“Siento que he estado preparándome toda la vida para escribir este libro”, reconocía el autor de La trilogía de Nueva York en una entrevista con el director de cine Wim Wenders. Acogida por los medios como “la mejor novela de Auster” (Harper’s Magazine), estamos ante un ejercicio soberbio de precisión narrativa e imaginación, llamado a coronar la carrera literaria de uno de los grandes escritores de nuestra época.

Ciudad de México, 9 de septiembre (SinEmbargo).-El único hecho inmutable en la vida de Ferguson es que nació el 3 de marzo de 1947 en Newark, Nueva Jersey. A partir de ese momento, varios caminos se abren ante él y le llevarán a vivir cuatro vidas completamente distintas, a crecer y a explorar de formas diferentes el amor, la amistad, la familia, el arte, la política e incluso la muerte, con algunos de los acontecimientos que han marcado la segunda mitad del siglo xx americano como telón de fondo.

¿Y si hubieras actuado de otra forma en un momento crucial de tu vida? 4 3 2 1, la primera novela de Paul Auster después de siete años, es un emotivo retrato de toda una generación, un coming of age universal y una saga familiar que explora de manera deslumbrante los límites del azar y las consecuencias de nuestras decisiones. Porque todo suceso, por irrelevante que parezca, abre unas posibilidades y cierra otras.

Nueva novela de Paul Auster en 7 años, la primera para la editorial Planeta. Foto: Especial

Fragmento del libro 4 3 2 1 (Seix Barral), © 2017, Paul Auster.  © 2017, Benito Gómez Ibáñez, por la traducción. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

1.0

Según la leyenda familiar, el abuelo de Ferguson salió a pie de Minsk, su ciudad natal, con cien rublos cosidos en el forro de la chamarra, y pasando por Varsovia y Berlín viajó en dirección oeste hasta Hamburgo, donde sacó boleto en un buque llamado The Empress of China, que cruzó el Atlántico entre agitadas tormentas invernales y entró en el puerto de Nueva York el primer día del siglo xx. Mientras esperaba la entrevista con un agente de inmigración en la isla de Ellis, entabló conversación con otro judío ruso. Su compatriota le dijo: Olvida el apellido Reznikoff. Aquí no te servirá de mucho. Necesitas un nombre americano para tu nueva vida en América, algo que suene bastante en este país. Como en 1900 el inglés aún era una lengua extraña para él, Isaac Reznikoff pidió una sugerencia a su compatriota, mayor y con más experiencia. Diles que te llamas Rockefeller, le contestó aquel hombre. Con eso no puedes equivocarte. Pasó una hora, luego otra, y cuando el Reznikoff de diecinueve años se sentó para que lo interrogara el agente de inmigración, había olvidado el nombre que su compatriota le había sugerido. ¿Cómo se llama?, preguntó el agente. En su frustración, el cansado inmigrante soltó en yidis: Ikh hob fargessen! (¡Se me ha olvidado!). Y así fue como Isaac Reznikoff empezó su nueva vida en Estados Unidos con el nombre de Ichabod Ferguson.

La pasó mal, sobre todo al principio, pero incluso después de que ya no fuera el principio, nada ocurrió tal como había imaginado que sería en su país de adopción. Cierto que logró encontrar mujer justo después de su vigésimo sexto cumpleaños, y cierto también que su esposa, Fanny, de soltera Grossman, le dio tres hijos sanos y robustos, pero la vida en Norteamérica siguió siendo una lucha para el abuelo de Ferguson desde el día que desembarcó hasta la noche del 7 de marzo de 1923, cuando encontró una temprana e inesperada muerte a los cuarenta y dos años de edad: a tiros en un asalto al almacén de artículos de piel de Chicago en donde estaba empleado como vigilante nocturno.

No se conservan fotografías suyas, pero a decir de todos era un hombre corpulento de recia espalda y manos enormes, inculto, sin calificación, el ingenuo analfabeto por antonomasia. Durante su primera tarde en Nueva York, se encontró con un vendedor ambulante que ofrecía las manzanas más rojas, más redondas y perfectas que había visto en la vida. Incapaz de resistirse, compró una y dio un mordisco con ansia. En vez del sabor dulce que esperaba, notó un gusto amargo y extraño. Aún peor, la manzana estaba asquerosamente blanda, y en cuanto le atravesó la piel con los dientes, se salieron las entrañas de la fruta y se le vertieron por la pechera del abrigo en una líquida rociada de color rojo pálido salpicada de semillas semejantes a perdigones. Ése fue su primer sabor del Nuevo Mundo, su primer encuentro, que jamás olvidaría, con un tomate Jersey.

