“Contra el signo más sobresaliente de nuestro tiempo, la prisa, ofrezco la duda como preventivo y contención. Dudar permite frenar la precipitación del juicio y las acciones que son mera reacción. Quien duda considera y reconsidera, pesa y sopesa, discierne y distingue; en una palabra, hace que su vida sea resultado de la elección y no esa inercia de quienes se pierden en el coro aborregado de la sociedad”, dice el escritor y filósofo mexicano Óscar de la Borbolla en el prefacio de su libro más reciente “El arte de dudar”, que también define como “una guía para que la vida sea más que un acto biológico”.

Ciudad de México, 23 de noviembre (SinEmbargo).– Con todas las complicaciones que se tienen en la vida resulta difícil acostumbrarnos a cavilar y contemplar los momentos que rigen nuestro tiempo. Pero hay quienes revierten las costumbres, y personajes como Óscar de la Borbolla que reivindican esa actividad tan necesaria.

A lo largo de las páginas de “El arte de dudar”, su más reciente libro editado bajo el sello Grijalbo, se encuentran reflexiones breves que recorren los problemas filosóficos de siempre: ¿Por qué vale la pena no matarse?, ¿la realidad es una alucinación colectiva?, ¿la ciencia sabe algo realmente o sólo hacemos modelos eficientes?, ¿es cierto que somos esclavos únicamente de nuestra libertad?, ¿el deseo es tan deseable?

Éstos y otros temas –como nuestra incapacidad para comunicarnos, el porqué del deseo y los pájaros que rondan nuestra cabeza con ideas suicidas o necias– están presentes en esta colección de ensayos compactos  que nos ayudará a comprender el mundo con la especial mirada de uno de los escritores mexicanos más apreciados.

“Este libro es el residuo de la etapa más conflictiva de mi vida: a mi caos personal sirvió de fondo un momento histórico caracterizado por la incertidumbre, la desesperanza y el cambio vertiginoso en todos los órdenes. Las breves reflexiones que lo componen aparecieron semanalmente en el periódico virtual SinEmbargo.mx y constituyeron mi madero para mantenerme a flote. Por ello, corregidas y articuladas, las ofrezco a quienes desean detenerse a reflexionar sobre los asuntos más preocupantes de hoy y de todos los tiempos: el sentido de la vida, el estado del conocimiento, el deseo, la comunicación, la felicidad, el valor de nuestros actos, la razón, la realidad, el tiempo, el engaño, la memoria, la identidad, etcétera”, explica el propio De la Borbolla, quien además de escritor es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, España, y profesor titular en el área de Metafísica y Ontología en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Con la autorización del Grupo Editorial Penguin Random House y del autor, reproducimos para los lectores de SinEmbargo, el primer capítulo –“En el manicomio del habla”– de “El arte de dudar”.

***

I

En el manicomio del habla

1

Canto a la duda

De todos los solventes destructivos que conozco: el agua de mar, el ácido muriático, la desconfianza, el tiempo…, aquí quisiera detenerme en uno de lo más corrosivos: la duda, pues aunque en ciertas ocasiones –cuando nuestra vida está en riesgo– más nos vale reaccionar precipitadamente, en infinidad de casos, en cambio –cuando precisamente nos vamos a jugar la vida–, más nos vale no responder apresuradamente, y dudar antes de decidirnos. Hoy me interesa la duda. La duda que detiene, que paraliza, que puede llegar a obsesionarnos, y, también, la duda que es capaz de socavar los cimientos del conocimiento y echar abajo el edificio entero del saber (hazaña realizada por Descartes con su duda metódica). Y, por qué no, también la duda de aquel a quien le flaquea la fe y pone en duda la existencia de su dios, es decir, no la certeza del ateo ni la certeza del creyente, sino la duda que es ese espacio en el que pueden encontrarse, e incluso entender- se, el ateo y el creyente.

