Salvador Cienfuegos, exsecretario de la Defensa Nacional.

Ese hombre que inició a los 16 años en el Heroico Colegio Militar. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro

Fue el 6 febrero de 2017. Bill O’Reilly’s y Donald Trump conversaban sobre México. Las relaciones de Washington con Enrique Peña Nieto eran, por llamarlo de alguna manera, vergonzosas. El Presidente mexicano era humillado, tiro por viaje. En el rostro del mandatario estadounidense se leía desprecio, rechazo profundo y ganas de humillarlo cada vez que se sentaban juntos.

Apenas la semana anterior, Trump había conversado con su homólogo mexicano y le había dicho con toda claridad que si su ejército, a cargo del General Salvador Cienfuegos Zepeda, no controlaba a los cárteles, entonces los militares de su país lo harían.

–Hablemos de México –dijo el presentador de Fox, una cadena de derecha–. Se dijo que hablaste con el Presidente [Peña] Nieto y le dijiste esto, y quiero saber si es verdad o no: que si su ejército no podía manejar a los cárteles de la droga, los soldado estadounidenses lo harían.

–Tenemos que hacer algo con los cárteles, hablé con él al respecto –concedió Trump–. Quiero ayudarlo con eso. Creo que es un buen hombre. Tenemos una muy buena relación, como probablemente sepas. Vamos a tener un muro, vamos a tener una frontera. Tenemos que evitar que las drogas entren a nuestro país; y si él puede manejarlo, y tal vez ellos puedan y tal vez no puedan. O tal vez necesiten ayuda. Parecía muy dispuesto a recibir nuestra ayuda porque tiene un problema y es un problema real para nosotros.

–Entonces, el Presidente [Peña] Nieto estuvo abierto a la posibilidad de que entren fuerzas estadounidenses, ¿de acuerdo? Ayudándolos a combatir los cárteles de la droga.

–Prefiero que él responda a eso. Pero diré que ciertamente le ofrecí ayuda para acabar con los cárteles de la droga porque tenemos un problema. No olviden que esos cárteles están operando en nuestro país y están envenenando a la juventud de nuestro país. [..] Ciertamente lo ayudaría si lo necesitara…

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Fue el 9 de febrero de 2017. Tres días después de que Trump amenazara con su ejército a México, Juan Francisco Patrón Sánchez, alias el H2, jefe de plaza del Cártel de los Beltrán Leyva en Nayarit, fue asesinado en un espectacular operativo. Y no por el Ejército mexicano, sino por la Marina Armada de México.

La Marina informó que sus elementos llegaron (casualmente) a la colonia Lindavista, en Tepic, y “fueron atacados por civiles armados”. La versión oficial dijo que un helicóptero “repelió la agresión” con “disparos disuasivos” para “disminuir el nivel de la agresión y reducir el peligro de bajas de civiles y fuerzas federales”.

En el video se ve una tarea de extermino, típica de esos años. Pero esta vez, con extrema dureza. Como digo, un operativo espectacular. La Marina, que opera independiente al Ejército y en estrecha colaboración con la DEA, acabó casi completo al grupo armado que todavía unos días antes reportaba al General Cienfuegos Zepeda, de acuerdo con la acusación que presentó el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Fue una operación inédita: desde el aire, desde un helicóptero cargado con una Barrett calibre 50 (que perfora un vehículo armado) exterminaron, dentro de población civil, a un grupo que rendía cuentas al General Secretario de la Defensa Nacional. Y quizás sin avisarle al General Secretario de la Defensa Nacional.

Fue el 11 de febrero de 2017. El Presidente de Morena era Andrés Manuel López Obrador. De inmediato brincó: “Estos corruptos –dijo–, en vez de darle opciones de trabajo a los jóvenes, los han orillado a tomar el camino de las conductas antisociales y los quieren enfrentar con plomo, con fuego. Quieren enfrentar la violencia con la violencia, enfrentan el mal con el mal. Quieren apagar el fuego con el fuego. Es inhumano. En la masacre de antier, estoy ahora por averiguar, pero la mayoría [eran] jóvenes y hasta menores de edad…”

No eran menores de edad. Pero varios eran unos jovencitos. Ahora sabemos que operaban bajo la protección de la máxima autoridad del Ejército mexicano. Los mataron a mansalva porque se les acabó la protección. Ya no servían. De hecho, eran un peligro y estorbaban. Su empleo temporal había terminado y su corta vida también. Ahora, su sola existencia ponía en peligro no sólo al General Secretario (él qué): a todo un país, bajo amenaza de una invasión.