No un Rockefeller, por tanto, sino un trabajador no calificado de anchos hombros, un gigante hebreo de nombre absurdo y pies inquietos que probó suerte en Manhattan y Brooklyn, en Baltimore y Charleston, en Duluth y Chicago, desempeñando labores varias como cargador, marinero en un petrolero que surcaba los Grandes Lagos, cuidador de animales en un circo ambulante, obrero en la cadena de montaje de una fábrica de latas de conserva, conductor de camiones, peón caminero, vigilante nocturno. Pese a todos sus esfuerzos, nunca llegó a ganar más que monedas, y por consiguiente lo único que el pobre Ike Ferguson legó a su mujer y a sus tres hijos fueron las historias que les había contado sobre las aventuras de trotamundos de su juventud. A la larga, las historias no son probablemente menos valiosas que el dinero, pero a corto plazo tienen marcadas limitaciones.

La empresa de artículos de piel entregó una pequeña suma a su mujer para compensarla por su pérdida, y luego Fanny tomó a los chicos y se marchó de Chicago, trasladándose a Nueva Jersey, a Newark, a invitación de unos parientes de su marido, que le cedieron el departamento de la planta alta de su casa en el Distrito Centro por una simbólica renta mensual. Sus hijos tenían catorce, doce y nueve años de edad. Louis, el mayor, hacía mucho que se había transformado en Lew. Aaron, el mediano, había dado en llamarse Arnold después de una paliza de más en el patio del colegio de Chicago, y a Stanley, el de nueve años, solían llamarlo Sonny. Para llegar a fin de mes, su madre se dedicó a lavar y remendar ropa en casa, pero al poco tiempo los chicos también contribuyeron a la economía doméstica, trabajando en alguna cosa después del colegio, los tres entregando a su madre hasta el último centavo que ganaban. Eran tiempos difíciles, y la amenaza de la miseria invadía las habitaciones del departamento como una niebla densa y oscura. No era posible escapar del miedo, y poco a poco los tres chicos asimilaron las negras conclusiones ontológicas de su madre sobre el sentido de la vida. Trabajar o morir de hambre. Trabajar o consentir que el techo se te cayera encima. Trabajar o morir. Para los Ferguson, no existía el ridículo concepto de “Todos para uno y uno para todos”. En su pequeño mundo, era “Todo para todos…” o nada.

Ferguson aún no había cumplido dos años cuando su abuela murió, lo que suponía que no conservaba recuerdos conscientes de ella, pero según la leyenda familiar Fanny era una mujer imprevisible y difícil, propensa a violentos accesos de gritos y frenéticos arrebatos de llanto, que sacudía con la escoba a sus hijos cada vez que se portaban mal, y que en determinadas tiendas del barrio tenía prohibida la entrada por sus vociferantes regateos sobre los precios. Nadie sabía dónde había nacido, pero los rumores apuntaban a que era huérfana cuando llegó a Nueva York a los catorce años y que había vivido varios años haciendo sombreros en un ático sin ventanas del Lower East Side. El padre de Ferguson, Stanley, rara vez habló de sus padres a su hijo, limitándose a contestar a las preguntas del chico con las respuestas más vagas, breves y cautelosas, y los escasos retazos de información que el joven Ferguson logró recabar sobre sus abuelos paternos procedían casi exclusivamente de su madre, Rose, por mucho la más joven de las tres cuñadas Ferguson de segunda generación, quien a su vez había recibido la mayor parte de la información de Millie, la esposa de Lew, una mujer con tendencia al chismorreo y casada con un hombre menos reservado y más hablador que Stanley o Arnold. Cuando Ferguson tenía dieciocho años, su madre le transmitió una de las historias de Millie, presentándosela como no más que un rumor, una simple conjetura sin fundamento que podría haber sido verdad, pero que también podría no haberlo sido. Según lo que Lew había contado a Millie, o lo que Millie dijo que le había contado, hubo un cuarto vástago Ferguson, una niña nacida tres o cuatro años después de Stanley, cuando la familia estaba instalada en Duluth y Ike buscaba trabajo de marinero en algún buque de los Grandes Lagos, un periodo de meses en que la familia vivió en extrema pobreza y como Ike se encontraba fuera cuando Fanny dio a luz a la niña y como la región era Minnesota y era invierno, un invierno particularmente gélido en un lugar especialmente frío y como la casa en que vivían sólo se calentaba con una estufa de leña y además tenían tan poco dinero en ese tiempo que Fanny y los niños se veían reducidos a consumir una sola comida al día, la idea de criar otro hijo la llenaba de tal pavor que acabó ahogando en la bañera a su hija recién nacida.

