El grito de guerra de Márquez, más propio de un jaripeo que de una campaña política en un país que enfrenta la más seria crisis de viabilidad del último siglo, pinta de cuerpo entero al cuarto de estrategia del que se ha rodeado el gobernador en los últimos años. Foto: Cuartoscuro

La precampaña de Miguel Márquez para agarrar el último vagón de un PAN que descarrila en búsqueda de la presidencia de la República, tiene muchos defectos, pero el que prevalece sobre todo es el de la precariedad imaginativa.

Ya olvídense de la patética tipografía y la pobreza semántica. El hecho de que el detonador de la campañita sea un expolítico que se alquila lo mismo para hablar bien del presidente más desprestigiado de la historia moderna de México o para impulsar la siembra de mariguana como negocio, es un chiste que se cuenta solo.

Vicente Fox, contratado para soltar el “anímmmate” que luego se pondría en bardas y redes sociales, suena a planeación casera, a solución inhouse, como dicen los anglófilos mercadólogos de por acá .

No dudaría que la campaña haya sido diseñada bajo la inspiración de los vernáculos cielos de los pueblos del Rincón.

Cualquier aprendiz de ventas habría reprobado que después de tener tiempo aire en una televisora nacional, las bardas de posicionamiento aparezcan solo en Guanajuato.

Como la exclusiva, además, le fue dada a empresas periodísticas que no se distinguen por investigar por su cuenta, no resulta extraño pensar que detrás de esta chambona asonada se encuentre el comunicador oficial de Márquez, Enrique Avilés, al que parece darle lo mismo posicionar el festival de las quesadillas que las aspiraciones presidenciales del gobernador.

Lo único que falta para poner el sello de la cama es que algunas sexituiteras se sumen al reclamo de “anímate Miguel”, aunque eso podría dar lugar a interpretaciones más profanas.

De por sí el gobernador de Guanajuato no es muy proclive a exponer ideas, pero llevarlo a este extremo de chabacanería parece algo ideado por sus peores malquerientes.

El grito de guerra de Márquez, más propio de un jaripeo que de una campaña política en un país que enfrenta la más seria crisis de viabilidad del último siglo, pinta de cuerpo entero al cuarto de estrategia del que se ha rodeado el gobernador en los últimos años, donde además de Avilés sienta cabeza el secretario de Turismo Fernando Olivera.

Una cosa es vender rutas del mezcal, chefs inflados y viñedos incipientes. Otra muy distinta construir proyectos políticos.

¿Llegará muy lejos Márquez con esta maniobra? No se ve por donde, por más que lo animmmen, lo que de paso deja en claro que muy entusiasmado, no anda. A sus ideólogos habría que decirles que esta no es la guerra de los pasteles, aunque ese sea su expertís.