“A esta altura no es exagerado decir que la escritura de Diego Trelles Paz es un arma hipersensible y letal: una escritura que nos mea, nos caga, nos pone frente a un espejo en el que vemos las verdaderas criaturas que somos, y no las que solemos ver” (Félix Bruzzone).

Ciudad de México, 4 de noviembre (SinEmbargo).- “Eso que trajo la dictadura nos persigue porque nos define. Y no se va a ir nunca”, le dice Francisco a Diego el día de su reencuentro en Lima. Han pasado casi diez años desde que se fueron de Perú, huyendo de sus vidas en un país desfigurado por la violencia y la incertidumbre. De Nueva York a Londres, entre la evasión y el desenfreno, el recuerdo les traerá de vuelta sus aventuras veraniegas en la Europa efervescente del nuevo milenio: viajes promiscuos en los que, además del alcohol, la cocaína y las fiestas non-stop, cultivaron una extraña adicción a los trickies, tríos sexuales en los que la única regla sagrada era no tocarse entre ellos. Un episodio traumático en Berlín entre Francisco, una bella prostituta y una oscura banda de delincuentes metaleros (Los turcos) destrozará la vida exagerada de ambos amigos y hará reaparecer los fantasmas ocultos de ese pasado de violencia que creían muerto.

¿Qué pasó realmente esa noche delirante en Alemania? ¿Por qué ninguno de los dos volvió a mencionar el hecho? ¿Salió Francisco indemne de la agresión o fingió por vergüenza? ¿De verdad llegó a ocurrir algo?

Tras la repentina desaparición de Francisco, algunos años después de haber coincidido en Lima, la necesidad obsesiva de descubrir la verdad lleva a Diego, que ahora vive en París y no logra avanzar con la escritura, tras los pasos de la única persona que podría saberla: una enigmática mujer que llegó a Francia huyendo, el centro luminoso de esta historia de amores y traiciones, asesinatos y desapariciones, enigmas policiales e intrigas políticas.

Ambientada en Perú dentro del marco histórico de la posdictadura, La procesión infinita es una novela dura y conmovedora, divertida y vertiginosa, sobre la amistad y la imposibilidad del amor en un país en duelo permanente, enfermo por las secuelas de una dictadura que se acabó pero nunca se fue, que se derrumbó pero, dentro y fuera de los personajes de este libro, vive y persiste.

Uno de los narradores peruanos más leídos del momento. Foto: Anagrama

Fragmento de La procesión infinita, de Diego Trelles Paz, con autorización de Anagrama

Primera parte

Volver a Lima. Treinta y tres años recién cumplidos y la noche de su regreso, la fría sensación de no tener nada que hacer ahí. Han pasado siete horas y once minutos desde que tomó las dos pastillitas blancas de Diazepam y todavía conserva en el cuerpo el efecto atáxico y la dulce somnolencia. Con los ojos entreabiertos, apoyando la cabeza contra la ventana blindada de la nave, observa la alfombra de nubes sucias que corta el cielo en dos mitades y recrea mentalmente la pálida cartografía de la ciudad que abandonó hace ocho años. Eso es Lima, piensa con desprecio, ahí, debajo, como un infierno de luces mortecinas amortiguadas por la neblina: el mismo laberinto, el mismo tambaleo, la misma desesperación ya barnizada por el blanqueo y la amnesia.

Quedan veinte minutos para el aterrizaje. La azafata menos amable le ha pedido que apague su computadora, recline el asiento y baje la persiana para que no entre la luz. Le dice que sí asintiendo con la cabeza pero no le hace caso. Todavía no amanece y desea seguir observando cómo se decolora el cielo narcótico de la capital. El miedo que sintió ni bien dejó Nueva York ha cedido a un ameno desconcierto. Sabe que el ansiolítico lo entumece y consigue que todo le dé lo mismo. Igual, piensa, ya nadie se acuerda del asesinato del crítico literario y su padre le ha dicho que todo está en regla, Diego: nunca hubo orden de captura, no van a detenerte en migraciones, ya todo ha prescrito. Si preguntan algo diles que es falso, que te halaga mucho que se lo hayan creído pero era sólo una novela, que no hay tal cosa.