Si Stanley contó poco de sus padres a su hijo, tampoco le dijo mucho acerca de sí mismo. Por eso a Ferguson le resultaba difícil formarse una idea clara de cómo había sido su padre de niño, de adolescente, de joven ni de nada hasta que se casó con Rose dos meses después de cumplir los treinta. Por observaciones casuales que alguna vez salían de los labios de su padre, Ferguson logró no obstante deducir lo siguiente: que sus hermanos mayores habían maltratado a Stanley y se habían burlado de él, que como era el más pequeño de los tres y por tanto el que menos tiempo de su infancia había pasado con su padre, fue el que más unido estuvo a Fanny, además de ser un estudiante aplicado y de lejos el mejor atleta de los tres hermanos, que jugó de extremo en el equipo de futbol americano y corrió los cuatrocientos metros de atletismo en pista en el instituto Central High, que su talento para la electrónica lo condujo en el verano de 1932, el año que terminó el instituto, a abrir una pequeña tienda de reparaciones de aparatos de radio (según sus propias palabras, un cuchitril en Academy Street en el centro de Newark, no más grande que un puesto de limpiabotas), que acabó con una herida en el ojo derecho en uno de los arrebatos de su madre con la escoba cuando tenía once años (sufriendo pérdida parcial de visión, con lo que lo declararon inútil para el servicio durante la Segunda Guerra Mundial), que no le gustaba el apodo de Sonny y dejó de utilizarlo en cuanto salió del instituto, que le encantaba ir al baile y jugar al tenis, que nunca dijo una palabra contra sus hermanos por muy estúpida o desdeñosamente que lo trataran, que de pequeño trabajó repartiendo periódicos, que consideró seriamente estudiar Derecho pero abandonó la idea por falta de recursos, que a sus veinte años tenía fama de donjuán y salió con multitud de chicas judías sin intención de casarse con ninguna, que en los años treinta hizo varias excursiones a Cuba cuando La Habana era la capital del pecado del hemisferio occidental, que la mayor ambición de su vida era ser millonario, convertirse en un hombre tan rico como Rockefeller.

Tanto Lew como Arnold se casaron a los veintipocos años, resueltos a abandonar la demencial casa de Fanny lo antes posible, a huir de la vociferante monarca que había imperado sobre los Ferguson desde la muerte de su padre en 1923, pero Stanley, aún adolescente cuando sus hermanos levantaron el campo, no tuvo más remedio que quedarse. Acababa de salir del instituto, al fin y al cabo, pero luego empezaron a pasar los años, uno tras otro sucesivamente hasta llegar a once, y él seguía allí, compartiendo inexplicablemente con Fanny el mismo departamento de la planta alta durante la Depresión y la primera mitad de la guerra, aguantando quizá por inercia o pereza, tal vez motivado por cierto sentido del deber o de culpa hacia su madre o puede que impulsado por todo eso, y así le resultaba imposible imaginarse viviendo en otro sitio. Lew y Arnold engendraron hijos, pero Stanley parecía contentarse con salir con más de una chica a la vez, dedicando la mayor parte de sus energías a agrandar su pequeño negocio, y como no mostraba inclinación alguna al matrimonio, ni siquiera después de cumplir los veinticinco y estar a punto de llegar a los treinta, pocas dudas había de que se quedaría soltero para el resto de su vida. Entonces, en octubre de 1943, menos de una semana después de que el Quinto Ejército Norteamericano arrebatara Nápoles a los alemanes, en medio de aquel prometedor periodo en que la guerra empezaba finalmente a inclinarse a favor de los aliados, Stanley conoció a Rose Adler, de veintiún años, en una cita a ciegas en la ciudad de Nueva York, y el encanto de la larga vida de soltero sufrió una muerte repentina y permanente.