La duda –no lo dude nadie– se caracteriza por el estrago que ocasiona en quien la tiene o en aquello hacia lo que la dirigimos. Dudar de uno: no creerse capaz o no creerse digno le quita al ser humano esa apariencia feroz que ostentan las locomotoras o la gente dogmática cuando, seguras y potentes, van a toda velocidad hacia donde los inmóviles rieles del destino las guían. ¡Qué certeza puede ser más firme para el tren, o para el fanático, que la de su arribo a la próxima estación! Qué incierto, en cambio, es el paso siguiente del individuo dubitativo, pues para éste no sólo no existen los rieles de unas convicciones precisas, sino que ni siquiera atisba si hay o no algún camino.

Me interesa, pues, la duda, ese estado de inestable equilibrio entre el sí y el no. Ese de veras suspender el juicio y no saber si es blanco o negro, malo o bueno… La duda donde todo es igualmente viable o inviable, trascendental o fútil. Esa duda en la que el yo, regularmente soberbio, orgulloso, altanero, siente que se le evaporan las ínfulas y se queda a la mitad de un gesto sin poder concluirlo. Esa duda de la parálisis extrema: esa impotencia.

Y, por el otro lado, qué poderío más grande el de la duda. ¡Cómo disuelve, fulmina, desintegra, revienta! Y es que al revisar una certeza, al ponerla a prueba, al contrastarla con otras ideas, con otras experiencias, con otros anhelos; al ubicarla en otros escenarios, en otros contextos, y al desenvolver sus consecuencias, al volver a pensarla, al dudar se descubre que no era tan cierto, que no se había considerado esto o aquello, que su validez era nula, y su certidumbre un engaño.

Me interesa la duda, porque para sentirla ni siquiera hace falta tener delante un abanico de opciones, un repertorio amplio que nos confunda, porque no hablo tan sólo de la duda entre una cosa u otra, sino de la duda que saca de sí misma las opciones, la duda que desdobla lo único que hay en un “lo tomo” o “no lo tomo”, la duda que mete holgura al mundo, que me ofrece ante la inercia del ciego continuar la posibilidad de detenerme. Porque la duda, a diferencia de la acción que me enriela en su marcha, que obliga a reaccionar en automático, hace que me detenga, que sopese, que calibre, que mida y, sobre todo, que me mire y me descubra ahí como el individuo que soy, que somos todos: un ser que vacila porque delante están los puntos suspensivos de ese precipicio inexplorado que llamamos futuro. La duda de la que hablo es esa que suscita el sencillo “¿qué?” ante el universo.

2

La inalcanzable comunicación

Quizá no haya nada más difícil de comunicar que lo más fácil. ¿Cómo explicar la sencillez de un círculo, el aroma que despide el frasco de azúcar al abrirse, el sabor de una uva, la lenta rapidez con que la forma de una nube se disipa? ¿Cómo, de qué hablar, si el asunto es la vida, un ángulo especial de la vida, un perfil de ésta que se va de las manos? Parece necesario que el interlocutor ya sepa lo que va a decírsele, que lo haya experimentado o que alguna vez se haya detenido en eso. Entonces sí, basta un tosco o torpe puente de palabras para entregarle el mensaje.

Pero ¿qué hacer cuando el otro no ha pensado nunca en la simplicidad que uno quiere transmitirle o ya tiene otra idea al respecto que le resulta irrenunciable? ¿A quién y cómo decirle que el blanco no es el color más claro, o que la noche es más, mucho más, que la sombra de la Tierra que cae sobre sí misma?

Y es que para entendernos de veras tendríamos que estar regresando juntos de un entierro donde hubiera quedado algo más que un amigo: el confidente, testigo, fundamento y cómplice de nuestra vida. Y regresar a una casa incendiada por el absurdo y el desamparo, y asomarnos, cada quien por la ventana que no da al cubo de luz ni al sur ni al norte, sino al porvenir; asomarnos por la ventana de los días restantes con un gesto de indiferencia y de desgano. Y tendríamos que ir, nuevamente juntos, a través de los meses del duelo, del reacomodo en el que se organizan los vacíos y los llenos, en el que aparece una jerarquía distinta, la del nada me interesa o me interesa solamente esto. Y que pasara el tiempo y comenzaran los pequeños resplandores, los pequeños sueños; que fuera formándose un montoncito de calor, el débil parpadear de un sentido.