Lo que sí existe es esa fobia clandestina que lo doblega y se niega a aceptar. Odia los aviones. Odia la idea de estar encapsulado a miles de metros de altura rodeado de gente. Odia, hasta el límite del dolor físico, el saltito siniestro que precede la llegada de las turbulencias. Odia las nubes. Todo, en realidad, se reduce al terror de volar y perderse en el cielo por un capricho funesto de la estadística. Sin esa dosis de Diazepam que lo desconecta de la cruel realidad de los aviones, cualquier movimiento brusco de la nave le produce temblores incontenibles que lo avergüenzan. Tiembla, suda, se estremece como un perro en pánico. Sabe lo inútil que es contrarrestar esa agitación involuntaria de su cuerpo, y sin embargo, tensando los músculos de la espalda, aferrándose con ambas manos a los flacos brazos del asiento, improvisa un penoso simulacro de calma que nadie –ni él mismo– logra creerse.

De pronto, alguien habla. El Chato reconoce esa voz rumorosa y sonríe alzando levemente el mentón. Parece un hombre enfermo que se dispone a dialogar con otro imaginado en un lugar público. La metáfora no carece de sentido porque el de la voz murmurante es alguien ausente (ni siquiera soy yo, que iré siempre por arriba o por detrás) que le recuerda a Francisco Méndez: su compañero del colegio, su pata del alma, su mejor amigo.

–Te drogas porque te mueres de miedo, mi Chato.

–¿De volar?

–De que se caiga el avión.

–No creo.

–Sí crees y lo tienes bien clarito pero te da roche admitirlo. Y es tan fácil como esto, Chatito: si se cae morirás, morirán todos…, pero no se caerá. La posibilidad de que eso ocurra es una en 4,7 millones. Yo ya hice mis cálculos con tablas y porcentajes: es más fácil que te dé cáncer al poto.

–Gardel se murió en un avión. Ritchie Valens y Buddy Holly y Otis Redding se murieron en un avión. Ibargüengoitia también… Sabes quién es Jorge Ibargüengoitia, ¿verdad?

–Poeta vasco. Separatista. Alcohólico, coquero y mujeriego.

–Cómo te encanta hablar cojudeces, Francisco.

–Y a ti te encanta cambiar de tema, Chato, pero no te preocupes que yo te lo recuerdo bien rapidito: te aterran los aviones y no lo admites; te drogas para anestesiarte y no sentir temor. Si se cae el avión y tienes la suerte de que aterrice, el único huevonazo que se va a morir dormidito eres tú y créeme, mi Chato, que en esas circunstancias nadie te va a cargar.

–De repente una aeromoza musculosa y culta, ¿no? Alguien que me haya leído y se enamore de mí.

–Ese Varguitas es la muerte, no lo lee ni Dios y quiere que lo reconozcan en pleno accidente.

–Te he pedido mil veces que no me llames Varguitas.

–¡Es que no entiendes, huevas! Es una señal de confianza. La próxima novela ya verás: mínimo película de Lombardi con Angie Cepeda ca-la-ti-ta, mi Chato… Claro, si el avión resiste…

–Te voy a contar un secreto, cojudito sabelotodo. Ya verás que después me lo agradecerás. Tengo un truco infalible en los aeropuertos, y te lo voy a regalar. Son tres pasos simples, pero hay que seguirlos en estricto orden o no liga. Lo primero, escucha bien, es buscar niños en la cola, cuanto más pequeños mejor. Si encuentras tres niños o más, no te preocupes, ya estás a salvo.

–¿Estás a salvo porque hay niños dices?

–Es un seguro de vida imaginario. Ningún niño merece morir y menos en un accidente de avión.

–Yo pensé que eras ateo, mi Chato.

–No hay divinidad presente, loco. Es creencia popular.

–¿Cuál es el segundo paso?

–Antes de entrar, justo en el umbral de la puerta del avión, con el dedo índice y sin que nadie te vea, dibuja una cruz doble en los tornillos de la puerta.

–¿Me estás hueveando?

–No sé… De repente, ¿por?

–¿Eres ateo y dibujas cruces para que no se estrelle el avión? Me das risa, huevas. ¿Alguna vez intentaste dibujar pichulas? Créeme que, por lo menos, serías más sincero.

–Hay cosas que la razón no puede explicar, Francisco. Tuvimos una educación jesuita, no lo olvides.

–Júrame que la tercera es orar de rodillas en el pasillo empuñando un rosario y golpeándote el pecho…

–No. El último paso consiste en mirar cuidadosamente a las aeromozas cuando tiembla el avión. Si las ves palteadas o nerviosas o con cara de culo, olvídate de los dos pasos previos: ya te jodiste.

–O sea, mi Chato, tú eres un ateo supersticioso.

