El mérito de Rivera, si se puede llamar así, es haber hecho campaña a favor de la candidatura de AMLO. Foto: Twitter @Lci_Rivera

Washington, D.C.— Guillermo Rivera Santos, Cónsul de México en Tucson, ha sido acusado de acoso laboral y de comportamiento inadecuado como no quitarle la mirada sobre los senos a su asistente, pedirle que le cosiera un botón en la bragueta del pantalón que vestía, someterla a un incomodo interrogatorio sobre su vida personal y vigilarla por las cámaras de seguridad del Consulado.

La denuncia contra Rivera fue interpuesta en diciembre pasado por María Carmen Barraza, asistente del Cónsul Titular en dicha circunscripción consular, ante el Comité de Ética de la Secretaría de Relaciones Exteriores, con copia al Canciller Marcelo Ebrard y a la Embajadora Martha Bárcena. El escrito retrata a un hombre libidinoso y prepotente que abusa de la relación de poder sobre ella para humillarla. “¿Qué vas a hacer para ganarte mi confianza?”

La denuncia de agresión de Barraza, que no fue atendida hasta la semana pasada, dejó a la madre soltera de dos hijos menores de edad, el más pequeño de cinco años con discapacidad, en completo estado de indefensión. Barraza renunció hace dos semanas temiendo por su seguridad.

Luego de regresar de la reunión de Embajadores y Cónsules, donde aparece a unos centímetros de López Obrador en la foto oficial, Rivera recibió un correo de la SRE, con carácter de “URGENTE”, ordenándole trasladarse a la Ciudad de México, “a la brevedad posible, a fin de sostener consultas”. Busqué a Rivera el viernes. Su nueva asistente me dijo que no estaba y que no sabía cuando regresaba. Al cierre de esta columna no había devuelto la llamada.

Foto: Proporcionada por la autora

En la queja, cuyo texto me proporcionó, Barraza describe la primera entrevista en el despacho del Cónsul, tres días después de que tomara el cargo el 15 de noviembre:

“El Sr. Rivera me preguntó que qué estaba yo dispuesta a hacer para ganarme su confianza para ser incondicional de él, mientras me miraba de arriba a abajo y de manera particular al busto, (algo que se ha repetido en múltiples ocasiones) me pareció sumamente incómodo y desagradable… Le expliqué que tengo dos hijos pequeños que dependen de mí, por lo que me es importante trabajar arduamente para su manutención. Me cuestionó si tenía o no pareja que me ayudara con los niños, lo cual me pareció invasivo. No obstante, le hice saber que vivo sola con mis dos hijos”.

¿Por qué incomodo?, pregunté, en entrevista telefónica.
En lugar de verme a la cara, no me quitaba la mirada del busto. No es como un jefe lo ve a uno, comiéndose a uno con la mirada y enfocado directamente al busto. Entiendo que es lo más notorio, pero por lo mismo uno usa ropa flojita para no llamar la atención donde no viene el caso y menos en el trabajo.

¿Qué te respondió?
No más se estaba riendo.

¿Qué hiciste?
Me solté llorando y él se soltó riendo y me decía por qué lloras. Porque yo nada más vengo a trabajar. No necesito hacer otra cosa. Es lo único que quiero hacer. Trabajar.

¿Qué te dijo?
Pues vamos a ver. A ver que piensas hacer como para ganarte mi confianza y el sustento de tus hijos.

¿Qué más te preguntó?
Me preguntó repetidas veces que cuántos años tenía, y me dijo que él tenía 51, que le diera mi edad. Le respondí que tenía 42 años y que no me gustaba dar mi edad, ya que era información personal. No entendí la importancia en una entrevista profesional.

¿Se te acercó?
No, estaba sentado enseguida de mi en un sillón, y cuando se dio cuenta que me solté llorando se puso enfrente de mi en un silloncito y se me quedaba viendo mientras reía.

¿Sólo fue contigo?
No. Varias compañeras me dijeron, ‘bueno éste, qué onda, no le ve a uno la cara, pero el busto ya se memorizó el de todas’. No voy a decir nombres porque allí todas están trabajando y no quiero meterlas en problemas.

A mediados de diciembre, Rivera le pidió a Barraza, quien tiene una licenciatura en psicología y un posgrado en negocios de la Universidad de Arizona, que le cosiera un botón en el pantalón. “Se levantó el saco y me enseñó que debajo de su cinturón, en la parte de enfrente de su pantalón, necesitaba que le pusiera el botón, enseguida del cierre. Le aclaré respetuosamente que no tenía lo necesario y que tampoco le cosería el botón en dicho lugar, que no lo podía ayudar. También una situación muy incómoda para mí”.

