Héctor Alejandro Quintanar
Argentina, Milei y la memoria: el peor presidente para el peor momento
25/03/2026 - 12:05 am
"El desprestigio se debió a la brutalidad con que pisotearon a la totalidad de la sociedad argentina".
Este 24 de marzo se cumplieron cincuenta años del último Golpe de Estado en Argentina, que devino en una Junta militar encabezada en primera instancia por Jorge Videla, que lastimó profundamente al país de 1976 a 1983, lapso relativamente breve –si se compara con los 16 años que duró el infierno pinochetista en Chile, o los casi 35 años de la dictadura paraguaya de Stroessner- donde sin embargo los milicos argentinos tuvieron tiempo para convertirse, junto con el caso chileno, en las dos dictaduras con mayor número de muertos y desaparecidos en el marco de la Guerra Fría interamericana.
El último golpe argentino -porque hay que recordar que la nación platense, al igual que Bolivia, fue un país donde abundaron las asonadas militares en el Siglo XX- hirió con brutalidad no sólo a ciudadanos argentinos sino a toda América Latina, porque el establecimiento de la dictadura de la Junta logró que se gestara la coordinación con Pinochet, y las dictaduras paragauya y brasileña, para la gestación de la Operación Cóndor, que fue el punto culminante de esa inercia de exterminio que, a nombre de un anticomunismo fanatizado y temeroso de amenazas más imaginarias que reales, había iniciado en los años cincuenta con el afianzamiento de dinastías corruptas y asesinas -pero eso sí, muy anticomunistas-, en el Caribe y Centroamérica -como los milicos salvadoreños, los Somoza en Nicaragua o los Duvalier en Haití-, y con el plan piloto para la región que significó el golpe de Estado en Guatemala de 1954 contra el coronel progresista y democrático Jacobo Árbenz.
Argentina fue un reflejo fiel de lo que esas dictaduras hicieron en la región, donde destacan cuatro puntos centrales. El primero de ellos fue el asesinato de la democracia, ya que todas arribaron al poder por la vía golpista abierta, con el apoyo o visto bueno de Estados Unidos y entre ellas mismas. El segundo fue el periodo de terror de los asesinatos, violaciones de derechos humanos y desapariciones forzadas que iban dirigidas de forma indiscriminada a sectores cuya sola existencia era sospechosa, en una acción fascistoide. Esa represión salvaje, que incluyó el perseguir a adolescentes y bebés robados, terminó incluso lastimando a clases medias, lo cual debilitó el respaldo que ese sector conservador suele dar a las dictaduras militares
El tercer elemento es la corrupción brutal. Además de asesinos, los militares argentinos fueron rateros. El cuarto, es que, además de asesinos y rateros, fueron tremendamente ineptos, porque su objetivo central, mantener el orden la economía, fue fallido. Si bien la Junta Argentina quiso mantener cierto control estatal de sectores económicos, en latitudes cercanas, como el Chile de Pinochet, se abrió la puerta al neoliberalismo, doctrina económica que, a diferencia del mundo anglosajón, llegó al poder en América Latina por la vía no de las urnas sino de la sangre y el golpismo.
El desprestigio de la Junta militar no fue, de ese modo, producto de una campaña de propaganda opositora o del creciente desprestigio internacional. El desprestigio se debió a la brutalidad con que pisotearon a la totalidad de la sociedad argentina, que vio en la Guerra de Malvinas, que la Junta Militar -muy feroz contra ciudadanos desarmados pero incapaz contra el ejército colonizador británico- era un fiasco que sólo servía para asesinar a sus propios ciudadanos.
La vuelta a la democracia en 1983 fue una transición pactada, donde un elemento central fue el intento de garantizar la impunidad a los militares. Por fortuna, el gobierno del regreso democrático, encabezado por el presidente Raúl Alfonsín, instó al juicio a la Junta en 1985, proceso que con muchas trabas logró castigar a ciertos integrantes de la dictadura, en un proceso de justicia transicional que fue singular en Latinoamérica, donde la mayoría de los dictadores de la segunda mitad del Siglo XX se salió con la suya: Pinochet, por ejemplo, logró quedarse impune y terminar su vida como senador vitalicio. Stroessner en Paraguay murió de viejo en su país e incluso como una figura política activa. Hugo Bánzer, el dictador boliviano de ese periodo, murió incluso recibiendo vergonzosas condecoraciones, como la que le hizo el gobierno de Ernesto Zedillo en 1999.