Era tan guapa, la madre de Ferguson, tan atractiva con aquellos ojos entre verdes y grises y el largo cabello castaño, tan espontánea y despierta, de sonrisa tan dispuesta, tan deliciosamente ensamblada a lo largo y a lo ancho del uno sesenta y siete de estatura que había estado de suerte, que al estrechar su mano por primera vez, el distante y normalmente desentendido Stanley, el Stanley de veintinueve años que nunca se había consumido antes en el fuego del amor, creyó que se desintegraba en presencia de Rose, que se quedaba sin aire en los pulmones y jamás sería capaz de volver a respirar.

Ella también era hija de inmigrantes, de padre nacido en Varsovia y madre originaria de Odesa, ambos venidos a Estados Unidos a los tres años de edad. Los Adler constituían por tanto una familia más integrada que los Ferguson, y la voz de los padres de Rose nunca había tenido el menor rastro de acento extranjero. Se habían criado en Detroit y Hudson (Nueva York), y el yidis, el polaco y el ruso de sus padres habían dado paso a un inglés fluido y natural, mientras que el padre de Stanley había luchado por dominar su segunda lengua hasta el día en que murió, e incluso ahora, en 1943, cerca de medio siglo alejada de sus orígenes de Europa del Este, su madre seguía leyendo el Jewish Daily Forward en vez de los periódicos norteamericanos y expresándose en un lenguaje extraño y confuso que sus hijos denominaban yinglés, un dialecto casi incomprensible que mezclaba el yidis con el inglés en casi todas las frases que salían de sus labios. Ésa era la diferencia esencial entre los progenitores de Rose y los de Stanley, pero aún más importante que lo mucho o lo poco que sus padres se habían adaptado a la vida norteamericana, era la cuestión de la suerte. Los padres y abuelos de Rose habían logrado sustraerse a los crudos giros de la fortuna que castigaron a los desventurados Ferguson, y su historia no incluía asesinatos en asaltos a almacenes, ni pobreza hasta el punto del hambre y la desesperación, ni recién nacidos ahogados en la bañera. El abuelo de Detroit había sido sastre, el de Hudson, barbero, y aunque cortar la ropa y cortar el pelo no eran el tipo de trabajos que condujeran a la senda de la riqueza y el éxito en el mundo, procuraban unos ingresos lo bastante fijos para llevar comida a la mesa y poner abrigo sobre los hombros de los hijos.

El padre de Rose, Benjamin, indistintamente conocido como Ben y Benjy, salió de Detroit en 1911 al día siguiente de terminar el instituto y se dirigió a Nueva York, donde un pariente lejano le había encontrado trabajo de empleado en una tienda de confecciones del centro, pero el joven Adler renunció al puesto al cabo de dos semanas, sabiendo que el destino no lo había hecho para desperdiciar su breve tiempo sobre la Tierra vendiendo calcetines y ropa interior masculina, y treinta y dos años más tarde, después de periodos como vendedor de puerta en puerta de productos de limpieza doméstica, distribuidor de discos de gramófono, soldado en la Primera Guerra Mundial, vendedor de coches y copropietario de un negocio de vehículos usados en Brooklyn, ahora se ganaba bien la vida en una agencia inmobiliaria de Manhattan de la que era uno de los tres socios minoritarios, con unos ingresos lo suficientemente abultados para haberse mudado con su familia desde el barrio de Crown Heights de Brooklyn a un edificio nuevo de la calle Cincuenta y ocho Oeste en 1941, seis meses antes de que Estados Unidos entrara en guerra.

Según lo que le habían transmitido a Rose, sus padres se conocieron en una merienda campestre dominical al norte del estado de Nueva York, no lejos de la casa de su madre en Hudson, y al cabo de medio año (noviembre de 1919) se casaron. Tal como Rose confesó más adelante a su hijo, ese matrimonio siempre le había chocado, porque rara vez había visto a dos personas menos compatibles que sus padres, y el hecho de que durase más de cuatro décadas constituía sin duda uno de los grandes misterios en los anales del emparejamiento humano. Benjy Adler era un espabilado y un charlatán, un intrigante, un timador con un centenar de planes en el bolsillo, un individuo aficionado a contar chistes y a sacar provecho que siempre acaparaba el centro de atención, y allí estaba en aquella merienda campestre un domingo por la tarde al norte del estado de Nueva York enamorándose de una mujer tímida y aburrida llamada Emma Bromowitz, una chica de veintitrés años, rotunda, de pechos grandes, cutis muy blanco y pálido coronado por una voluminosa cabellera pelirroja, tan virginal, con tan poca experiencia, tan victoriana en sus afectos que sólo había que mirarla para concluir que sus labios no conocían ni el roce de los labios de un hombre. No tenía sentido que se casaran, todo indicaba que estaban destinados a una vida de conflictos y malentendidos, pero se casaron y aunque a Benjy le resultó difícil seguir siendo fiel a Emma después del nacimiento de sus hijas (Mildred en 1920, Rose en 1922), permaneció apegado a ella en su corazón, y Emma, aunque traicionada una y otra vez, nunca pudo volverse contra él.