Poco después, Rivera le “gritó” que se fuera al CIAM, un programa de 60 empleados locales mayoritariamente mujeres, que responden a llamadas de mexicanos en apuros. A su regreso de vacaciones el 3 de enero, la mandó a recepción.

En su “renuncia irrevocable” a la Administradora del Consulado, Barraza acusa a Rivera de tenerla bajo “vigilancia permanente” y anexa imágenes donde aparece en los monitores del circuito cerrado.

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Las “miradas lascivas” y los “comentarios, gestos y miradas sexuales”, son tipificados por la Organización Internacional del Trabajo como formas no físicas de acoso y hostigamiento sexual con la intención de “chantajear, intimidar y humillar”. El Código Penal Federal mexicano considera el acoso sexual una forma de violencia y un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión. Cuando el hostigador es un servidor público, es castigado con la destitución (Artículo 259 Bis).

En la denuncia ante la SRE, que ratificó el 31 de diciembre, Barraza corrobora la reunión de Morena convocada por Rivera en el Consulado sobre la que informé (“Más Morenista que Cónsul”, 11/26/2019). “Tuvieron lugar dos reuniones, a las cuales acudieron personas supuestamente de la ‘comunidad mexicana’, pero que en realidad eran representantes del partido político ‘Morena’. Esto lo puedo confirmar ya que yo soy la que agendó las citas por indicación del Cónsul Titular Rivera, y él mismo me especificó a mí que eran reuniones con miembros del partido de Morena… Al siguiente día, al llegar a acomodar la sala de reuniones encontré unas revistas propagandísticas del partido político Morena”.

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Rivera envió un desmentido al director de SinEmbargo negando lo dicho en mi artículo: no fueron eventos de Morena y no se distribuyó propaganda partidista.

La Ley del Servicio Exterior, prohíbe a sus miembros usar el cargo y las sedes diplomáticas para realizar actividades partidistas.

Fuera del Consulado, Rivera conspiró para “chingarme” en venganza por mi referido artículo. Me quejé directamente con Ebrard. Artículo 19 pidió investigarlo (SinEmbargo, 03/12/2019). La semana pasada, Roberto Velasco, vocero de la Cancillería, me dijo que mi caso fue turnado al Órgano Interno de Control y que “está avanzando”.

Barraza me dijo que fue testigo de las torcidas intenciones de Rivera contra mí. “Escuché gritos de enojo con vocabulario fuerte del titular que hablaban de Usted. Entre las cosas que dijo fue ‘encuentren lo que sea de esa, no me importa lo que puedan hallar’”. Incitar a funcionarios públicos a comportarse ilegalmente es abuso de poder.

Más tardó Rivera en llegar (fue nombrado en septiembre) que las quejas del personal del Consulado en multiplicarse. “No habla inglés. Tampoco español, dice ‘haiga, pos y andabanos’. ‘Soy el nuevo Cónsul, bienvenidos y aquí estoy para lo que HAIGA’. Siempre viéndonos los senos y las piernas. Es malhablado. Un vulgar. Sus palabras favoritas son: ‘chinguen a su madre, pendejos, me la pelan’. Maneja sin licencia de conducir autos con placas diplomáticas. Este señor desmoronó el Consulado en dos meses”, me dijo un empleado que pidió no ser identificado por temor a recibir represalias.

Reunión de cónsules y embajadores con AMLO. Foto: Twitter @lopezobrador_

El mérito de Rivera, si se puede llamar así, es haber hecho campaña a favor de la candidatura de AMLO cuando era líder de Morena en Nogales. La recomendación de Alfonso Durazo bastó para darle el cargo. Su caso es evidencia del enorme daño que hace a México el uso y abuso de los cargos diplomáticos para saldar cuentas partidistas.

A muchas mujeres les da terror denunciar a sus hostigadores. Temen perder el empleo o ser estigmatizadas en el mercado laboral. A María Carmen Barraza el miedo no la paralizó. Perdió el trabajo, pero no su dignidad. “Lo hago más que nada para que no vuelva a suceder”. Qué su ejemplo sirva para dar valor a miles de mujeres que sufren de acoso sexual diariamente. No exhibir a los victimarios perpetúa la impunidad. El silencio no es opción. Hay que dejar el miedo atrás.

Twitter: @DoliaEstevez