–¿Y cuál es el problema? Tampoco creo en el pensamiento mágico si a eso apuntas. Digamos que es una pequeña licencia. Igual me llega al pincho si te ríes: la próxima vez que viajes, sé muy bien que vas a seguir toditos los pasos al pie de la letra.

–¡De todas maneras!, y hasta voy a agregarle el pasito del rosario en el pecho, por si las huevas.

–Ya… Te conozco como si fueras mi hermano.

–Soy tu hermano, Varguitas… El hermano perdido y guapo de la familia. La voz de Francisco se reproduce en su mente con la cadencia de una extraña letanía. Es el Diazepam. Su consumo suele generar esos efectos distorsionados y reverberantes en las voces que le hablan atropellándose, y es como si fuera el único testigo del eco que produce un debate susurrante entre fantasmas. Hay, sin duda, algo de esquizofrénico y adictivo en esa sospechosa lasitud que provoca el Valium, y que el Chato atesora como un antídoto contra su miedo. (Es muy probable que él no acepte los términos de esta descripción: cuando alguien le pregunta si teme a los aviones, dice simplemente no sentirse cómodo en el cielo.) A Francisco es al único al que no le responde nada. Su silencio es casi un asentimiento. Méndez no es su hermano pero le habla con la dureza y la dilección del primogénito que pontifica sólo por ser mayor (cinco meses y medio). Si el Chato lo escucha no es tanto por la lógica de sus razonamientos como por esa fortaleza con que defiende y reivindica sus intuiciones. Le sorprende y le disgusta esa seductora capacidad de persuasión que ha convertido a Francisco en un hombre de éxito. Piensa en todo esto ahora que el piloto anuncia el aterrizaje y el equipo de cabina desaparece. En pocos minutos, Diego y Francisco volverán a encontrarse en Lima después de un año sin verse y de un esporádico contacto que se redujo a fríos intercambios telefónicos entre Nueva York y Londres.

Ninguno de los dos ha vuelto a mencionar lo que pasó en Berlín. Ninguno de los dos ha podido olvidarlo. El avión ha llegado sin contratiempos y la muchedumbre domesticada por los cinturones de seguridad aplaude entusiasta. Otra vez la sonrisa le brota de manera automática y con un cálido gesto de reconocimiento. ¿Hacía cuánto tiempo que no escuchabas esos aplausos sincronizados, esa alegría espontánea y comunitaria, esos vivas entusiastas por el piloto anónimo que les daba la bienvenida al Perú en inglés? El Perú, Chato, tu patria, piensa, diez años sin dictadura y ahora ninguno de los que aplaude desea recordar lo que pasó. Se acabó el delirio, llegó la época lúgubre de la tábula rasa: blanquear los ojos, vivir en un presente perpetuo, fundar un nuevo Estado sobre las ruinas del difunto, negar que alguna vez existió. Y tú, como ellos, lo hubieras dado todo por aceptar el blindaje, por olvidarte del Perú, por rechazarlo y prohibirlo y arrancarlo para siempre de ese lado torcido y doloroso de tu corazón; Chato, serías un hombre más sano, piensa: el ciclo natural de la vida en familia blanca y pudiente de Lima, si tan sólo pudieras voltear la cara como ellos y olvidarte del duelo ajeno, de esos muertos penantes que no son tuyos, de la gente que todavía desaparece tan lejos de la capital.