La luz que blandía Argentina al castigar a sus verdugos parecía una sólida garantía de que nunca más regresara el fantasma pro-dictatorial, hecho que se reforzó en el gobierno de los Kirchner, cuya política de memoria reencauzó a los milicos a los tribunales y no se limitó a gestos simbólicos, por muy importantes que éstos sean.
¿Qué diferencia puede hacer un caso de justicia transicional como el hecho en Argentina? Se trata de un mecanismo de protección a la civilidad, la paz y la decencia, que obstaculiza que desquiciados negacionistas o reivindicadores de dictaduras puedan volver al poder en un lugar que ya padeció ese mal. O al menos así se pensaba en 2018, cuando ganó las elecciones en Brasil un hampón fascistoide como Jair Bolsonaro, en cuya campaña electoral glorificó a la dictadura criminal del Brasil de 1964. Por cierto, hoy que ese delincuente facho está en prisión, dice su familia sufrir ansiedad y depresión. Recuerda su caso al del hijo de Pinochet en 1998, cuando el sanguinario estúpido de su padre fue detenido por una causa internacional emitida por el juez español Baltazar Garzón. Si bien esa causa no pudo mantener en la cárcel al monstruo chileno, al menos se le vio nervioso el día de su detención. Ahí, su grotesco hijo lanzó un chillido porcino ante los medios, quejándose de que su padre, el asesino que encabezó la desaparición, muerte y tortura de miles de chilenos, había sido “víctima” de una gran vejación contra sus pobres derechos humanos, y ello, porque había sido detenido legalmente… el día de su cumpleaños.
Vaya con la cobardía chantajista del deprimido Bolsonaro o el vejado Pinochet, que luego de cometer crímenes innombrables, se fingen agraviados por las consecuencias de sus actos. Al igual que el criminal neonazi Benjamin Mileikowski, que hoy acusa a Irán de agraviar civiles israelíes, luego de él haber exterminado a propósito decenas de miles de civiles palestinos. Como siempre, los fascistas son agresores con lenguaje de agredidos.
Volvemos a la Argentina, donde, tras el triunfo de Bolsonaro en el vecino Brasil de 2018, se pensó que un candidato así, reivindicador de la dictadura, sería impensable en la nación platense, por el hecho de que sí había podido, o querido, procesar a los militares criminales del último golpe de Estado. Quizá eso haría llamar a la prudencia a las derechas, o haría marginalizarse a los fachos remanentes en favor de la dictadura.
Pero tristemente, a medio siglo del Golpe de Estado de 1976, Argentina es gobernada por un engendro delirante cuya ideología es un pastiche de tonterías, coronado por un supremacismo fascistoide. Pero su entorno es, abiertamente, reivindicador o sustentado en la dictadura militar, donde destaca la vicepresidenta Victoria Villarruel, que acrecentó su carrera política con un activismo inmundo: el de ejercer la abogacía de los militares con causas judiciales y exigir la farsa de la “memoria completa”, tontería consistente en equiparar a las supuestas víctimas militares en el período 1976 a 1983, como si hubieran sido unos pobrecitos indefensos y no un grupo armado con patente de corso para cometer vejaciones violatorias de derechos humanos contra todos los argentinos, no sólo los muy marginales, focalizados y nunca asimétricos grupos de izquierdas armadas.
El ascenso de Milei no se entiende sin el apoyo de esos grupos pro dictadura, que, junto con el macrismo y empresarios de “la casta”, hicieron que de 2021 a 2023 el delirante argentino que habla con su perro fallecido se corriera de la marginalidad al protagonismo de la política argentina como candidato presidencial, y hoy encabece un gobierno que depende de las condiciones de Trump para ganar elecciones, elimina nociones básicas de estado de bienestar, comete corruptelas sistemáticas vía las coimas, ejerce un indigno rol internacional como lacayo del sionismo religioso genocida y se enfrasca en tensiones con una nación que nunca le significaría una amenaza internacional, como Irán.
En este proceso de degradación, al interior Milei rompió el consenso del “nunca más” y sacó del retrete de la historia a Videla, donde había muerto con justicia humana y poética en 2013, para quitarle culpas a la dictadura, eximirla o disminuirle su gravedad. El retroceso es del tamaño del aniversario: cincuenta años desbaratados por un desquiciado cuyo eje de gobierno es el sadismo hacia adentro y el masoquismo hacia afuera.
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