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Ricardo Ravelo

29/05/2024 - 10:03 pm

Muertos y más muertos: La herencia de AMLO

“Viejos cárteles, que en otro momento fueron considerados descabezados, debilitados y a punto de la extinción ahora reviven y se posicionan en el territorio nacional con mayor fuerza”.

“A cuatro meses de que concluya el sexenio de López Obrador no queda ninguna duda de que su accionar ante el crimen resultó un verdadero fracaso”. Foto: Margarito Pérez Retana, Cuartoscuro.

Las redes del crimen organizado mexicano se extienden a todo el mundo mediante alianzas, asociaciones y una amplia red de funcionarios que brindan protección al tráfico de drogas y al lavado de dinero. Así, el cártel de Jalisco está presente en América Latina, Asia, Europa, África e incluso sus tentáculos llegan hasta Australia; es el mismo caso del cártel de Sinaloa, cuyos operadores están afincados en más de cien países. El narco mexicano incluso ya desplazó a las organizaciones colombianas –conocidos como “Los invisibles” por el bajo perfil que utilizan –y ahora controlan el tráfico en Latinoamérica, así como el blanqueo de activos mediante inversiones en compra de tierras, construcción  de edificios y otros negocios rentables. Esta es la herencia maldita de Andrés Manuel López Obrador que le tocará cargar a quien gane la presidencia de la República este 2 de junio. En suma, AMLO falló en materia de seguridad y en el combate a la corrupción. 

 

Nada cambió en un sexenio en materia de seguridad. La estrategia de “abrazos y no balazos” resultó un rotundo fracaso para el gobierno de la llamada Cuarta Transformación. El presidente Andrés Manuel López Obrador falló en su empeño por pacificar el país y combatir la corrupción. Ambos proyectos resultaron un fracaso rotundo y hereda un país de muertos y violencia imparable.

Los cárteles mexicanos extienden sus tentáculos a diversos países del mundo; abrieron el mercado de las drogas químicas y ampliaron sus redes de lavado de dinero, las multimillonarias ganancias que obtienen por venta de droga de todo tipo.

Las redes se extienden a todo el continente latinoamericano pero también operan en Europa, Asía, África y Australia, donde explotan el amplio mercado de consumo de estupefacientes.

Apoyados por una amplia red de operadores, los cárteles mexicanos se afianzan en toda América Latina: han tomado los controles del trasiego y el transporte de drogas que, vía las rutas mexicanas, arriban a Estados Unidos, el voraz mercado de consumo.

A raíz de la guerra fallida del presidente Felipe Calderón –2006-2012 –los cárteles mexicanos establecieron alianzas sólidas en Colombia, Perú,  Bolivia, Venezuela y otros países con el objeto de asegurar el suministro de drogas.

En Colombia, por ejemplo, los cárteles mexicanos de Sinaloa, Golfo y Cártel de Jalisco Nueva Generación desplazaron a los colombianos, donde el narcotráfico se ha diversificado: actualmente son los cárteles mexicanos los que controlan el transporte de enervantes hacia México y Estados Unidos, mientras los colombianos sólo se han quedado con la producción de drogas, aunque con variados cambios: ya no existen los cárteles al viejo estilo, con capos ostentosos ejerciendo violencia. Ahora los cárteles operan divididos, pero con una muy bien organizada red de trabajo.

Para lograr sus objetivos, el cártel de Sinaloa cuenta con operadores en Colombia. De acuerdo con la DEA, uno de los principales es Ray Domínguez Ortiz, conocido como “El Matón”, personaje de origen sinaloense que, según la DEA, trabaja para la organización criminal de “El Mayo” Zambada en ese país sudamericano.

En Perú, otro de los países proveedores de los cárteles mexicanos, Sinaloa tiene otra pieza clave: se trata de Omar Lemus Rivas, alias “La Changa, responsable de mover los cargamentos de drogas vía aérea, según establecen informes de la DEA.

Y en Bolivia, donde en su momento estuvo refugiado Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, el cártel de Sinaloa cuenta con los servicios de Rolando Giraldo, un colombiano ampliamente conocido por las agencias estatadunidenses porque ha trabajado para varios cárteles de la droga.

Este personaje, de acuerdo con los informes de la DEA consultados, es un enlace con los operadores mexicanos: la droga que proviene de Sudamérica la introducen a México vía el Pacífico, aunque también el Caribe se ha vuelto una ruta bastante socorrida para los cárteles mexicanos.

Otro de los cárteles que cuenta con operadores en el continente es el de Jalisco Nueva Generación. Su principal representante en Colombia responde al nombre de Rigoberto Ramírez Ortiz, mejor conocido como “La Rana” o “El Sapo”: de acuerdo con su perfil, es muy violento y sanguinario, según lo describen los informes de la DEA.

