En comunidades indígenas como San Dionisio del Mar, Oaxaca, la pandemia de COVID-19 encuentra una alta prevalencia de enfermedades crónicas mezclada con una alimentación dominada por productos ultraprocesados y carencias en servicios de salud. Ante esto, sus pobladores se dicen preocupados.

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San Dionisio del Mar, Oaxaca, 25 de abril (SinEmbargo).– Las personas con diabetes en la comunidad indígena de San Dionisio del Mar, Oaxaca, están conscientes de que los altos costos de sus tratamientos médicos las podrían obligar a vender sus electrodomésticos, su ganado y hasta sus tierras. Solo el taxi a Juchitán, donde se encuentran los hospitales más cercanos, les cuesta 400 pesos, es decir, más de lo que se gana en un año tejiendo cintas de palma.

Sin embargo, también están conscientes de que la pandemia por COVID-19 podría empeorar este escenario, ya que la prevalencia de enfermedades crónicas en personas de su comunidad podría sumarse a la gran cantidad de adultos mayores y a la escasez en los servicios de salud, convirtiéndose en una mezcla peligrosa.

“Nosotros estamos aquí arrinconados. Si el virus nos llega aquí, ¿qué vamos a hacer? Aquí no hay nada”, dijo Genaro, habitante de San Dionisio.

En este pueblo de las lagunas del Pacífico, donde la mayoría de sus habitantes se adscribe a la etnia huave, la diabetes pasó de ser una enfermedad de la gente rica de las ciudades a convertirse en la primera causa de muerte en las últimas cuatro décadas.

Casi una tercera parte de los hogares en San Dionisio tiene algún miembro de la familia con diabetes, de acuerdo con una encuesta realizada en 2014 aplicada en 68 hogares en el centro y la periferia del pueblo por Laura Montesi, una antropóloga social que ha investigado la epidemia de obesidad-diabetes en esta región sureña del país. Esto sin contar otros padecimientos asociados como obesidad, hipertensión, síndrome metabólico, enfermedades renales o cardiovasculares.

Una mujer cocina en San Dionisio del Mar, Oaxaca. Foto: Laura Montesi, especial para SinEmbargo.

En este escenario son comunes las amputaciones de dedos, pies o piernas completas. A veces todas ellas, gradualmente. “Yo ya ni vuelvo al doctor, ya pasé por muchas operaciones y sufrimientos, y ya ni tengo dinero. Si me voy a morir, me muero aquí nomás y aquí mismo me entierran”, afirmó Lucrecia, quien padece de pie diabético.

Cuestionados sobre las causas de la diabetes (“tener azúcar”, le llaman aquí), parece haber respuestas variadas (hay quien dice que las cosas ya no se hacen con respeto o que las nuevas generaciones son más débiles), pero aun entre esta diversidad de argumentos todo apunta a que la relación con su comida se ha alterado. “La pesca ya no sale como antes”, comentó un paciente; “ahora nos llega el maíz encostalado quién sabe de dónde”, declaró otro; “es que ahora hay mucho químico en la comida”, dijo otra paciente.

Al igual que sucede en otras partes del México rural, distintas investigaciones han documentado una estrecha correlación entre el advenimiento de alimentos ultraprocesados y el aumento de enfermedades crónico-degenerativas. Se trata del legado de políticas alimentarias que priorizaron el suministro de comida chatarra en lugar de fortalecer la soberanía alimentaria de estos pueblos con culturas alimentarias propias, aseguró la antropóloga social Laura Montesi.

“Por supuesto, la comida que popularmente se le llama chatarra ha penetrado las comunidades, incluso las más alejadas. De hecho se le llama ‘cocacolización’, pero además de refrescos hay un universo muy amplio de estos alimentos”, afirmó.

Pescadores en San Dionisio del Mar. Foto: Laura Montesi, especial para SinEmbargo.

