“En estos 17 ODS nos jugamos nuestra existencia futura”. Foto: Graciela López, Cuartoscuro

Hay pocas cosas tan eficaces para mantenernos sobrios como considerar la posibilidad de la extinción, y los retos que tendrán que enfrentar nuestros(as) hijos(as) y nietos(as) en materia de desarrollo sostenible. Dentro de 50 años ¿tendrán el agua, el aire y los suelos necesarios para mantener una buena calidad de vida? ¿Tendrán seguridad alimentaria? ¿Podrán ir a la playa, o en su lugar habrá localidades sumergidas por el deshielo de los polos? ¿Crecerán en sociedades seguras, democráticas e incluyentes, que logren balancear el necesario crecimiento económico con la equidad social y la protección del medio ambiente? ¿Vivirán más y mejor que nosotros? ¿O no será así?

Parte del drama que implica tener sociedades divididas y polarizadas, como las que tenemos actualmente en México, es que discutimos sobre cuestiones urgentes que, sin embargo, dejan de lado los problemas en los que nos jugamos nuestra supervivencia como especie y como nación. Nos preocupa el aumento de la criminalidad y la descomposición de las redes de confianza interpersonal; la corrupción en tomadores de decisiones; la baja tasa de crecimiento de nuestra economía; la migración; la reforma del Estado y la situación de la administración pública, entre otras cuestiones. Lamentablemente, muchos de estos asuntos son enfrentados por el presidente de la república sin realizar diagnósticos que generen convergencia entre diferentes sectores de la sociedad, produciendo -en su lugar- desconfianza, descalificaciones y aún más división.

Desde esta perspectiva, tener una agenda que nos obligue a preguntarnos cómo nuestros problemas nacionales se relacionan con el desarrollo sostenible debería funcionar como un balance y contrapeso tanto para el gobierno, como para la sociedad y los mercados. Las críticas en contra de nuestro jefe de Estado por no participar en el G20 no solamente tienen que ver con su falta de entendimiento de la globalización, sino sobre todo con su desvinculación con la agenda planetaria del desarrollo sostenible. “La mejor política exterior es la política interior” siempre y cuando éstas combinen el crecimiento económico con la equidad social y la protección del ambiente: la famosa triple hélice de la Agenda 2030.

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), y sus 169 metas, constituyen la agenda de desarrollo humano más ambiciosa planteada hasta ahora. Tanto en extensión como en profundidad, la Agenda 2030 busca atender causas y efectos en áreas tan diversas y complejas como la pobreza; el hambre; la salud y el bienestar; la educación; la igualdad de género; el agua y saneamiento; la energía asequible y no contaminante; el trabajo decente y el crecimiento económico; las industrias innovadoras y la infraestructura; la reducción de las desigualdades; las ciudades y comunidades sostenibles; la producción y consumo responsables; la acción por el clima, la vida submarina, los ecosistemas terrestres; la paz, la justicia y las instituciones; así como las alianzas necesarias para lograr los ODS mismos.

En estos 17 ODS nos jugamos nuestra existencia futura. Puede ser que nos enfrasquemos en las discusiones sobre la Guardia Nacional; el T-MEC; el financiamiento a la ciencia y tecnología; el tren maya y tantos otros asuntos; y mientras tanto, los problemas de desarrollo sostenible, que determinarán si habrá México en el siglo XXII, siguen ahí. Es cierto: México le da seguimiento a los ODS; y el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 identifica 204 de sus objetivos, en sus tres ejes (Justicia y Estado de Derecho; Bienestar; y Desarrollo Económico), que hacen algún aporte a los ODS.

Sin embargo, uno(a) echa de menos una aproximación amplia y generosa en nuestro presidente. De hecho, si sus decisiones y narrativas se alinearan al desarrollo sostenible, explicitando cómo cada una de sus decisiones abona al cumplimiento de los ODS, no solamente uniría más en lugar de dividir, sino también pondría en claro cómo nuestro país contribuye al bien del planeta.