Entonces sí, quizá, con ese antecedente compartido, podría comunicar la sencillez del círculo: es redondo, diría asombrado como si acabara de descubrirlo; nada lo aventaja salvo la esfera donde todo se distribuye para mantener la menor distancia respecto del centro; porque la esfera es el corazón de lo homogéneo, diría, y si de verdad viniéramos juntos tras recorrer los mismos caminos, entonces formaríamos una esfera: estaríamos comunicándonos y, sin necesidad de decir nada, percibiríamos el placer que despierta el olor del azúcar y estaríamos viendo la misma nube deformada por el viento y hasta estaríamos de acuerdo con que el blanco no es el color más claro.

Pero venimos de distintos caminos, sobrevivimos a distintos estropicios, nos agitan distintos sueños y cada quien, de acuerdo con su personal ordenación del mundo, leerá en estas palabras una cosa u otra. Y es que hay de dos: conformarse con los discursos baratos que hacen su agosto en las horas pico del sentido común, o intentar a veces el desbordador empuje de la poesía y hacer posible lo imposible: la comunicación.

El escritor y filósofo mexicano Óscar de la Borbolla. Foto: Especial

3

El problema de la obviedad

La conducta que más me desquicia de una persona es que no vea lo obvio: que, por ejemplo, esté lloviendo a cántaros y diga que el clima está seco. ¡Pero si ahí está la lluvia!, le señalo, y que me pregunte: ¿Dónde?, esto es algo que francamente no resisto. Y supongo que a todos nos pasa lo mismo. Lo blanco es blanco y lo negro es negro, me digo con absoluto convencimiento: es obvio. Cuando por desgracia topo con alguien así, le huyo y si es posible no vuelvo a dirigirle la palabra. No me gustan los necios, es obvio.

El problema es que a lo largo de mi vida me he topado con demasiados necios que, a su vez, me han calificado de necio a mí. Y me ha ocurrido con las cuestiones más diversas: en concursos de belleza en los que mi favorita era otra; también en temas de religión, y no se diga en literatura y en política. Lo que ha sido obvio para mí no lo ha sido para el otro. Lo obvio, por lo visto, no es obvio universalmente. Si lo fuera, no habría desavenencias ni guerras.

La sola existencia del conflicto es el indicio de que lo obvio tiene problemas. Y aunque entiendo que en muchas ocasiones los opositores comparten el mismo punto de vista y sólo por intereses contrarios o, sencillamente, por un prurito de contradecir hacen que las posturas se enconen, me alarma que, en la mayoría de los casos, hay quienes se enfrentan porque sus evidencias discrepan: lo que es obvio para unos no lo es para otros. Hace falta, entonces, preguntarnos: ¿cuál es el problema de lo obvio?

El primer problema es que lo obvio sea obvio para quien así lo ve. Pues esta certeza determina que quienes no la comparten resulten, por lo menos, antipáticos y, en ocasiones extremas, enemigos acérrimos. El principal problema de la obviedad es que representa una cárcel para quien comulga con ella. “Es obvio –dicen unos– que el aborto en ciertas circunstancias es una mera interrupción del embarazo.” “Es obvio –dicen otros– que en cualquier circunstancia es un crimen”. “Es obvio que la orientación sexual de cada quien –dicen unos– es asunto de cada quien”. “Es obvio –dicen otros– que exclusivamente la heterosexualidad es correcta”. Es obvio que la fidelidad es posible y es obvio que es imposible…

Y otro problema de que algo nos parezca obvio es que uno no quiere ni puede argumentar a propósito de lo obvio. Es tan claro para uno que no fácilmente se está dispuesto a condescender con el otro para explicarle lo que, según uno, está sobradamente claro. Y no se puede explicar porque lo obvio es el fundamento, la evidencia sobre la que se asientan todas las razones que uno podría dar. Y los fundamentos, los axiomas, no se explican: son lo evidente por antonomasia.

