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Melvin Cantarell Gamboa

20/09/2022 - 12:05 am

Antifilosofía II

“El narcisismo político y la arrogancia aristocrática, por ejemplo, fueron barridos en un asalto frontal por la burguesía, cuando ésta demostró ser mejor que la nobleza en todas las cosas que son consideradas buenas en el sistema capitalista”.

“El poder de la burguesía en México es inmenso porque durante cinco siglos ha implantado en la mayoría de las consciencias su saber, cultura y espiritualidad”. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro. 

A mis amigos chairos de La Pausa

La sociedad mexicana se encuentra hoy, más que en el pasado, escindida, dividida por los abismos que separa a las partes; esta situación ha sido provocada, principalmente, por los estratos sociales y económicos más altos cuyos intereses han sido afectados y se hace patente en el actuar de partidos políticos, medios de opinión, sistemas de propaganda y grupos ideológicos; en consecuencia, en un contexto de esta naturaleza, es muy difícil que florezca el entendimiento y mucho menos la comprensión, pues cada polo expresa su carencia de prudencia y sensatez.

Esta falta de juicio tiene su origen en la desigualdad abismal que separa a una pequeña élite, menos del uno por ciento, del más del 99 por ciento restante de la población del país, es decir, la dominación aplastante de una clase minoritaria es manifiesta, pues además de haber impuesto su poder económico y cultural lo ha hecho de tal manera, que muchos de los oprimidos, sin entender del todo de lo que se trata, se suman a sus posiciones, sin considerar que esa forma de pensar que hacen suya, en realidad constituye una falsa consciencia desde la perspectiva de los intereses de su clase, pues esa consciencia que se auto adjudican en los hechos es la antítesis de lo que como dominados debieran defender, si es que desean en algún momento constituirse en anti poder frente al Yo burgués, no por razones de creencias, dogma o ideología, sino sobre la base de posiciones y situaciones vitales.

Los datos siguientes lo ilustran perfectamente: el promedio de vida de los más ricos es mayor en quince años respecto a los pobres; los burgueses se dan una vida más placentera, más sana, más libre y su consumo es más basto y de mayor calidad; sabe que detenta el poder y sabe qué hacer y cómo actuar para conservarlo; los estratos medios (empleados calificados, profesionistas, intelectuales, líderes de opinión, etc.) y los trabajadores viven una existencia mediocre y vacía de consumo, económica y políticamente carente de poder. En naciones como la nuestra, donde no se ha consumado el sueño burgués, la “esperanza de felicidad” es bastante más fuerte, de ahí la tendencia a identificar su destino con los postulados conservadores y reaccionarios de la derecha oligárquica.

El narcisismo político y la arrogancia aristocrática, por ejemplo, fueron barridos en un asalto frontal por la burguesía, cuando ésta demostró ser mejor que la nobleza en todas las cosas que son consideradas buenas en el sistema capitalista: la conducción de los negocios, la creación de una república de ciudadanos, consciencia de progreso, el orgullo de hacerse a sí mismo, un sentimiento empresarial y una formación ilustrada. El burgués se enorgullece de su trabajo y esto lo enseñó a decir Yo, pero también se dividió en dos partes: una fracción creadora de ideales, ficciones, ilusiones y esperanzas (con la que se atrajo a gran número de trabajadores y campesinos) y otra pragmática dirigida a ver sólo por sus intereses de clase.

También dio lugar a políticas demenciales: los nacionalismos y el patriotismo, para mencionar sólo dos, que inculcaron a la población en general, a través de pedagogía, adiestramientos y propaganda. De esta manera, cuando hoy hablamos de patriotismo, por ejemplo, burgueses y proletarios obedecen a la misma programación mental, pero atribuyen al concepto dos significados diferentes. Para el ciudadano común la patria representa amor al lugar de nacimiento, el hogar, la familia y el deber de defender esto que considera suyo y que ha aprendido a querer por sus símbolos, sus héroes, la cultura nacional, principios generadores de sentimientos patrióticos porque la patria es su mundo; para la burguesía, todo lo anterior son palabras, palabras, sólo palabras; para ella no hay amor a la patria, hay intereses, propiedades y negocios que le hace sentir que la nación entera es suya; pues dueños de sus recursos naturales, de las riquezas del territorio y de sus aguas sólo alcanzan a ver el carácter utilitario del país y el uso instrumental que hacen de los hombres y mujeres de posición inferior a los que llaman compatriotas.

El poder de la burguesía en México es inmenso porque durante cinco siglos ha implantado en la mayoría de las consciencias su saber, cultura y espiritualidad.

Ahora bien, recurro a lo que defino como antifilosofía para mostrar que los plebeyos, los hombres comunes (ejemplo nosotros los chairos) también podemos filosofar y autoconstruirnos una espiritualidad propia, como lo hicieron nuestros iguales de antaño: Protágoras fue cargador en los muelles de la antigua Grecia; Cleantes fue boxeador, porquerizo y cargador de agua; Pirrón pintor; Diógenes banquero; Spinoza tallador de lentes; Onfray hijo de obrero agrícola; Heráclito heredero de un reino al que renunció y cedió a un hermano para vivir en una cueva, jugar con los niños y llorar por las estupideces de los hombres.