Rose adoraba a su hermana mayor, pero no puede decirse que fuera recíproco, porque Mildred, la primogénita, había aceptado de manera natural la divina dádiva de ser la princesa de la casa, y a la pequeña rival que había aparecido en escena habría que enseñarle —una y otra vez si fuera necesario— que sólo había un trono en el departamento de los Adler en Franklin Avenue, un trono y una princesa, y toda tentativa de usurparlo se vería ante una declaración de guerra. Eso no quiere decir que Mildred se mostrara abiertamente hostil hacia Rose, pero sus muestras de afecto se medían a cucharaditas, con una mínima dosis de cordialidad por minuto, hora o mes, y siempre otorgada con un toque de altiva condescendencia, tal como correspondía a una persona de tan majestuosa posición. La fría y circunspecta Mildred; la efusiva y sentimental Rose. Para cuando las niñas cumplieron doce y diez años, ya estaba claro que Mildred poseía una inteligencia excepcional, que su éxito en el colegio no era simplemente el resultado del esfuerzo sino de superiores dotes intelectuales, y aunque Rose era bastante lista y siempre pasaba dignamente al siguiente curso, comparada con su hermana no era más que una segundona. Sin comprender sus motivos, sin caer conscientemente en la cuenta ni formular un plan, Rose dejó poco a poco de competir con Mildred en su propio terreno porque instintivamente sabía que el hecho de emular a su hermana sólo podía acabar en fracaso, y por tanto, si quería encontrar cierta felicidad en la vida tendría que emprender un camino diferente.

Halló la solución en el trabajo, intentando abrirse paso por sí sola, ganando su propio dinero, y en cuanto cumplió catorce años y pasó a tener edad suficiente para solicitar permiso de trabajo, encontró su primer empleo, que rápidamente condujo a otros, y para cuando cumplió los dieciséis trabajaba a jornada completa durante el día y luego asistía a clases nocturnas. Que Mildred se retirase al claustro de su cerebro revestido de libros, que se encaminara tranquilamente a la universidad y leyera hasta el último libro escrito en los últimos dos mil años, pero lo que Rose deseaba, y para lo que Rose estaba hecha, era el mundo real, el movimiento y clamor de las calles de Nueva York, el impulso de defenderse por sí sola y labrarse su propio camino. Como las valientes e ingeniosas heroínas de las películas que veía dos y tres veces por semana, la interminable legión de películas de estudio protagonizadas por Claudette Colbert, Barbara Stanwyck, Ginger Rogers, Joan Blondell, Rosalind Russell y Jean Arthur, asumió el papel de chica resuelta a hacer carrera y lo encarnó como si estuviera viviendo su propia película, La historia de Rose Adler, una película larga, infinitamente compleja que aún se encontraba en su primer rollo pero prometía grandes cosas para los años venideros.

