La Pira de la Razón. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

¿Cómo decirte, hija, que la guerra ya está aquí?;

era el medio día cuando la noche llegó…

 

Los antiguos temores, sus helados vientos,

las rasgaduras de los ancestros

y esos ríos crecientes que no llevan agua

sólo lágrimas acumuladas por siglos…

 

Puedes oírlos más cerca;

el agudo dolor de una desdicha sembrada,

en el llanto que abraza el desamparo

en medio de nuestras ciudades.

 

Poco a poco,

en sigilo, y ocultos por el barullo

se rinden los corazones;

mientras el desprecio se apodera de las horas.

 

Ya caminamos entre las sombras, no hay que temer;

los delirios son este viento en la sangre que estremece los sueños.

Montañas y mares, bares y ríos,
acantilados, túneles, estaciones y puertos.

Los líderes procuran ignorar la erosión de sus anhelos.

Caminan sin rumbo, discurren
y nosotros extraviados ya no escuchamos…

¿A quién? Si nuestra propia voz se ha vuelto ruido.

 

No temas, no, ya pasará

así es el tiempo nuestro

y el de todos.

 

No podemos ignorar que sucede ahora en esta tierra,

es la memoria viva de una crueldad inaudita:

la de miles de desaparecidos que llevamos en nuestras espaldas;

pretendiendo ignorar esas fosas

cavadas hoy ante nuestras puertas.

 

No, no es la venganza de la naturaleza,

es el crimen de la soberbia que nos contagia.

 

No temas, Hermosa,

esta verdad que quema, también libera.

 

Conserva el temple de tu sangre

y el reino de tu danza;

la sabiduría de la vida

es el instinto mismo de tus pasos,

las huellas de luz

en las entrañas más profundas

de la noche que llega.

 

Las almas clamarán por sus nombres ausentes,

un velo de ceniza caerá sobre los hogares.