Pero es inútil: nos tienen como dormidos, piensa, arrastrando el equipaje de mano por un pasillo resplandeciente de mosaicos de granito plateado y ventanales con doble vidrio. Lo que sea que necesites hoy está en Perú, se lee en el panel rojo con una foto paradisíaca del río Amazonas que señala el final del pasillo de entrada. La P de Perú es, al mismo tiempo, un trazo circular en espiral y el símbolo del arroba cibernético. Ruinas y modernidad. Me acuerdo, no me acuerdo. Suele repetir mentalmente esa primera frase de la novela de José Emilio Pacheco que tanto le gusta. Se acuerda. Los Beatles en dibujos animados. Cool McCool tocando la guitarra. “Michelle, ma belle” en el Volkswagen de padre. Los Guardianes contra los Renegados en el mundo de los Gobots. La Inmaculada y sus tres canchas de fútbol. La leche Enci en sobre blanco y verde con la vaquita pirata. El pan popular. Las velas blancas de apagón en el centro de la mesa. El candelabro improvisado en las botellas de Lulú. Las torres de luz cayendo. Radio Programas -del Perú te informa. El toque de queda. Madre ondeando un polo blanco al viento desde el Volkswagen familiar (“Es la señal, Dieguito, o los milicos disparan”). El barrio obrero y La Vecindad donde cantaba Manuel Donayre. 18 de junio en El Frontón. Todos bocabajo. Disparo a las piernas. Gente rendida. Disparo a la cabeza. Gente muerta. ¡Todos bocabajo! Un coche bomba. Cuerpos que vuelan. Dos coches bomba. Cuerpos que se despedazan. Tres, cinco, cien coches bomba. Cuerpos que desaparecen. Comando Rodrigo Franco (“No existe”). Demian de Herman Hesse (“Lee”, dice padre, y abre una ventana que abre otras ventanas). Miraflores en llamas. 2 de abril en el Congreso. Grupo Colina («¡Tampoco existe!»). Estudiantes que se pierden. Cadáveres que se entierran. Fosas clandestinas. Polladas sangrientas. El flaco Olmedo. El gordo Porcel. El chino Fujimori. Las riquísimas tetas de Moria Casán. El chongo a la vuelta de Scala Gigante. El Two Star de San Isidro a las seis de la mañana. El golpe. Disolver. Disolver. Disolver. Alan García Pérez, presidente de la República, ¡les da la bienvenida al Perú!

No me acuerdo.

Su paso por la ventanilla de migraciones es tan corto, mecánico y anodino que tiene la impresión de que alguien, detrás de los cristales polarizados de la Policía Aeroportuaria, lo está probando. ¿Sería posible que nadie se acordase del crimen del crítico literario García Ordóñez? ¿Lo habría soñado? ¿Dónde estarían ahora Larrita, Ganivet, Casandra, Sawa? Preguntas inútiles. Esa parte de su vida se ha perdido para siempre y no está dispuesto a resucitarla. Mientras espera su equipaje sentado sobre una de las serpenteantes fajas de recojo, explora el ambiente bullicioso de la sala con un lento paneo horizontal que termina en los peajes de salida. Contra todo pronóstico, el antiguo semáforo a dos luces que determina la inspección manual de las maletas ha sobrevivido al barniz de opulencia que lo impregna todo. Es como si el plan de remodelación del aeropuerto se hubiera estrellado contra esa antigua práctica costumbrista destinada a torcer destinos. Tentar la posibilidad del verde le produce una ansiedad innecesaria porque sólo lleva ropa, casi toda ajena. La última moda inglesa son los polos rayados de rugby con cuello de camisa y los chinos de colores hasta la pantorrilla, mi Chato. Te daría también mis Topman blancas sin pasadores, pero como eres enano y la tienes chiquita, seguro te bailan. No te piques, huevas, sabes que lo digo por joder. Esa chaqueta me la regaló mi mujer pero ahora ni me entra. Imagino que ya sabes por qué. Mírame el pecho, Chato, mi espalda, ¿viste?, ¡una inmensidad! A ti te queda como pintada, resalta tus músculos, la claridad de tus ojos, y además es Zara: si uno se viste decente, huevas, si va seguro, si huele rico, levanta vaginitas sin despeinarse.