Uno no puede ni quiere explicar lo obvio porque es tan claro para uno que queda deslumbrado por su evidencia, y de ahí que uno, ciega y ferozmente, lo proclame, lo defienda y aspire a imponerlo a los demás. Nada nos vuelve más fanáticos que lo obvio, nada nos hace más peligrosos que nuestras obviedades. Y, además, siendo lo obvio nuestra certeza axiomática no podemos sino razonar a partir de ella; es decir, “racionalizamos” sostenidos en ella y, por supuesto, siempre encontramos muy buenas razones para acabar de convencernos de que lo obvio es obvio…

El problema más grave de lo obvio no es tan obvio y consiste en que lo que tenemos por obvio es la bandera por la que damos nuestra vida. Lo obvio es tan claro que no nos deja opción. Por todo esto –y como confesión paradójica– termino esta reflexión diciendo: me parece obvio que por el bien de todos deberíamos dudar de aquello que consideramos obvio.

4

Las palabras con pátina

Las palabras no dicen siempre lo mismo cuando hablamos; y no me refiero a la obviedad de las distintas acepciones que muchas de ellas tienen, ni al hecho contextual de que no sea lo mismo que un amigo en tono juguetón nos diga: “Te voy a matar”, a que nos lo diga un desconocido en una calle solitaria, sino a esas extrañas ocasiones, y en verdad que son raras, en que entendemos las palabras en su sentido hondo; por lo general, cuando hablamos o escuchamos, las palabras llegan cubiertas por la pátina del uso cotidiano y descargan un contenido anémico en nuestra conciencia: las entendemos por encima, en su significado vago.

Así, todos los días decimos “amor” o “muerte”, sin que estas palabras nos iluminen o nos muerdan. Y no es que no sepamos su sentido, sino que nuestra conciencia por lo general está aletargada para las descargas semánticas. La dimensión de la palabra muerte es muy distinta si llega a nosotros derivada del famoso silogismo: “Todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, Sócrates es mortal”, que si llega cuando estamos padeciendo el duelo por la muerte de un ser muy próximo que nos dejó solos. Entonces sí su destello nos ciega y propiamente podemos afirmar con el alma escaldada que comprendemos su sentido.

Y otro tanto ocurre con la palabra amor, que habitualmente usamos como un mote desvaído para referirnos a quienes viven con nosotros. Pero a veces amor es un incendio, una sacudida que resquebraja los cimientos de nuestra vida o una urgencia feroz por llegar a un encuentro.

Pero no sólo pasa con estas dos palabras que, entre todas, tienen una señera posición, sino con las palabras comunes y corrientes. Yo recuerdo una breve pieza teatral de Ionesco: La lección, donde un profesor de idiomas, enfurecido porque su alumno no entiende el significado de la palabra cuchillo, termina clavándolo en el alumno. Y también recuerdo el brillo especialísimo que tuvo la palabra hijo cuando salieron del quirófano a decirme que había nacido Ulises.

Qué pálidas son normalmente las palabras, qué poco dicen; son menos que palillos de dientes en la boca, van y vienen en las conversaciones sin que nadie quede estupefacto por ellas, y por eso casi no me explico la prohibición que hizo Platón en La República, cuando, alarmado por el estremecimiento que producían las palabras de Homero en los oyentes, recomendó la supresión de términos como cócito (río de las lamentaciones) porque espantaban a la gente. Se ve que eran otros tiempos. Hoy se puede decir prácticamente cualquier cosa sin que nadie experimente ningún sobresalto.

¿Tendremos encallecido el tímpano, que ya ni ante el clamor del término justicia nos emocionamos?

Las palabras han perdido su filo, su tino: ¿no habrá manera de quitarles el cochambre que las ha vuelto romas! ¿Que digan nuevamente lo que mientan, que lastimen, que enciendan, que vuelvan a la vida!

Está bien –no, no está bien, pero está– que en la vida cotidiana, en el tráfago adormecido de los días, usemos sólo fantasmas de palabras; pero, ¿y en la poesía? ¿No era acaso ése el sentido del poeta? ¿Devolvernos las cosas como si por primera vez fuesen dichas? ¿Dónde están los poetas que tendrían que mostrarnos a lo pelón las vísceras de todo lo que existe y, más aún, ensanchar el lenguaje dando nombre a aquello en lo que todavía no hemos reparado?

