Fue reportero en el diario Público y editor de la revista Magis, del ITESO, universidad en la que también ha dado cursos de Filosofía, Literatura y Creación Literaria. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Fue reportero en el diario Público y editor de la revista Magis, del ITESO, universidad en la que también ha dado cursos de Filosofía, Literatura y Creación Literaria. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

El joven autor nacido en Ciudad de México y residente en Barcelona protagoniza un debut literario más que auspicioso con la novela La caída de Cobra, editada recientemente por Tusquets. No hay lugar para los héroes ni los antihéroes en un país donde la sangre tiene la estricta y doliente dimensión de lo real

Ciudad de México, 12 de junio (SinEmbargo).- Desde que lo condenaron a varios años de prisión, el Cobra ha sido un eficaz sicario a las órdenes de La Bola, la mafia implacable que controla la cárcel: nadie atemoriza mejor a los presos ni cobra las deudas de los morosos o los agravios de los rebeldes con mayor ahínco y creatividad.

Pero Cobra comete un error grave, pierde el apoyo de los jefes, y en cuestión de horas el muy temido golpeador cae cuesta abajo hacia un territorio en donde la única certeza es el peligro de muerte. Mientras la mayoría de los reos se prepara a vengar viejos agravios y humillaciones y los celadores se cruzan de brazos ante el enfrentamiento que viene, el hombre que cobraba las deudas se pone en guardia para la última batalla —aunque nada lo había preparado para la transformación que lo aguarda.

Una primera novela negra sobre las cárceles mexicanas que sorprende por su mezcla de cálculo y nitidez y que representa el debut literario del capitalino José Miguel Tomasena, un hombre que ha ocupado muchos años de su vida para dar a conocer un libro en el que ha volcado sus experiencias como voluntario en las cárceles mexicanas.

Lo importante de La caída de Cobra transcurre por dos vías paralelas y simultáneas: primero, la narración de la vida en la cárcel se hace sin ningún intento de mitificación. No es un cuento alla Tarantino, es la vida en la cárcel: el libro es lo que ofrece, no lo que ilusiona.

Por otro lado, Cobra ni ninguno de los otros actores de la escena carcelaria tienen –cómo decirlo- “virtudes” o encantamientos por los cuales poder construir héroes y antihéroes. Al fin y al cabo, parece decirnos el autor, estos tipos son tan adaptados como cualquiera. Practican una obediencia debida acérrima y ni siquiera pueden pensar mucho por sí mismos: obedecen, acatan, ejecutan.

José Miguel Tomasena (Ciudad de México, 1978) es periodista, narrador y profesor universitario. Su libro de cuentos ¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway? ganó el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2013.

Fue reportero en el diario Público y editor de la revista Magis, del ITESO, universidad en la que también ha dado cursos de Filosofía, Literatura y Creación Literaria.

Me interesaba plantear en el territorio ficticio un tipo que siguiera la moral del grupo sin cuestionarla, dice de Cobra, el protagonista de su novela. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Me interesaba plantear en el territorio ficticio un tipo que siguiera la moral del grupo sin cuestionarla, dice de Cobra, el protagonista de su novela. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

En entrevista con SinEmbargo advierte: “la vida en las cárceles mexicanas no es como las canciones de Los Tigres del Norte”. Razón tiene.

–Novelas carcelarias hay muchas, pero esta tiene la particularidad de que habla de una realidad muy cercana a cualquiera de nosotros

–Sí, es una historia que me vino después de haber trabajado un tiempo en la cárcel, como voluntario. Me di cuenta de que la vida en la prisión constituía un espacio muy fecundo para la literatura. Ahí encuentras todo, economías legales e ilegales, luchas por el poder, conversión religiosa, amor, fanatismo…

–¿La Bola, este sindicato carcelario, existe?