Luz verde y avanza. Tras el portal, una multitud apretujada y discordante ha convertido el semicírculo natural de espera en una herradura deformada por el tosco vaivén de los cuerpos. Ruidosas y coloridas, presionadas unas contra otras y hermanadas por la más tosca de las alegrías, las personas forcejean sobre el sitio como si en vez de esperar a sus parientes estuvieran a punto de tomar el aeropuerto. La imagen del gentío descompuesto le produce desagrado pero se niega a admitirlo. ¿Quién era él para despreciar a los suyos? ¿En qué se había convertido ahora que avanzaba cabizbajo y a paso lento enfundado en las costosas ropas de Francisco? ¿No era injuriosa esa sensación de desapego hacia lo que siempre había observado con empatía? ¿Sería el cansancio, Chato? ¿La angustia heredada? ¿El hastío? ¿La incertidumbre? ¿Seguiría ahí, como una procesión marchante, ese sentimiento culposo que exorcizabas llenando páginas, presentando libros, hablando en público, sonriendo ante cámaras como un pendejo? ¿Te imaginas? Todo ese recorrido vital, todo ese falso fervor, todas esas palabras recitadas desmoronándose de tu boca como un líquido inmundo. ¿Y para qué? Para terminar en el mismo sitio. Lima. Lima. Lima. Todas las veces Lima y el escritor pequeñoburgués de Magdalena volviendo al oscuro nido. Ni más ni menos, Chato, piensa: ¿eso eras? Sí, mi Chato, eso eras, ¿para qué negarlo?; pero tú tranquilo nomás, no te hagas paltas ahora, que nada en esta vida es permanente, dijo él (o dije yo). Parecía más alto y hermoso y, con su impecable blazer blanco sobre la camiseta también blanca abierta en V hasta el pecho, resplandecía entre la muchedumbre por su delicadeza. Su saludo efusivo tomó al Chato desprevenido, fue casi una cariñosa imposición. Arqueando dócilmente el espinazo, Francisco tuvo que encorvarse hacia delante para no abrazarle la cabeza. Su primera frase («Hay tres gramitos de coca») generó en Diego una risita nerviosa y alborozada que primero desveló incredulidad y, luego, un deseo vehemente por confirmar que aquello era cierto. –No nos vemos hace un año huevonazo, ¡¿y eso es lo primero que se te ocurre decirme?! –Sí. –Ya… ¿Hay mucho? –Tres falsos de aire acondicionado. Bien gordos. –¡Qué rico, carajo! –Es lo mínimo, mi Chato. Así nomás no se celebra un reencuentro de hermanos. Dejamos tus cosas en tu jato, saludamos a tus viejitos, te bañas, te lavas bien la fruta, te pones churro y al toque nomás empalmamos al Huaringas que hay unos pisco sour brutales. –Yo no voy a bares de pitucos. –Tú, duro, vas a cualquier lado, Chatito. –Hay algo de cierto en eso… Pero son las siete de la mañana, Francisco, no hay nada abierto a esta hora.

–¡Pobre mi Chato! Estados Unidos lo ha ahuevonado mal. Ya volviste al Perú, loco. Aquí, blanco, churro y con fichas hace lo que le da la gana; y tu hermano Francisco tiene coca, guita y nave, sólo faltan las vaginitas, ¿qué más quieres? Si algo no está abierto, muy simple pes’, mi Chato: lo abrimos.

–Prefiero ir al Hotel Bolívar.

–¡Donde quieras, campeón!

–¿Tú sabías que Orson Welles tomó su primer pisco sour en el Bolívar?

–¡Claro! Qué pregunta para más cojuda… ¿Estás cansado? ¿Te metiste de nuevo la pastillita esa para negar que vuelas?

–Sabes quién es Orson Welles, ¿no?

–Roquero escocés. Más o menos de la época de Rod Stewart. Misógino, ludópata, heroinómano y recontra cabro.

–Je, je…, huevón, me haces reír. No eres más ignorante porque no hay concurso.

–Es adrede, Chatito. Tú te ríes bonito.

A través del encuadre, en un plano entero que permite visualizarlos de pies a cabeza, caminando uno al costado del otro bajo el efecto retardado del ralentí, es posible apreciar la poca armonía de sus cuerpos contra el escenario brumoso del estacionamiento. Es la clásica escena cinematográfica de presentación. El Chato tiene la costumbre de pensar los hechos de su vida recordando e imitando las escenas de sus filmes favoritos. Aquí, por ejemplo, piensa en Reservoir Dogs y camina más lento adrede. Es una representación espontánea, con extras despistados que no saben que están actuando: la puesta en escena de una película de neorrealismo cholo, la cámara oculta, nadie sabe dónde. Tarantino que le hace un guiño a Godard y Godard que homenajea a Peckinpah. ¡Qué paja!, piensa en silencio, sintiéndose profano y veleidoso. (Es muy probable que Diego no acepte los términos de esta afirmación: cuando alguien le pregunta si se considera un cinéfilo, dice simplemente ver películas de manera compulsiva, sin entender del todo, por ejemplo, esa obsesión malsana de los críticos por los tiempos muertos.)