Este grupo criminal, uno de los más violentos, cuenta con otro operador en Perú.  Se trata de Manuel Rodríguez, “La Piraña”, quien lo mismo se mueve en Venezuela que en Guatemala. Es el responsable de suministrar precursores químicos para el CJNG y elaborar drogas sintéticas que exportan a Estados Unidos.

 

 

Las redes mafiosas

Después de la guerra fallida contra el narcotráfico emprendida por el entonces presidente Felipe Calderón — cuyo ahora está en entredicho porque los cárteles se fortalecieron y se internacionalizaron –ahora los grupos criminales encentran facilidades para establecer nuevas alianzas, lo que les permite fraccionarse en bloques, pues ninguna autoridad los persigue debido a que el gobierno federal carece de una política criminal efectiva.

Viejos cárteles, que en otro momento fueron considerados descabezados, debilitados y a punto de la extinción ahora reviven y se posicionan en el territorio nacional con mayor fuerza. Es el caso del cártel de Tijuana que, de verse casi al borde de la desaparición actualmente cobró un nuevo aire. Ahora se llama Cártel de Tijuana Nueva Generación. Su nuevo poderío se debe a la asociación que estableció con el Cártel de Jalisco, que encabeza Nemesio Oseguera.

Como antecedente importante cabe decir que, en 2006, cuando tomó posesión como presidente Felipe Calderón, la guerra contra el narcotráfico –en ese tiempo los cárteles ya dominaban casi todo el territorio nacional, según el diagnóstico de entonces –se centró en no más de diez grupos criminales.

Entonces el mapa estaba conformado por los cárteles del Pacífico y/o Sinaloa, encabezado por Joaquín Guzmán Loera; la célula de los hermanos Beltrán Leyva, el cártel de Juárez, Tijuana, Jalisco Nueva Generación, Golfo, Zetas, Los Cuinis, los hermanos Valencia Cornelio, La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios.

Después de la guerra, que resultó un desastre –México se convirtió en ese tiempo en exportador de violencia e inestabilidad en todo el continente debido a la internacionalización de los cárteles mexicanos –los grupos criminales entendieron muy bien la transición que enfrentaban: fue entonces cuando los grandes cárteles empezaron a dividirse en bloques, establecieron alianzas estratégicas con grupos incluso antagónicos y pactaron con gobernadores y alcaldes. Esto explica el control territorial que actualmente detentan y no sólo eso: con el paso de los años ya no les bastó con tener la protección oficial –política y policiaca –sino que los propios capos compitieron electoralmente para detentar el poder: ahora muchos personajes de la delincuencia organizada son alcaldes, diputados locales y federales y, en muchos casos, están operando en las propias gubernaturas de los estados y hasta en el Poder Judicial.

Este cambio de paradigma, lejos de frenar la violencia, la exacerbó: muchos estados del país como Sinaloa, Jalisco, Nuevo León, Tamaulipas, Veracruz, Guerrero, Coahuila, entre otros, enfrentan uno de los más altos niveles de criminalidad, con jornadas de sangre y de terror.

Y ante este derramamiento de sangre que se vive por todas partes, el llamado del presidente a los cárteles para que “le bajen” ha resultado palabra vacía, pues los grupos criminales actúan en abierto desacato a la autoridad. O con la complicidad del gobierno.

Y es que si bien la guerra contra el crimen que emprendió Felipe Calderón no frenó la violencia, la inacción del gobierno de la Cuarta Transformación ha resultado igual de ineficaz e incluso peor: los cárteles operan abiertamente, pues ninguna autoridad los persigue; se dan tiempo para establecer alianzas, operan a lo largo y ancho del país, siembran amplios territorios con droga –mariguana y amapola –trafican con cocaína, heroína y drogas sintéticas como si sus actividades fueran legales. Nadie los molesta. Este sexenio resultó de jauja y fiesta para los criminales.

 

 

Las alianzas

 

De acuerdo con un informe de inteligencia de la Secretaría de Seguridad Pública del 2019, pero vigente a la fecha,  los grandes cárteles que operaban en el país han sufrido un cambio sustancial. Ahora están fraccionados y su esquema está diseñado por bloques, lo que ha derivado en que se hayan conformado células o escisiones que controlan grandes extensiones de territorio a base de sangre y fuego.

Según el informe, éstas células operan con un elevado nivel de violencia –matan, secuestran, descuartizan, desaparecen personas, cobran piso a los comercios con amenazas –y disponen de armamento de alto poder que, por mucho, supera al que disponen las policías municipales, cuyos mandos, además, están coludidos con los grupos criminales.