–Sí, desde hace más de 20 años hay informes de organismos de derechos humanos que hablan del autogobierno en las prisiones. En cada una de ellas, claro, funcionará con distintos nombres, pero existen. Son grupos de control interno en las prisiones y es públicamente conocido que mandan

La verdad es que tengo un problema con las series de televisión sobre cárceles, porque después de haber estado un tiempo en las prisiones de verdad, esos programas me parecen muy falsos. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

La verdad es que tengo un problema con las series de televisión sobre cárceles, porque después de haber estado un tiempo en las prisiones de verdad, esos programas me parecen muy falsos. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–¿El sindicato interno proporciona lo que el Estado no puede proporcionar en las cárceles, cierta seguridad, cierto control?

–El Estado se justifica ideológicamente en el concepto de readaptación social, en el sentido de que una persona que comete un delito está fuera de la sociedad. Quizás esa misma idea ha incubado una serie de políticas públicas donde los internos son expulsados de la vida social, una situación que hace florecer otra serie de problemas. Luego está el tema de las familias de los presos; no está tratado específicamente en la novela, pero la vida alrededor de los encarcelados es dramática.

–Hay de todas maneras en tu novela referencias al modo en que las familias de los presos son amenazadas y hostigadas

–Sí, es parte de las cosas que tienen que vivir las familias tanto dentro como fuera de la prisión. Muchos de ellos se quedan sin ingresos económicos, niños que se quedan sin padres, niños que crecen yendo todos los días a visitar a sus padres a la prisión

–Cobra es un tipo absolutamente normal, no tiene ninguna característica atractiva

–Me interesaba plantear en el territorio ficticio un tipo que siguiera la moral del grupo sin cuestionarla. Un tipo que hace esencialmente lo que le dicen que haga, que hace lo que debe y de ese modo contribuye a que las cosas estén en paz y haya cierta estabilidad en la cárcel.

–¿Hay una reacción instintiva o deliberada de resistirte como narrador a la mitificación del delito  los delincuentes tan en boga en nuestro país?`

–No me interesa para nada ese punto de vista, sobre todo porque en los últimos años he estado cerca de las víctimas reales del narco y los conflictos. Y no tiene nada de romántico ni de épico ser narco. Sí es una preocupación que ha sobrevolado la novela La caída de Cobra, que está en lo que escribo actualmente y que seguirá pesando en mis futuros textos. Estos héroes narcos, luchadores, que protagonizan los corridos de Los Tigres del Norte son muy simpáticos, pero son de algo que pasó hace 40 años y que no reflejan lo que sucede hoy en el crimen organizado mexicano.

–La periodista Alma Guillermoprieto ha dicho que tanta mitificación nos hace olvidar a menudo que El Chapo es en realidad un asesino que ha matado a mucha gente

–Efectivamente. Parece un personaje de camiseta y de hecho es un personaje de camiseta, lo cual me parece terrible. En la crónica que publicó Sean Penn, por ejemplo. Sus encuentros, el texto posterior, me desagradan mucho. No me ofende ni me escandaliza que Sean Penn intente reunirse con El Chapo. Como periodista que también soy, si tuviera la oportunidad de entrevistar al Chapo probablemente lo haría. Lo que me preocupa es que no se le hagan las preguntas adecuadas y que ni siquiera en el texto aparezca la reflexión de que es un criminal. No hay una pregunta directa al criminal; claro, hay que tener muchos huevos sentarse con El Chapo y preguntarle ciertas cosas a la cara. Lo cierto es que los periodistas de verdad se la están rifando con los narcos y muriendo como moscas, esa es la realidad, eso es lo que pasa.

–¿Consideras perjudicial para la sociedad eso que se conoce como “narcocultura”?