En su investigación en San Dionisio, Montesi ha detectado cómo las grandes empresas (refresqueras, cerveceras, panificadoras o de frituras) aprovechan la “trampa de pobreza” en la que caen comunidades indígenas, donde la falta de actividades económicas vuelve atractivo el negocio de las tiendas de abarrotes, que son cooptadas por la industria y se vuelven puntos de distribución de sus productos. En contraste, el suministro de agua potable tarda a veces hasta 15 días en llegar, lo que representa una violación a su derecho humano al agua y facilita la penetración de bebidas azucaradas o alcohólicas.

“Hay distintos niveles que permiten una situación de inseguridad alimentaria y al mismo tiempo malnutrición”, explica Montesi. “Sabemos que la malnutrición a lo largo de la vida de la persona puede convertirse en sobrepeso y obesidad, entonces en realidad son dos caras de la misma moneda”.

LA FALTA DE SERVICIOS DE SALUD

El avance de alimentos ultraprocesados y la sustitución de dietas tradicionales no solo han sido permitidos por el Estado (mediante trato privilegiado a los industriales de la comida, falta de regulación o priorización de la inversión privada), sino que ha sido activamente exacerbado por distintas políticas públicas, de acuerdo con Poder del Consumidor.

Alejandro Calvillo, uno de los activistas más prominentes del país contra la comida chatarra, recordó como ejemplo la Cruzada Nacional Contra el Hambre, que fue la política social insignia del sexenio de Enrique Peña Nieto. Con ella, el Gobierno federal contribuyó a destruir algunas de las redes locales de autosuficiencia, al llevar café en polvo Nestlé a zonas productoras de café o harinas de Maseca a lugares productores de maíz.

“La Cruzada fue irles a meter [a las comunidades] alimentos ultraprocesados”, señaló Calvillo. “Esta epidemia [de enfermedades crónicas] tiene que ver con la imposición de la chatarra y la desvalorización de nuestros alimentos, donde el Estado le entregó todo a estas grandes corporaciones para que hicieran lo que quisieran y nunca protegió la alimentación de calidad”.

Un horno para pan. Foto: Laura Montesi, especial para SinEmbargo.

A la vulnerabilidad de las poblaciones indígenas causada por las enfermedades crónicas y la imposición de chatarra por el Gobierno se une la falta de servicios de salud. A muchos de los pacientes diabéticos de San Dionisio del Mar ni siquiera los servicios privados disponibles en Juchitán les parecen suficientes para sanar.

Este conjunto de factores amenaza con traducirse en situaciones críticas, como la de Samuel, un indígena de la etnia zoque que se suicidó el lunes 13 de abril tras recibir un diagnóstico positivo por COVID-19 en el municipio de Ocosingo, Chiapas.

La situación de riesgo en las comunidades indígenas ha sido advertida desde organizaciones indígenas locales hasta la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Vaticano.

En un comunicado en su sitio web sobre el COVID-19, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) advirtió que los pueblos indígenas del mundo “corren un riesgo desproporcionado” ante la pandemia por factores como la falta de acceso a sistemas de vigilancia, servicios sanitarios y médicos, así como por la inseguridad alimentaria derivada de su pérdida de tierras y estilos de vida tradicionales, que los obliga a ocuparse en economías de subsistencia.

La costa en San Dionisio del Mar. Foto: Laura Montesi, especial para SinEmbargo.

Conscientes del riesgo que representa esta pandemia, en San Dionisio del Mar, al igual que en otros pueblos de Oaxaca y el sur de México, las autoridades han tomado la decisión de cerrar las entradas incluso a los propios paisanos que trabajan en Cancún o Estados Unidos, quienes en su mayoría han perdido el empleo y prefieren volver a sus hogares para no pagar el alquiler en sus localidades de trabajo.

Sin embargo, la crisis por este virus no solo debe visibilizar las carencias de los pueblos indígenas, sino también sus potenciales fortalezas a fin de procurarlas, aseguró la antropóloga social Laura Montesi. Algunas de ellas, mencionó, son la agricultura y la pesca de subsistencia, así como la organización comunitaria.

“A diferencia de las ciudades, muchas comunidades indígenas aun pescan o siembran a pesar de la crisis del campo, entonces presentan fortalezas que si a través de políticas públicas pudiéramos fomentar, creo que brindarían resultados sistémicos que se reflejarían en un mejor estado de salud”, afirmó.