Con base en esta radiografía, ahora cárteles como Los Zetas –antiguo brazo armado del cártel del Golfo y posteriormente transformado en cártel independiente –se han dividido en dos células: el cártel del Noreste, que representa una estructura renombrada de los nuevos Zetas –y Los Zetas de la Vieja Escuela, un grupo disidente que tiene presencia en Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Veracruz, Zacatecas, Campeche, Tabasco y Quintana Roo.

En el caso de Nuevo Laredo, Tamaulipas, esta región –según el informe criminal –opera un brazo armado conocido como “La Tropa del Infierno”, a la que se atribuye la ola de violencia que azota a ese estado.

Pero eso no es todo: El Cártel del Golfo –uno de los más viejos que opera en México, fundado en los años sesenta por Juan Nepomuceno Guerra, tío de Juan García Ábrego –sufrió una fractura en su cimentación con la captura y muerte de sus principales líderes. El último capo emblemático que lo dirigió fue Osiel Cárdenas, capturado en 2003 y extraditado a Estados Unidos, donde compurga una pena.

Esta escisión derivó en el surgimiento de tres grupos criminales tan violentos como sanguinarios: “Grupo Bravo”, “Los Metros” y “Los Ciclones”.

Las autoridades federales cuentan con registros que dan cuenta de la existencia de otros pequeñas células delictivas no menos perniciosas: “Grupo Sombra”, “Grupo Pantera”, “Comando del Diablo”, “Los Sierras”, “Escorpiones”  “Grupo Operativo Z”, “Alcatraz de los R”, éste último, asociado con otro conocido en el mundo del hampa como “El Combate del Diablo”-

Estos grupos de sicarios o de exterminio ligado a los cárteles de Los Zetas, Noreste y Golfo surgieron recientemente y su consolidación se explica en buena medida al vacío de Estado que priva en el país.

Su zona de influencia se ubica en Tamaulipas, Quintana Roo y en una parte de San Luis Potosí. A pesar de las alianzas, esta organización que ha tejido en poco más de una década, está a punto de desaparecer del escenario criminal nacional, de no aliarse con otros grupos delictivos.

Las alianzas entre células o fracciones establecidas por los grandes cárteles de la droga han permitido, en los últimos tres años –del último tramo del gobierno de Enrique Peña Nieto a la fecha –que algunas organizaciones criminales que estaban debilitadas o a punto de desaparecer ahora hayan comenzado un repunte con una nueva estructura que incluye apoyo financiero, base de sicariato y armamento de alto poder para enfrentar a los cárteles poderosos.

De esta manera, la guerra se centra en los municipios del norte y sur del país y la lucha es por el control territorial y el mercado de drogas, que ya es boyante en México.

Los casos ejemplificativos de este resurgimiento criminal lo representa el cártel de Tijuana, fundado en los años ochenta por la familia Arellano Félix. Ahora de autonombran Cártel de Tijuana Nueva Generación (CTNG), ya que sellaron una alianza con el Cártel de Jalisco, representado por Nemesio Oseguera, el cual domina en 20 estados de la República mexicana.

El CTNG, de acuerdo con los informes oficiales, se fortaleció en estructura de sicarios, armamento y distribuyó muy bien el territorio que controla –Baja California, por ahora –y su principal cerebro, se afirma en círculos policiacos, es Enedina Arellano, quien desde los años noventa opera el lavado de activos.

Otro caso es el cártel de Juárez, ahora llamado Nuevo Cártel de Juárez. Mantienen a su brazo armado –La Línea –y a su vez controlan a otras pandillas –Los Mexicles y Los Aztecas –y unidos como un ejército ahora han arremetido fuerte para reposicionarse en el trasiego de drogas hacia Estados Unidos.

En 2006, cuando Calderón declaró la guerra al narco, este cártel estuvo a punto de desaparecer. Vicente Carrillo, su jefe, fue detenido. El gobierno federal golpeó su estructura en 2009 cuando rescató a Ciudad Juárez, considerada entonces la zona más violenta del mundo.

Pero diez años después, el cártel de Juárez está de vuelta y, al igual que otros grupos criminales, ha encontrado facilidades para reorganizarse en el gobierno de López Obrador, pues esta organización no ha sido molestada por ninguna autoridad.

Además de Ciudad Juárez, Chihuahua, este cártel controla Sonora, El Paso y San Antonio, Texas, en Estados Unidos.

A la lista de suma La Familia Michoacana, quienes hace menos de una década estuvieron a punto de la extinción. Se dividieron y de esa escisión surgieron Los Caballeros Templarios, activos hasta la fecha, pero disminuidos. Este grupo se dedica al tráfico de drogas, incluida las sintéticas; al secuestro, homicidio, lavado de dinero, trata de personas y cobro de piso a comercios.

