltas.

No es un estado de depresión,
ni alguna otra caída de la conducta y la estabilidad mental;
no, es algo más profundo que nos prepara
para poder respirar con otro peso, más ligeros;
es un cambio de piel, como las serpientes,
es un cambio de conciencia, natural y sorpresivo.

No es propiamente una ruptura,
pero de alguna manera se asemeja a un apagón;
y de pronto, vuelves a ver: todo es igual, y no lo es.

Tu mirada es la misma, sólo que ahora descubres una mayor hondura;
has dejado de lado los típicos juicios de lo cotidiano
y aprecias esa gracia de la luz que se acomoda
en cada rincón de tus quehaceres.

Estás en paz contigo y por lo mismo, tienes más claridad,
hay una cierta distancia en ti al observar.
En realidad, experimentas el desapego.

Por un lado, disfrutas cada lugar, cada momento,
con mayor intensidad,
y por otro, no te aferras, no tratas de poseer,
adviertes la fugacidad que no deja de intrigarte,
pero ya no te interesa evitarla,
sabes que no hay forma alguna de hacerlo.

Eres consciente que la vida es un segundo:
la cabeza de un cerillo que se prende y apaga.
No te angustias, al menos no te desalientas y aprecias
a quienes desde la nostalgia, e incluso desde la melancolía,
han creado arte: música, pintura, danza, poesía, escultura.

Aprecias esas otras maneras de entender el camino.

Valoras los rezos, comprendes la solidaridad a plenitud:
sin la política y su aduana de lealtades que suele cobrar impuestos.
Te descubres en la presteza del amanecer y escuchas tu respiración,
ese ritmo, ciertamente telúrico y común y corriente;
acaricias y abrazas a los tuyos
y sabes a profundidad de la entrañable ternura
que palpita y se oculta las 24 horas; como una sabia amnesia,
que permite olvidar esa caducidad intrínseca de todo quehacer.

Es el precio de saberse aquí compartiendo,
el hermoso, cruel, fascinante enigma
que se multiplica cada día por miles y millones que nacen
en este tejido de múltiples dimensiones que nombramos humanidad.

No se puede capturar este transcurrir, sólo asumirlo.

De alguna manera es un recuento a tiempo e incompleto,
de un remplazo continuo donde nada ni nadie perdura
en este poderoso soplo de vida tangible y efímero.

Es el inmenso acertijo que nos conmueve;
los antiguos le llamaban el temblor del ser,
hoy es solo una nota más en la cauda de impresiones digitales.

Aun así te descubres en el prójimo y reconoces en ti
el pulso de su misterio.