Los ejecutaron en dos operativos; el segundo, cerca del aeropuerto del municipio de Tepic.

• Francisco Javier Sánchez Osuna, de 20 años.
• Ismael García Figueroa, de 22.
• Marco Antonio Coronado Pereda, de 25.
• Sergio Loza Navarrete, de 25.
• José Luis Talamantes Aguirre, de 26.
• Miguel Ángel Patrón Sánchez, de 27.
• Jesús Alfredo Zagaste Araujo, de 28.
• Pedro Antonio Sánchez Patrón, de 31.
• Jaime Villela López, de 33 años.
• Benigno García Delgado, de 43.
• José Luis Castañeda Barragán, de 46 años de edad.

¿Sabía la Marina que esos hombres, según la DEA, trabajaban para el Secretario de la Defensa y los silenció?

¿Sabía el Presidente Peña, cuando vino el reclamo de Trump, que su Secretario de la Defensa, según el Departamento de Justicia, protegía a esos hombres y pidió a la Marina que actuara?

¿Sabía, quien ordenó al helicóptero que disparara –de manera completamente irregular– con una Barrett, en una colonia llena de civiles, que esos hombres no podrían quedar vivos?

¿Alguien ordenó ese ajusticiamiento para proteger a “El Padrino”, como dicen que se llamaba en clave al entonces Secretario de la Defensa?

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López Obrador tenía razón: esos corruptos, que en vez de dar opciones de trabajo orillan a los jóvenes a traficar drogas, a matar, a secuestrar y a extorsionar y luego los desechan como escoria, como basura. Y luego los mandan, desfigurados de tanto balazo y con los ojos abiertos mirando hacia el horror, a podrirse (tan jóvenes) en las morgues; a ser festín (tan jóvenes) de moscas y gusanos.

Esos corruptos del más alto nivel de poder en México, los impulsores de la guerra. Como el General Cienfuegos. Como Genaro García Luna. O como Enrique Peña Nieto. Como Felipe Calderón Hinojosa.

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Fue en febrero de 2017. Y justo ese mes de ese mismo año, los agentes de la agencia antidrogas de Estados Unidos dejaron de registrar envíos (toneladas) de drogas del cártel vinculado con el General Salvador Cienfuegos Zepeda. No tuvieron que indagar por qué se suspendieron los suministros, seguramente.

Lo que seguía era conseguir una orden de arresto contra el General. Se las otorgaron en agosto de 2019. Y en los 14 meses siguientes esperaron pacientemente al exfuncionario mexicano, a que se le antojara ir con su familia a Disneylandia.

Ni una filtración en todo ese tiempo. Ni un dato a la prensa, a nadie. No todos en la DEA sabían que el Departamento de Justicia iba por el General, siquiera.

Después de escuchar por años y documentar por años, se sentaron a esperar. Y el día llegó: el General Cienfuegos, el hombre que denunciaba el daño que hacen las drogas en la sociedad (y por qué dar amnistía a los narcotraficantes para pacificar México es una mala idea) entró a Estados Unidos por Los Ángeles, California.

Y así, ese hombre que inició a los 16 años en el Heroico Colegio Militar; que pasó por la Escuela Superior de Guerra y el Colegio de la Defensa Nacional; que fue comandante en cinco regiones militares; que fue director del Colegio Militar, inspector y contralor general del Ejército y la Fuerza Aérea; que fue oficial mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional; que recibió las condecoraciones de la Legión de Honor, de la Perseverancia Extraordinaria, de Servicios Distinguidos y de Mérito Docente y que asumió el más alto honor para un militar, la Secretaría de la Defensa Nacional; y así, ese hijo de un teniente coronel, de rostro duro y actitud de piedra, entró al abismo que siempre vio de lejos, durante toda su carrera.

Un abismo que consume todo: amigos, familia, fortuna, honor, medallas y Patria.