Pero con nuevos refuerzos y mejor estructura en Michoacán resurgió lo que se conoce como La Nueva Familia Michoacana. Cuenta con un brazo armado –Los Troyanos –que operan en Michoacán, Estado de México, Guerrero, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Colima, Nuevo León, Baja California y Coahuila. Todo ello gracias a las alianzas que tejieron con otros cárteles.

Una de sus principales asociaciones la hicieron –según el informe de la Secretaría de Seguridad Pública –con Las Morcas, señalados por la DEA como un cártel desde el 2009, pues distribuyen droga, heroína y drogas sintéticas, en territorio estadunidense.

El Cártel Beltrán Leyva y/o Gente Nueva es un claro ejemplo de la fragmentación criminal dado que, con la detención y muertes de Arturo, Carlos, Alfredo, Mario, Esaúl y Héctor Beltrán Leyva, este cártel dio origen al nacimiento de ocho células criminales que han continuado con las actividades de trasiego de droga, trata de personas, ejecuciones, tráfico de armas, lavado de dinero, secuestro y cobro de piso a comerciantes grandes y pequeños.

Por su parte, el cártel de Los Rojos, con presencia en el centro y norte de Guerrero, así como en Morelos, es otro de los grupos transformados que ahora controlan una mayor extensión territorial, lo que han conquistado a base de efectuar verdaderos baños de sangre.

El bastión principal de Los Rojos se construyó en Chilapa, Guerrero; su fundador fue Jesús Nava Romero, “El Rojo”, quien fue lugarteniente de Arturo Beltrán Leyva. Además de este grupo en esa región operan Los Mazatlecos, brazo armado de Los Beltrán, ahora dedicados al tráfico de drogas.

También operan los Ruelas Torres, cuyo líder, José Luis Ruelas Torres, fue lugarteniente de Arturo Beltrán. En Guerrero está el semillero de nuevos grupos criminales, herencia de Los Beltrán, como es el caso de Los Granados, quienes operan en la Costa Grande.

También se incluyen a “Los Ardillos” –llevan 20 años en el crimen organizado dedicados al tráfico de amapola y heroína –, cobro de piso, piratería y secuestros. Ahora operan en lo que se conoce como la región de la montaña y el centro de Guerrero.

A estos grupos se suma, además, el Cártel Independiente de Acapulco, la cual es considerada una organización local. Opera en las colonias del puerto de Acapulco, Guerrero; se dedican al trasiego de drogas, secuestro, servicios de sicariato, ejecuciones y cobro de piso.

“El 2 mil” o “El Panchillo” es el jefe de otra banda criminal. Su verdadero nombre es Javier Hernández García. Su radio de acción ha crecido. Ahora se afirma que controla Coahuila, parte de Chihuahua, San Luis Potosí y Sonora.

En Guerrero una parte del territorio le corresponde a “Guerreros Unidos”, eslabón del grupo Beltrán Leyva y del cártel del Pacífico.

En la zona del Bajío la lucha está fuerte entre los Cárteles de Jalisco y Santa Rosa de Lima, éste último fue encabezado por José Antonio Yépez, “El Marro”, quien actualmente está preso. Dichos grupos criminales se disputan el control del huachicol en los municipios de Valle de Santiago, Joral del Progreso, Cortázar, Yuriria, Salamanca, Irapuato, Silao y León, el llamado Triángulo del Huachicol.

Sin embargo, el cártel de Jalisco es el más poderoso en el negocio de robo y venta de gasolinas: Sus redes de extienden desde Quintana Roo hasta Baja California y en cada municipio del país opera un jefe de plaza que dispone de una estructura de sicarios y un área financiera para pagar asesinatos, corromper a funcionarios públicos –policías y fiscales –así como para aceitar sus relaciones con comandantes, policías, militares y miembros de la Guardia Nacional que están a cargo de puertos, aeropuertos y aduanas.

A cuatro meses de que concluya el sexenio de López Obrador no queda ninguna duda de que su accionar ante el crimen resultó un verdadero fracaso. Otro sexenio de impunidad, de muertos y violencia.

No hablar. AMLO, el adalid de la verdad, resultó otro engaño más.

Ricardo Ravelo
Ricardo Ravelo Galó es periodista desde hace 30 años y se ha especializado en temas relacionados con el crimen organizado y la seguridad nacional. Fue premio nacional de periodismo en 2008 por sus reportajes sobre narcotráfico en el semanario Proceso, donde cubrió la fuente policiaca durante quince años. En 2013 recibió el premio Rodolfo Walsh durante la Semana Negra de Guijón, España, por su libro de no ficción Narcomex. Es autor, entre otros libros, de Los Narcoabogados, Osiel: vida y tragedia de un capo, Los Zetas: la franquicia criminal y En manos del narco.

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