María Rivera
Escándalo
19/02/2026 - 12:01 am
"Le dieron tiempo a Arriaga para exhibir las incongruencias del partido y explicar sus razones que poco a poco fueron evidenciando que no estaba enloquecido"

La verdad, querido lector, no lo entiendo y muchísimo menos me parece correcto. La manera en que fue despedido Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP. Y mire, critiqué la labor y las ideas de Arriaga más de una vez, es decir, no estaba de acuerdo con sus ideas ni con los libros de texto.
Sin embargo, la forma humillante y policíaca en la que fue tratado es del todo inaceptable. Y no sólo inaceptable, sino preocupante porque el trabajo que Marx Arriaga realizó en la SEP representaba parte del espíritu del lopezobradorismo: acabar con la discrecionalidad de contratos, la recuperación del papel rector del Estado en la educación, la creación colectiva y horizontal de los libros, la participación del magisterio, etc. Bien sabido es que fue muy atacado por la oposición, a veces con razón y a veces sin ella. Salinas Pliego lanzó una violenta campaña mediática en su contra, por ejemplo, abusando de su concesión, y completamente impune. La pregunta es ¿por qué la Presidenta Sheinbaum decidió tratarlo de esa manera? ¿por qué no se siguieron las formas básicas y decentes para relevarlo de su puesto? En política, el fondo es forma y es imposible no ver en el episodio un mensaje muy preocupante para la que se dice izquierda, pero sobre todo, para quienes creen o creyeron en que la Presidenta sostendría el sentido profundo del gobierno de López Obrador.
Porque no es sólo y estrictamente lo que toca a los libros de texto, es mucho más que eso. Es que Arriaga también compartía parte de los valores que los funcionarios deben tener, según el lopezobradorismo: convicciones y determinación para llevar a cabo una tarea sin dejarse tentar por el poder y el dinero. Muchas veces repitió el expresidente que no, no era un ambicioso vulgar, no luchaba por puestos y mucho menos por dinero, ni era una veleta que servía según los vientos. Esas características le costaron varias veces su carrera política y, también, le posibilitaron crear el movimiento social que lo llevó al poder después de una auténtica epopeya. Equivocados o no, esos valores se erigieron como sello de un movimiento que se presentaba como diferente y que concentró la esperanza de una buena parte de la sociedad mexicana, el pueblo, como lo llaman. Sus antagonistas: los “privilegiados”, los empresarios y contratistas que expoliaron al país durante décadas, se enriquecieron al amparo del poder público.
Marx Arriaga se ha jactado de sostener esos valores y de llevarlos a la práctica desde que asumió su encargo: retiró a las empresas privadas que “lucraban” con la educación y buscó un camino alternativo, realizó giras por todo el país para organizar al magisterio, con sus propios recursos, y puso en práctica las ideas de López Obrador en la creación de la Nueva Escuela Mexicana y, estos días, increíblemente, les acaba de hacer un recordatorio a los miembros de Morena que ya olvidaron por quién y para qué llegaron al poder con la legitimidad de sus acciones.
Su atrincheramiento en su oficina podrá ser presentado como una necedad, un berrinche de un egomaníaco, tanto por la oposición como por los defensores del oficialismo (en una muy sugerente coincidencia), pero es verdad que no le entregaron ningún oficio informándole de su remoción y es perfectamente comprensible que cualquiera lo exigiera para marcharse. Amedrentarlo con policías para que saliera de su oficina como si fuera un delincuente y sin comunicación oficial de por medio, es una indignidad que bien podrían haber cometido los déspotas a los que la Cuarta Transformación tanto ha criticado. Un abuso de poder del Secretario Mario Delgado y de la Presidenta Sheinbaum, sobre uno de los suyos, hay que decirlo, y también sobre un trabajador. Doble traición semántica.
Naturalmente, el problema de fondo es que Arriaga decidió que obedecería, antes que a sus jefes, a sus principios y a sus ideas de lo que significa el lopezobradorimo y el “humanismo mexicano”. Uno puede criticarlo, pero no puede negar su lealtad a sus ideas, que son perfectamente orgánicas al movimiento al que pertenece o pertenecía o al que existía antes, mejor dicho.
Porque el affaire exhibió que el gobierno actual parece tener menos principios que el apestado excolaborador y otrora diligente servidor del cambio, cuando se decidió intentar sobornarlo con una Embajada o algún otro puesto que él rechazó, aun a sabiendas de que sus días en el servicio público y sus estipendios estaban contados. Prefirió el pleito y el retiro y con éste, la exposición descarnada de la traición a los valores del lopezobradorismo que al menos en teoría, privilegia los principios en el ejercicio de la política.
Sí, pueden decir muchas cosas; que los libros son del pueblo de México, que a él nadie lo eligió, que los logros de la Cuarta Transformación son del pueblo, que se mareó, pero no pueden negar que los sobornos son típicamente priistas y que rechazarlos es una manera muy elocuente de demostrar que no se es un ambicioso vulgar como encomiaba el expresidente a que se comportaran los suyos.
Y es que vaya que le dieron tiempo a Arriaga, durante tres días, para exhibir las incongruencias internas del partido oficial y mucho tiempo para que pudiera explicar sus razones que poco a poco fueron evidenciando que no estaba enloquecido ni actuaba por capricho. Pronto quedó claro que el verdadero motivo por el cual estaba siendo removido era la exigencia, fuera de la normatividad, de realizar cambios en los libros de texto, algunos de los cuales resultan oprobiosos e inaceptables para la izquierda, como la eliminación de capítulos que se ocupan del 68, la Guerra Sucia y la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Aparentemente, la Presidenta no estaba al tanto porque dio una explicación mentirosa de su salida para después maltratarlo. Indigno e innecesario, por donde se le vea. Pero como le decía, querido lector, preocupante: señala que los obedientes y ambiciosos vulgares que sólo persiguen los sueldos, sí, los políticos de siempre, de chile, de limón y de manteca, están más rozagantes que nunca.
Sólo piénsese en la indignidad de su reemplazo: una funcionaria que aceptó el puesto y fue nombrada con bombo y platillo, mientras Marx Arriaga aún estaba en su oficina, a unos metros, y la denuncia del maltrato cundía en los medios, cuando no había recibido ningún oficio y estaba aún atrincherado en su oficina.
Una funcionaria, además, que cargaba ya con denuncias públicas de parte de la comunidad literaria por su mal desempeño en la Coordinación Nacional de Literatura, del INBAL a las que nunca dio respuesta y de la que rápidamente salió en pos del siguiente puesto. Supuestamente de izquierda, pero quien no tuvo empacho en elogiar personalmente a Peña Nieto en una ceremonia pública mientras la herida de Ayotzinapa sangraba profusamente, junto con las represiones de Atenco y de Nochixtlán cometidas por el expresidente y que buscó borrar de sus redes.
Una funcionaria como los que abundan en este gobierno que, por lo visto, ha decidido deshacerse del legado de quien los llevó al poder y en una de esas, hasta de la oscura memoria de las atrocidades cometidas contra el pueblo y la izquierda en la nueva historia oficial.. priista. Vaya ironía.
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