La fotografía los inmoviliza. Es un artificio técnico que rompe la continuidad pero no distorsiona la historia. Avanzando de frente y en cámara lenta, la diferencia de tallas era mucho más evidente, pero, por un efecto cómico que es más amable que burlesco, terminaba siendo accesoria. Ahora no. Detenidos en su marcha, lo único que tienen en común es la ropa lujosa de Francisco. Están vestidos como príncipes urbanos en una geografía demasiado agreste para cobijarlos sin aspereza. El Chato lleva una chompa azul jaspeada con tres botones cruzados sobre el pecho y el cuello abierto en pétalo. El pantalón negro de tela no está del todo ceñido porque haría más notorias esas piernas de futbolista que lo engordan. Las piernas de Francisco, por el contrario, son largas y flacuchentas como las patas grisáceas de un avestruz; es por eso que lleva unos chinos grises de algodón entubados sobre las pantorrillas y remangados por encima de sus tobillos desnudos. El suyo –con los Ray-Ban aviador y los mocasines blancos de gamuza– es un look veraniego que lo muestra dócil y vulnerable hasta el punto de feminizarlo. No es, sin embargo, ni genuino ni espontáneo. En absoluto. Como todo en su joven vida, la construcción de su imagen ha sido calculada al milímetro. Su leve androginia no es el símbolo sincero de un espíritu disoluto y sexualmente ambiguo. En Francisco Méndez todo tiende a la fascinación momentánea y descartable por lo superficial. Su vestimenta, por ejemplo, no es otra cosa que una vitrina itinerante de marcas costosas al servicio de su narcicismo. Nunca escatima en gastos. Vive esclavizado a las tendencias y acepta sumisa e irreflexivamente hasta la prenda más disparatada si aparece en las revistas de moda. El Chato odia esa impostura y se lo hace saber con frecuencia. Sus críticas, no obstante –lo reconoce con vergüenza–, son una forma de defensa contra su propia inconsistencia. Enfundado en el jersey azul que el mismo Francisco le obsequió en Berlín aquella noche siniestra, es imposible adoptar una actitud crítica sin sentirse un poco cínico.

El invierno de Lima los recibe lanzando sus pelusas de agua helada que mojan por acumulación. La garúa de agosto es así: una brisa molesta que lo cubre todo como una fina lluvia de escarcha. Es raro que llueva en la capital. Cualquier precipitación agresiva podría ponerla en riesgo de inundación. A Diego siempre le gustó esta estación. La palidez de ese cielo que parece ceniza evaporada, y que a tantos aluna y pone de mal humor, a él le parece dulce y melancólica. “No hay como el invierno limeño para suicidarse, Varguitas”, dice de pronto Francisco. Es un chiste serio que el Chato consiente bajando el mentón hacia el pecho y sonriendo. Sabe que su amigo ha leído sus novelas. Sabe que podría estar al tanto de la macabra fascinación que el tema del suicidio despierta en él. Ni siquiera le importa mucho que lo haya llamado Varguitas. En menos de un minuto, va a pedirme algo, piensa resignado y silente. Tiene razón. Una de las tácticas de seducción de Francisco, consiste en decir exactamente aquello que su interlocutor desea oír. No importa si es escritor, peluquero, sacerdote o policía. Tampoco importa el conocimiento que tenga de lo que señala con una seguridad quirúrgica. Conoce a poca gente con esa capacidad tan desarrollada para fingir sin inmutarse ni gesticular ni modular la voz. Francisco simula con una hipocresía tan atildada que cuestionarla parece descortés. Es un timador gentil y hasta ocurrente que no abandona a sus personajes ni cuando se ponen en evidencia las costuras de su representación. Es un juglar moderno, piensa el Chato: más que repetir o imitar lo escrito, lo interpreta. Escribe oralmente –como decía Borges que hacía Macedonio Fernández–, y si algo falla en el simulacro, improvisa: es capaz de inventar sobre la marcha una fantasía agregada que resulta incluso más convincente que la original. Su placer no reside en la recompensa sino en el engaño. Francisco goza representando, incidiendo en la rutina de los días, sembrando dobles efímeros sobre la realidad.

Como Diego conoce todas y cada una de sus estrategias de reblandecimiento, decide cortar de golpe el silencio y adelantarlo.

–¿Qué chucha me vas a pedir, huevón?

–Un autógrafo, Varguitas.

–Déjate de cojudeces, mierda. ¡Y no me digas Varguitas!

–Es un pequeño estímulo, mi Chato. No seas malagradecido. Hasta los futuros grandes escritores necesitan humildad y buen juicio.

–¿Me vas a decir qué quieres o no?

–Lo único que quiero en esta triste vida, mi Chato, es meterme una raya extra large contigo y bailar…

–¿Vas a bailar como Morrissey?

–Más gay. Hasta tengo un pasito nuevo, pero tú tienes que ponerte delante agachadito y en posición de espera.

–Jajaja… Estás más loco que antes, huevón.

–Es para tu sano esparcimiento. Ya te he dicho que te ríes bonito, pero hoy te siento un poquito apagado y…, no sé…, disperso… –Es el Valium.

