De ser ciertas las imputaciones, él apostó por la impunidad y está a punto de perder. Foto: Tercero Díaz, Cuartoscuro

Estamos acostumbrados a evadir la responsabilidad. Quizá sea un asunto de soberbia el que nos planta frente a la idea de que merecemos más que el resto. Pasa a diario, en los detalles más triviales. Si nos pasamos un semáforo con la preventiva parpadeando, lo justificamos porque tenemos prisa y nuestros compromisos siempre son más importantes que los del resto. De ahí que seamos capaces de insultar o agredir a ese otro conductor que, en un camino opuesto, es ahora quien se pasa la luz para entorpecer nuestro tránsito.

Sucede también a la hora de querer abarcar dos posibilidades excluyentes: estudio para el examen o me voy de fiesta la noche previa al mismo. La madurez implica entender que no se pueden hacer ambas, que el esfuerzo por el uno obliga al sacrificio de la diversión. Es algo que, de tan lógico, hasta resulta absurdo considerar pero eso no impide a muchos alumnos llegar con ruegos a la hora de las calificaciones finales. No es ocasión para juzgar una decisión diferente a la que habríamos tomado. Lo que llama la atención es esta creencia, cada vez más acendrada, de que la simple existencia del individuo hace que merezca una nueva oportunidad. Durante décadas he escuchado el lamento de mis alumnos en ese sentido.

Acostumbrados como estamos a la trampa, la evasión o la súplica, apostamos todo a un asunto de carisma o a nuestra capacidad de convencer al otro de que nuestros argumentos tienen más peso que el de cualquier persona sólo porque parten de nosotros. Es difícil, entonces, pensar en un sistema de derecho funcional, ya sea en el plano escolar, en el del tránsito capitalino, en el de los delitos más graves.

Estos días hemos sido testigos de polémicas absurdas como la que generó el robo de un libro por parte del embajador mexicano en Argentina. De poco vale romantizar el objeto o confesar que es una práctica común y poco lesiva. Un acto tiene su consecuencia. Y quien apuesta a que no suceda, justo se juega un albur. Si le sale, bien; si no, llegará la súplica. El problema es que solemos pensar, optimistas que somos, que la falta no será detectada, que saldremos bien librados o impunes.

Dejemos atrás el caso del libro (no por ser menor es menos grave) y vayamos a cuestiones más relevantes. Ignoro, pues no soy el juez encargado del proceso y creo en la presunción de inocencia, si Genaro García Luna actuó de forma legal o no. Esto es independiente de las opiniones que tengamos frente al personaje. El asunto es que, de ser ciertas las imputaciones, él apostó por la impunidad y está a punto de perder. Ojalá que así sea, aunque sea gracias a la justicia de otro país.

Esto es justo de lo que se habla cuando uno piensa en sistemas judiciales robustos. Los mismos que pueden juzgar a un Presidente en funciones. Si corremos el riesgo de los albures es porque pensamos que la apuesta opera a nuestro favor. Y esto no es resultado de complejos análisis estadísticos. Al contrario, cuando se delinque, cuando uno se pasa un alto o se da una vuelta prohibida, lo hace a partir de una intuición: es poco probable que el castigo llegue. Y eso es una constante en nuestro país. Tanto, que hasta se presumen los comportamientos cuestionables cuando los resultados son los que esperamos.

En el caso que ocupa a la sociedad mexicana hoy en día, de ser ciertas las imputaciones (y otras más), el sujeto es corresponsable de haber producido una gran cantidad de dolor. El mismo del que, quizá, no escuchaba los lamentos o prefería ignorarlos. De ahí la importancia de los castigos ejemplares: sirven para disuadir al próximo que esté tentado a anteponer el bien individual frente al de los demás. Lo deseable, sobra decirlo, es que cada vez que nos topemos con una encrucijada, seamos capaces de ponderar las consecuencias de nuestros actos y dejemos de suponer que, por ser quienes somos, merecemos más que el resto.