Al último poeta que recuerdo es a Pablo Neruda recreando con sus odas elementales el mundo de la gente, regresando vivos el aceite, la cebolla, el martillo… haciendo poemas que arrancaban su opacidad a las palabras simples. Qué poco decimos y escuchamos de las palabras, qué comunicados más toscos intercambiamos: en qué oscuro cuchitril vivimos sin siquiera darnos cuenta de que hemos perdido los filos y los brillos del mundo.

5

Lenguaje fracasado

Me resulta inconcebible que la gente esté ciega o, peor aún, que solamente vea lo que quiere ver, que los argumentos no valgan, que las pruebas en contra no prueben nada y que, cuando se les ponen delante los hechos, los miren solamente desde el ángulo que vuelve a dejarlos encerrados en sus creencias previas. Me resulta inconcebible, pues, ingenuo de mí, siempre he confiado en el poder persuasivo de la palabra para presentar los objetos, para fincar un mundo en común, para hablar de lo mismo o, al menos, para pelear porque realmente nuestros puntos de vista sean di-vergentes; pero cada quien habla de otra cosa, y como las palabras fallan, son los objetos los que lanzan perspectivas estrábicas que impiden que haya alguna convergencia.

No hay manera de hablar más que con aquellos con quienes ya no hace falta hablar. No tiene sentido mostrar nada, declarar nada, porque quienes son capaces de verlo son los mismos que ya lo miraban así. Los otros –quienes juzgan de forma diferente de la mía– sólo se desesperan igual que yo y se lamentan de la cerrazón de los demás y se les nota que se sienten tan incomunicados, tan en su propia manada como yo me siento en la mía.

¿Cómo hacer un puente que vincule a unos y otros? Ahora mismo habrá quienes lean en estas palabras un grito de auxilio para comunicarnos, como si este texto fuera la palabra SOS metida en una botella de náufrago, y se sientan, como yo, en una isla; pero también habrá quienes crean que exagero, que la comunicación no tiene ningún problema, o, que los que presenta son de tan fácil solución que basta con hablarlos, porque “hablando se entiende la gente”.

Pero, desafortunadamente, la comunicación no es simple. Mi desesperación ha nacido de ello. Qué inútil y fracasado es el lenguaje. Hoy lo vivo así. Mi experiencia es como la que se deriva de ese verso memorable de Rafael Alberti: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras”.

Pues más allá de mi lloriqueo personal, de mis dificultades para expresarme, de esos contextos emocionales que nublan al de por sí impotente lenguaje, quisiera detenerme un momento en la médula del problema: en el hecho de que las palabras, incluidos los nombres propios, sirven para referirse a infinidad de objetos, son términos universales: Óscar no sólo es una palabra para mí: es usada para todos los que llevan ese nombre, y mi nombre completo con todo y apellidos –en el caso de que fuera único, quiero decir, que no existieran homónimos– tampoco serviría sólo para mí, sino para referirse a todos los que he sido desde que así me nombraron. Y en la mayoría de las palabras ni siquiera ocurre esta relativa especificidad. Las palabras son unas cualquieras: se van con cualquiera: la palabra silla sirve para designar cualquier silla, y ahí está precisamente el problema: pues todos nos hemos construido una idea de lo que sea la silla a partir de las sillas que hemos visto, y por ello cuando yo digo “silla” pienso en mi idea de silla, y los demás piensan cada quien en la suya.

Como nadie ha visto el mundo desde mi óptica, nadie da a las palabras el mismo significado exactamente que yo les doy, pues aunque comparta con los demás hispanohablantes la lengua, cada uno, por haber vivido desde su vida y en función de sus muy particulares experiencias, entiende lo que sus entendederas le permiten entender. Por ello el lenguaje sirve para cosas gruesas: sirve para el comercio, para mandar avisos; pero no para comprendernos, no para tener un mundo en común. A lo más, hace posible un mundo “semejante”, bueno para hacer trueques burdos y compartir grosso modo las cosas toscas. Pero nadie entenderá nunca la palabra solo como la entiendo yo, ni la palabra viento. Cada quien, pues, su soledad y su viento.