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Francisco Porras Sánchez

29/01/2023 - 12:02 am

Doble verdad

“La teoría de la doble verdad ha sido considerada en sí misma por otros filósofos y escuelas; sin embargo, la estructura de su argumentación sobrevive -sorprendentemente- en otras disciplinas contemporáneas”.

Foto ilustrativa. Foto: Kateryna Klochko / AP

Generalmente se atribuye a Averroes el desarrollo de una de las teorías de la doble verdad. Según ésta, la teología -y más ampliamente, la religión- puede mantener afirmaciones que estén en contra de las que proponen la filosofía y otras ciencias. Teología y filosofía podrían argumentar afirmaciones contradictorias, mutuamente excluyentes, que podrían ser simultáneamente verdaderas. Esto sería posible dada la diferencia cualitativa del tipo de conocimiento que representan ambas disciplinas. La primera se supone superior, al estar basada en la fe y el conocimiento que viene de Dios; la segunda sería el resultado laborioso, débil y parcial, de la inteligencia humana, siempre potencialmente sujeta al error y la mentira. El hecho que ambas se presenten como posibles, aunque en algunos asuntos estén en extremos incompatibles, ilustraría las tensiones entre la fe y la razón, entre el don de Dios y la incapacidad del hombre, con la apuesta a que el conocimiento que viene de arriba es superior, y no puede ser tocado siquiera por el que se construye “de abajo hacia arriba”.

La teoría de la doble verdad ha sido considerada en sí misma por otros filósofos y escuelas; sin embargo, la estructura de su argumentación sobrevive -sorprendentemente- en otras disciplinas contemporáneas. Considérese, por ejemplo, el clásico de Kenneth Waltz El hombre, el Estado y la guerra. Un análisis teórico. En él, el autor propone tres “imágenes”, que corresponden a variables que generan la guerra y que usualmente son interpretadas como “niveles de análisis”. La primera imagen corresponde a la naturaleza humana, que se considera corrompida. La guerra existe porque existen personas que buscan solamente su propio beneficio, a costa del bien común. La segunda imagen tiene que ver con las instituciones -en este caso democráticas- que deberían funcionar como una barrera ante los excesos de los líderes políticos sin escrúpulos. De acuerdo con esta perspectiva, la guerra se origina porque las instituciones fallan (los parlamentos, las políticas de transparencia y rendición de cuentas, o el Estado de Derecho). Finalmente, la tercera imagen es el sistema internacional mismo, que es completamente auto-organizado. En este nivel de análisis, la guerra se da porque es posible que se dé: porque no existe un gobierno global que, de la misma manera que los gobiernos nacionales, tenga un referente legal que le permita defender los derechos humanos fundamentales.

Según Waltz, en última instancia, el nivel que explica la guerra es este último, el sistémico. No hay guerras porque haya personas malas, o porque las democracias caigan, sino porque las relaciones internacionales se asemejan a un jardín escolar en el que no hay profesora alguna. La única manera de defenderse de los bullies, y evitar ser golpeado y despojado del almuerzo, es la auto-organización y el acuerdo con otras potenciales víctimas. De otra manera, uno está a merced del niño más fuerte y más alto.

Para esta perspectiva, el nivel de conocimiento que explica todo el rango de la realidad sociopolítica de las relaciones internacionales es la auto-organización, que solamente puede ser limitada a través de mecanismos de balances y contrapesos. La visión de lo que puede ser posible -y aquí vienen a nuestra mente todos los excesos horribles de los crímenes de guerra y de lesa humanidad que se han cometido, particularmente en el siglo pasado- determina la naturaleza de esta relación causal. El mal de la guerra sucede porque puede suceder. Quizá la mejor de las perspectivas tendría que ser una que considere esto, introduciendo un enfoque pesimista (es decir realista) que planee para cualquier eventualidad.

Esta visión, sin embargo, convive simultáneamente con la creencia que, a nivel local, la innovación puede ser posible. Véase, por ejemplo, toda la literatura generada en torno a la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, con su narrativa de confianza y optimismo acerca de lo que se puede lograr a través de procesos de globalización y empoderamiento, desarrollo humano y colaboración para resolver problemas comunes. Realismo pesimista, estructural y global, contra liberalismo optimista, basado en la agencia y en la incorporación de las comunidades y las organizaciones sociales de base.

¿Cuál de las dos es la verdadera? ¿Pueden co-existir simultáneamente? Muchos problemas que actualmente enfrentan las Relaciones Internacionales, así como la Agenda 2030, dependen de encontrar maneras de lidiar con estas tensiones, desarrollando visiones intermedias que posibiliten escapar a estos extremos analíticos.

 

Referencia:

Waltz, K. (2007). El hombre, el Estado y la guerra. Un análisis teórico. México: CIDE.

Francisco Porras Sánchez
Doctor en Política y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Su línea de investigación es la Gobernabilidad urbana y regional contemporánea (finales del siglo XX y principios del XXI), con particular interés en gobierno, gobernanza y redes de política pública. Actualmente es profesor investigador del Instituto Mora. Twitter: @PorrasFrancisco / @institutomora
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