Cuando conoció a Stanley en octubre de 1943 llevaba dos años trabajando con un fotógrafo retratista llamado Emanuel Schneiderman, cuyo estudio estaba situado en la calle Veintisiete Oeste, cerca de la Sexta Avenida. Había empezado como recepcionista, secretaria y contadora, pero cuando el ayudante fotográfico de Schneiderman se incorporó a filas en junio de 1942, Rose lo sustituyó. Con sesenta y tantos años por entonces, el viejo Schneiderman, inmigrante judío alemán que había llegado a Nueva York con su mujer y dos hijos después de la Primera Guerra Mundial, era un individuo temperamental dado a accesos de mal genio y a un lenguaje brusco e insultante, pero con el tiempo fue cobrando a regañadientes cierto afecto a la encantadora Rose, y como se había fijado en la atención que ponía al verlo trabajar desde sus primeros días en el estudio, decidió emplearla como aprendiz-ayudante y le enseñó cuanto sabía de cámaras, iluminación y revelado: todo el arte y oficio de su profesión. Para Rose, que hasta entonces no había sabido realmente hacia dónde se dirigía, que había trabajado en diversas labores de oficina por el salario que le pagaban y nada más, es decir, sin esperanza de alcanzar cierta satisfacción interior, aquello fue como encontrar de pronto una vocación, no simplemente otro empleo, sino una nueva forma de estar en el mundo: observar el rostro de otras personas, más rostros cada día, cada mañana y cada tarde rostros diferentes, todos distintos, y al poco tiempo comprendió que le encantaba aquel trabajo de mirar a los demás y que nunca se cansaría, jamás podría cansarse de él.

Los hermanos de Stanley ya trabajaban con él por entonces, ambos también exentos del servicio militar (pies planos y visión defectuosa), y al cabo de varias reinvenciones y ampliaciones, el pequeño negocio de reparación de radios inaugurado en 1932 creció hasta convertirse en una gran tienda de muebles y electrodomésticos en Springfield Avenue que ofrecía todos los alicientes y trucos comerciales de la época en Estados Unidos: ventas a plazos, ofertas de compre dos y llévese uno gratis, liquidación de existencias dos veces al año, un servicio de asesoramiento a recién casados y descuentos especiales el Día de la Bandera. Arnold fue el primero en irse con él, el hermano mediano, irreflexivo y no muy espabilado, que había perdido varios trabajos de vendedor y estaba pasando apuros para mantener a su mujer, Joan, y a sus tres hijos, y un par de años después Lew volvió al redil, no porque le interesaran en modo alguno los muebles ni los electrodomésticos sino porque Stanley acababa de pagarle las deudas de juego por segunda vez en cinco años, forzándolo a incorporarse al negocio como señal de arrepentimiento y buena fe y con la condición de que, si no mostraba buena disposición, jamás volvería a recibir un centavo de su parte. Así nació la empresa llamada 3 Brothers Home World, dirigida en lo esencial por uno de los hermanos, Stanley, el más joven y ambicioso de los hijos de Fanny, el cual, movido por alguna perversa pero incuestionable convicción de que la lealtad familiar era superior a todas las demás virtudes humanas, decidió llevar la carga de sus dos hermanos fracasados, que le expresaron su gratitud presentándose reiteradamente tarde al trabajo, robando billetes de diez y de veinte de la caja registradora siempre que tenían los bolsillos vacíos, y, en los meses cálidos, largándose a jugar al golf después del almuerzo. Si a Stanley le molestaba ese comportamiento, nunca se lamentó, porque las leyes del universo prohibían quejarse de los propios hermanos, y aunque los beneficios de Home World fueran algo más bajos de lo que habrían sido sin el gasto de los sueldos de Lew y Arnold, el negocio no estaba ni mucho menos en números rojos, y una vez que terminara la guerra al cabo de un par de años, las perspectivas…

Paul Auster: Es escritor, traductor y cineasta. Es autor de los libros Jugada de presión (1982), escrito bajo el pseudónimo Paul Benjamin; La invención de la soledad (1982); La trilogía de Nueva York (1987), compuesta por las novelas Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986); El país de las últimas cosas (1987); El Palacio de la Luna (1989); La música del azar (1990); Pista de despegue (1990); Cuento de Navidad (1990); Leviatán (1992); El cuaderno rojo (1992); Mr. Vértigo (1994); A salto de mata (1997); Tombuctú(1999); Experimentos con la verdad (2000); El libro de las ilusiones (2002); Historia de mi máquina de escribir(2002); La noche del oráculo (2003); Brooklyn Follies (2005); Viajes por el Scriptorium (2006); Un hombre en la oscuridad (2008); Invisible (2009); Sunset Park (2010) y Winter Journal (2012); y de los guiones de las películas Smoke (1995) y Blue in the Face (1995), en cuya dirección colaboró con Wayne Wang, y Lulu on the Bridge (1998) y La vida interior de Martin Frost (2007), que dirigió en solitario. Ha editado el libro de relatos Creía que mi padre era Dios (2001). Y su obra poética ha sido publicada por Seix Barral en el tomo Poesía Completa.