–¿Estás escribiendo algo ahora, mi Chato?

–No…, no he escrito nada en meses.

–Normal. Tranquilo. Después del exitazo de la última novela es hasta sano… ¿Cómo se llamaba?

–Borges.

–La novela, digo…

–Sí, Borges, la novela se llama Borges

–Manya, qué original… ¿Y cómo se va a llamar la próxima? ¿Arguedas? ¿Cortázar? ¿Cervantes?

–He pensado en ponerle la conchadetumadre, ¿te gusta?

–¡Me encanta!… A la que no creo que le guste mucho es a mi madre.

–En eso tienes razón.

–Y es que ya la conoces, mi Chato, ella siempre está preocupándose mucho. Parece que aún tuviera quince años y siguiera viviendo en su casa. Yo la entiendo. Hoy, por ejemplo, antes de levantarme a las cinco de la mañana para venir a recogerte, me preguntó quién iba a conducir si acaso brindábamos por el reencuentro.

–Puta madre… ¡Lo sabía!

–Ya. Si la conoces pues hace mucho, ¿no?, y ella siempre te…

–No, pendejo, no hablo de tu mamá.

–¿Ah, no?

–No te hagas el huevón, Francisco… Me vas a pedir algo. ¡Sabía que lo ibas a hacer! ¿Qué mierda quieres?… Ni pienses que voy a manejar, ¿eh? Ni cagando… ¿Cómo voy a manejar si estoy drogado?

–Nadie te obliga. ¡Faltaba más, mi Chato! Pero, claro…, habría que considerar dos cosas. En primer lugar que ya tengo tres rayitas pecadoras en la cabeza; y en segundo, que si nos para un tombo no habrá ni coca ni trago ni vaginitas para agasajar a nuestro escritor. De hecho, no habrá ni una puta mierda porque es posible que Francisco y Diego terminen bien presos si la fatalidad les manda a un policía honesto en el Perú… Pero bueno, mi Chato, tú sabrás más que yo si vale la pena arriesgar.

Diego tragó saliva. Lo miró con odio. Hubiera podido decirle tantas cosas, pero sabía que era inútil. El planteo de Francisco para conseguir que maneje había sido brillante y él había caído redondo. Con la cocaína, la adulación exagerada y la promesa de las mujeres y la fiesta interminable, lo había ablandado hasta anularlo. Y aunque el Chato estaba consciente de que todo había sido un hábil juego de palabras, la manipulación de Francisco había sido tan efectiva que manejar ahora ya no le parecía tan descabellado. De hecho, hasta pensó que podía ser una forma de reciprocidad, un gesto amistoso para corresponder el detalle de ir a buscarlo al aeropuerto. Abrió la palma de la mano esperando la llave. Francisco le preguntó si antes de encender el auto no le apetecía meterse un par de rayitas de cortesía. El Chato lo observó con una mezcla de rabia y admiración. Sí quería pero no lo iba a hacer, hijo de la gran puta. Así se lo dijo y los dos se rieron como antes, con el mismo estruendo contagioso de los quince años en el colegio de jesuitas, cuando Francisco llegó a su clase expulsado de tantas otras y se sentó al costado y, luego de mirarlo y sonreírle con simpatía, se tiró un largo y sonoro pedo alzando una nalga y abanicando con sus manos el aire fétido hacia él. Un cague de risa, mi Chato. Los dos terminamos en la secretaría por un pedo, ¿te acuerdas?, dijo él (o dije yo); y tú te orinabas de risa cuando le decía al padre Leonidas que no era justo castigarnos por mis problemas estomacales pues, padre, ni que uno lo hiciera adrede para pasar vergüenza con los nuevos compañeros, sea consciente, si hasta estoy adolorido y arrochado porque no puedo aguantarme, padre, salen solitos y creo que huelen feo.

La salida del aeropuerto tiene ahora un sistema automático de cobro. Ya no hay casetas ni empleados. Una má- quina verifica el pago a través de una tarjeta y agradece al conductor. Del otro lado, en la entrada, el Chato puede distinguir tres líneas deformes de automóviles esperando el control policial y siente la misma añeja familiaridad que le produjo el semáforo a dos luces en la sala de los equipajes. Transpuesta la última barra electrónica, el primer anuncio del delirio automovilístico de Lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una, dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das a la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima.

Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Porque aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre. Si subes a la combi o a la custer ya estás midiendo al cobrador –sus palabras, el tono de su voz, la música que escucha, la forma en que agita las monedas con el puño cerrado cuando cobra, su solidaridad con los que suben a vender o a cantar o a pedir limosna, su educación, su humor, su persistencia, su ira–, y luego ya estás midiendo a los pasajeros –si hay pocos, si tienen buena pinta, si hay ancianas, si hay niños, si todos son hombres, si se miran, si se hacen los locos–, porque así también atracan en las combis de la muerte, uno está cansado, quiere irse a casa y de pronto el chofer tuerce el timón y cambia de ruta y el colectivo se convierte en infierno rodante de pasajeros delincuentes, suelta todo carajo o te mueres, ya perdiste, qué chucha me miras, ¿quieres morirte?, ¡al piso mierda!, vociferan arrebatados, y la flaca que subió contigo teme lo peor mientras le aprietan la vagina, el culo, las tetas, qué ricas las tienes putita de mierda, si estuviera solo te reviento la concha pero tienes suerte, te salvaste que hoy no salí con el taxi que también estás midiendo cuando extiendes la mano en plena avenida, en la Javier Prado, en La Marina, en La Colmena, en Benavides, donde sea, ya se ha dicho: nadie está libre, ¿cuánto hasta Maranga, señor, por Los Próceres?, ¿quince? No sea malo, muy caro, doce. ¿Trece? Ya, pero tú ya lo mediste, desde antes, tienes que hacerlo si quieres librarla, primero una foto con el celular: sonría si quiere, es por mi seguridad, el mensaje es para mi novio o para mi padre, señor, y me siento detrás de su asiento, bajo y subo los pestillos mecánicamente, por si acaso, no vaya a ser que usted lance ese spray que adormece y me lleve a la Costa Verde, y le hablo de cualquier cosa, me hago su amiga y usted responde y yo voy midiendo si estoy a salvo, si voy a llegar a mi casa intacta, si su gentileza es fingida, si usted es realmente un taxista o un choro pervertido, porque en Lima todos pueden ser taxistas, basta un carro y comprar el adhesivo de a sol cincuenta, hay de todos los colores, caserito, verde, amarillo, rosado, celeste, turquesa, fucsia, un poco de presión y saliva contra el parabrisas y, maravilla de las maravillas en la Ciudad de los Reyes, ya tenemos otro taxista.

–Son los peores.

–¿Los taxistas?

–Microbuseros, taxistas, taxicholos, aquí son todos la misma mierda, mi Chato.

–¿Esta huevada es lo que queda del famoso peaje con el que nos metieron la yuca?

–Sí. Esas columnas. Todas las semanas se sacan la mierda dos o tres borrachos.

–Y el tipo ese nunca fue preso, ¿no?… ¿Cómo se llamaba?

–Cury, creo.

–Sí, Cury. Tremendo chorazo. Se mete de alcalde, arregla con la empresa argentina que le pavimenta dos kilómetros a la salida del aeropuerto y le cobran hasta a las moscas, los muy hijos de puta, como si hubieran hecho una Vía Expresa…

–Mejor no hablemos de eso, Chato, me bajas el vacilón… –…se forra de billete. Transa en el Poder Judicial. Lo salvan los apristas. Ahora quiere postular de nuevo… ¡y seguro gana el hijo de puta!…

–Oe, Chato, estás manejando como el culo. ¿Tú estuviste viviendo en Nueva York o en Nueva Delhi?

–No seas malo… Nunca fui a la India… pero vi en internet que allá se mueren como diecisiete cada hora por el tráfico. Y la gente los deja ahí nomás, tirados en la pista.

En Perú, la dictadura no se ha terminado, opina el escritor. Foto: efe

Diego Trelles Paz (Lima, 1977) es licenciado en Cine y Periodismo por la Universidad de Lima y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Texas. Ha ejercido la crítica musical y cinematográfi­ca en distintos medios peruanos, y ha sido profesor de literatura, cine, comunicaciones y estética en la Binghamton University (Nueva York), la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad de Lima. Ha publicado los libros de cuentos Hudson el reden­tor(2001) y Adormecer a los felices (2015), el ensayo Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela poli­cial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño(Premio Nacional de Ensayo Copé 2016) y las novelas El círculo de los escritores asesinos (2005) y Bioy (2012; Premio Francisco Casavella de Novela y finalis­ta del Premio Rómulo Gallegos 2013).

Me interesa ser un escritor que no deja de hablar con su país: Diego Trelles