–Sí, sucede que quiero ir un poco más atrás. Cuando usamos el término narcocultura lo hacemos desde otra cultura, es decir, desde un lugar donde supuestamente estaríamos bien y me parece que la narcocultura es la cultura del capitalismo, no es específica. Lo que un narco desea no es muy distinto a lo que desea un empresario con corbata y traje. Ser muy rico, tener un coche último modelo, ser muy admirado cuando va por la calle y acostarse con cinco mil mujeres. Echarle la piedra a los narcos o a esta idea de narcos que tenemos: gente pobre con sombrero y bigote y del otro lado quedar los ricos y blancos que somos supuestamente buenos, me parece absolutamente hipócrita.

–De todas maneras, La caída de Cobra puede quedar dentro de un contexto conocido como narcocultura o narcoliteratura

–Creo que a lo largo de todo el libro jamás menciono la palabra narco. Puede ser que sí, no lo sé. Hay también excelentes novelas que han tratado el tema, como las que escribe Yuri Herrera, que me parece extraordinaria.

–¿No crees que La caída de Cobra puede convertirse en una serie televisiva?

–Podría ser, pero no me lo he planteado. La verdad es que tengo un problema con las series de televisión sobre cárceles, porque después de haber estado un tiempo en las prisiones de verdad, esos programas me parecen muy falsos. Lo que he intentado trabajar, además, es el lenguaje, que es lo que hacemos los escritores. Me interesa la literatura que trabaje el lenguaje de un modo específico y que al final construya obras que sean imposibles de traducir a otras expresiones artísticas.

–Cuando leí tu novela, sentí que el lenguaje respondía a un ideal de género, ¿es así?

–Deliberadamente no, aunque yo he leído mucha novela negra y supongo que algo se habrá colado, pero la verdad es que al escribirla pensaba más en Dostoievski que en Hammet. Pensaba más en Melville, en Cormack McCarthy, en esos escritores para los cuales el lenguaje bíblico es central. Tiene que ver con el modo en que fui criado, el lenguaje católico que absorbí de niño, una edad en la que leí mucho la Biblia.

–Como sea, las oraciones parecen esculpidas de manera rotunda sobre una piedra y supongo que ese estilo narrativo es deliberado

–Sí, es así. Eso es lo que me llevó ocho años de trabajo. Era una novela que lejos de expandirse, se contraía, se condensaba, porque me interesan la expresividad y la agilidad narrativas. Como editor, además, me cuesta mucho leer y gozar las prosas ampulosas con muchos adjetivos. Supongo que es una limitación que me hace perder cosas maravillosas, pero ya estoy jodido.

–Hay una mirada compasiva y al mismo tiempo suspensión del juicio moral en tu novela. ¿Quisiste eso, que nos conmoviéramos sin juzgar?

–Es lo que buscaba, me interesaba construir un narrador que contara las cosas muy cerca de la conciencia de Cobra y que al mismo tiempo contara las cosas que Cobra no puede ver, es decir, sus puntos ciegos y que sobre esa ambigüedad se construyera lo que el lector pueda interpretar. Sí hay una deliberada intención de mostrar y que sea el lector el que perciba y juzgue lo que sucede. Yo tampoco tengo respuestas para las preguntas profundas que planteo, porque entiendo además que el arte de la novela consiste en plantear ámbitos problemáticos más que en tirar netas. Si se trata de tirar netas mejor hago un tratado moral y ya.

–¿La caída de Cobra es la expresión de un mundo absolutamente masculino?

–Creo que sí. En los últimos borradores caí en la cuenta de que no aparecen mujeres, más que como ausencia y pensé que debía meter una historia de amor, pero lo hubiera echado todo a perder

–¿Crees que esta violencia que vivimos es una expresión de la masculinidad absoluta?

–Por supuesto. Está íntimamente relacionada con el machismo y con una visión del mundo lleno de valores capitalistas y machistas, es decir, acumular dinero, demostrar que eres poderoso, que la tienes más larga, que te acuestas con cinco mil mujeres. Insisto en que esos valores no pertenecen sólo al mundo del narco o el crimen organizado: está en todos lados, está en Wall Street, expresión del mismo machismo.