Si partimos de la idea de que en filosofa no triunfan las fábulas ni se filosofa con conceptos, mucho menos con un lenguaje técnico universal, un chairo, como yo, puede intentar aprender a pensar por sí mismo, a ver el mundo de otra manera y hacerlo desde el punto de vista de los débiles y marginados. ¿Quién, desde un escritorio oficial, puede decirnos: eres un filósofo? Nadie, sobre todo si pensamos desde lo que es intrínseco al cuerpo; escribió Nietzsche: “toda filosofía se reduce a la confesión del cuerpo, brota de la carne, proviene de las entrañas del hombre de acción que actúa y reflexiona en el terreno de las confluencias materiales, terrenales, históricas, existenciales, ya que su filosofía es su biografía”. Pues lo que hace al verdadero y auténtico filósofo no es lo que dice, sino, en los hechos hacer coincidir lo que se hace con lo que se piensa, no una obra escrita, sino su vida.

Ahora bien, traslademos esto a nuestro contexto ¿Qué nos revela el escenario actual? La confrontación y la lucha de clases entre una posición idealista (al modo platónico), propias de la clase dominante y una posición que representa los modos de ver y las experiencias de todo aquello que el idealismo filosófico rechaza, excluye y desprecia: lo plebeyo y sus valores.

La antifilosofía representa una postura de carácter heterodoxo, iconoclasta, ya que expresa la destrucción del espíritu serio, la metafísica y todo aquello que es la filosofía académica, ridiculizando sus fuentes y sus planteamientos.

Para quien haga la crítica del poder espiritual de la burguesía ha de empezar con el análisis y la crítica del principio: saber es poder; tanto en su forma material como intelectual; todo poder está bajo coacción, así los dominados son educados disciplinariamente para el trabajo, a diferencia de los burgueses que lo son para ejercer el poder.

En sociedades como la nuestra, la burguesía asigna a la educación una función cínica, mediante formas venales impone su cultura a los sujetos (los oprimidos) para prever su rebeldía y, al mismo tiempo, mantiene la idea de voluntad de saber, como voluntad de dominio que caracterizan al que manda.

Afortunadamente la inteligencia del hombre común no se ha hecho operativa a través de escritos, teorías o cuestiones insolublemente profundas, es decir, no está orientada a verdades fundamentadas en principios últimos, pues su oposición espiritual choca con el idealismo, el dogmatismo, la gran teoría, lo sublime, la visión ordenada de todas las cosas propia de la visión señorial, jerarquizada y encaminada a someter, propia del sistema de explotación actual, que nunca dejará de apestar a la miseria de la clase trabajadora.

No puede preverse lo que los “condenados de la tierra” (Fanón) ganarían si tuvieran el atrevimiento de pisotear todas las convenciones burguesas, bastaría para consumarlo que cada uno se elevara por encima de su estulticia para percibirse a sí mismos como expresión vital de un ser capaz de ser su propio dueño, de realizarse en la libertad y la soberanía sobre su persona. Este proceso liberador tiene como sustento el sentimiento vital presente en todos aquellos individuos que se atrevieron a cambiar el sometimiento del imprinting cultural burgués mediante medios de autorreflexión. Lo importante es empezar por rechazar lo que nos ha sido impuesto, suprimir los obstáculos (principios, fundamentos y métodos) e impedir su propagación a fin de acceder a un saber capaz de ser vivido y compartido con otros que piensan y se encuentran en nuestra misma condición.

Continuar dejándose explotar por el sistema siempre tendrá efectos contrarios a nuestra afirmación como ser humano. Parafraseando al joven Marx (Manuscritos económicos filosóficos de 1844): el obrero, los empleados y cualquier trabajador mientras más productivo sea más hará crecer el poder que lo domina y, cuanto mayor sea el volumen de mercancías que produzca, más barata será la única mercancía que posee y puede intercambiar: su fuerza de trabajo. En verdad, en el capitalismo el trabajo deja de tener una función de vida, una correlación entre cuerpo e inteligencia con las fuerzas naturales para ocuparlo, obligado por el sistema, en una función extraña a sus objetivos existenciales.

Detrás de esto está un fenómeno complicado pero excitante que se identifica con el engaño: la estupidez. Somos tanto más estúpidos en nuestras acciones cuando menos ignorantes nos percibimos. A la luz de la reflexión, la estupidez tiene su origen en el pensamiento cotidiano y se concreta en el sometimiento y en la tozudez del autoengañado, de ahí que la estulticia no sea inocente, esta adherida a la falsa ingenuidad. Dejemos, pues, de ser candorosos frente a la hegemonía cultural de los poderosos.

Bajo este esquema, la comprensión del fenómeno, en tanto proceso de la inteligencia, ha de empezar por rechazar una retahíla de estupideces humanas apreciadas y aceptadas a lo largo de milenios: culto a los dioses, los monarcas o los políticos; el pecado original, circuncisión, celibato, religión, drogas, alcoholismo, modas, joyas, armamento, supersticiones, guerras, etc., etc., todas ellas necedades.

El verdadero saber es un saber hacer, y el verdadero saber hacer es un saber hacer el bien. Es el momento, pues, de empezar a comprender y desarrollar el arte de la oposición espiritual que aquí hemos identificado con la antifilosofía. (Continuará).

Melvin Cantarell Gamboa
Nació en Campeche, Campeche, en 1940. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es excatedrático universitario (Universidad Iberoamericana y Universidad Autónoma de Sinaloa). También es autor de dos textos sobre Ética. Es exdirector de Programas de Radio y TV. Actualmente radica en Mazatlán, Sinaloa.
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