La responsable de la defensa de Yakiri Rubio, Ana Katiria Suárez, responde en esta entrevista los pormenores de su caso y cómo las ideas esenciales la llevan a ser una abogada aguerrida. Su libro, En legítima defensa, es un testimonio de cómo Yakiri sale libre por la tenacidad de su abogada y por el coraje de no mantenerse en la cobarde sumisión.

Ciudad de México, 15 de julio (SinEmbargo).- La vida que le tocó a Yakiri Rubio le costó mucho esfuerzo. En diciembre del 2013, la joven fue secuestrada por dos hombres que la condujeron a un hotel para violarla. Después de ultrajarla, uno de ellos intentó asesinarla. Ella mata al agresor en defensa propia y es acusada de homicidio calificado y encarcelada.

Cuando llegó a la cárcel, las presas le propiciaron una golpiza que casi la manda al otro patio. Tuvo que pelear otra vez por su vida.

En este libro, la abogada aguerrida Ana Katiria Suárez (una joven de 35 años, egresada de la Ibero), es la penalista que defendió a Yakiri Rubio: aquí cuenta la estremecedora historia de la joven y su larga lucha por obtener libertad y justicia.

En una carrera contra el tiempo, después de haber tenido acceso a un expediente mutilado, su objetivo desde el primer momento fue demostrar que Yakiri actuó en legítima defensa tras haber sufrido una violación sexual.

“Yo no me callo”, dice Ana Katiria Suárez. Foto: Crisanto Rodríguez, SinEmbargo

“Ella, en un ejercicio de legítima defensa y en una lucha instintiva peleó por su vida y, al verse en la posibilidad de salvarla, apuñaló de muerte a uno de sus agresores, mientras que el otro ya había huido del lugar 30 minutos antes para ‘lavar a una virgencita’. Así comienza el calvario que llevó a Yakiri a pedir ayuda a la autoridad que en todo momento la engañó, humilló y violentó sus derechos humanos. La historia me obligó a confrontar a un sistema enfermo de soberbia, podrido de injusticia, sin claudicar y levantando la voz con la razón; así me enfrenté a quienes cuestionaban el valor que podría tener la palabra de una mujer defendiendo a otra”, dice la profesional.

La lucha de la abogada y la presión de los organismos de derechos humanos y muchos medios periodísticos que se hicieron cargo del caso, además de la lucha de los padres y de la propia Yakiri Rubio, dieron la libertad y la vida a la joven.

Mientras tanto, el violador permanece libre y tranquilo y el Gobierno ha prometido reparación de los daños a la violada, pero el dinero no aparece.

En esta entrevista, Ana Katiria Suárez habla de su labor, de cómo ha defendido a Yakiri Rubio sin costo y de su profunda convicción para dar vuelta esta historia de la justicia, tan misógina y con los ojos cerrados.

Un libro esclarecedor y valiente. Foto. Especial

FRAGMENTO DEL CAPÍTULO “CABEZA DE COCHINO”

“Le conté la historia a Crystal Tovar y le pedí que se sumara a la causa. Me dijo que junto con Silvano Aureoles podía conseguir, como primer paso, una cita con Édgar Elías Azar, el presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal (TSJDF), un hombre que protege a capa y espada a todos sus jueces porque implican su permanencia en el poder.

A este capítulo lo llamo entonces ‘Un muy mal sueño’ o ‘El hombre cabeza de cochino”. Una mañana Édgar Elías Azar me recibió en su gigantesca y lujosa oficina, un penthouse, ubicado justo enfrente del Hemiciclo a Juárez. Tenía una hermosa vista al centro, música clásica, olía a café. Yo estaba esperando a Crystal, pero demoró tanto que tuve que entrar sola. La secretaria de Elías Azar me confundió con ella y yo no la desengañé. Tenía que entrar y aprovechar esta oportunidad. Cuando entré en la oficina, el magistrado estaba con otro hombre. Me presenté:

—Siéntate, abogada —dijo solemne.

Me senté.

—Mira a esta muñequita, para que no digas que no me visitan mujeres bellas —se dirigió Azar a su acompañante.

En ese momento el doctor Azar era un hombre de alrededor de 68 años de edad. Mi vestimenta era lo suficientemente discreta como para no generar ese tipo de comentarios, sin embargo, eso fue lo primero que dijo. Entonces su acompañante se excusó torpemente y se retiró del lugar.

—Pero antes dime —continuó, colocando una de sus manos sobre mis piernas—: ¿qué opinarías de ser la novia del presidente del Tribunal Superior de Justicia?

Se me heló la sangre. Me dieron náuseas. Vengo por un tema de género, ¿y pasa esto, otra vez? Me moví, me puse el expediente encima —siempre el expediente conmigo—, le di una palmadita en el brazo, me lo quité de encima y le dije:

—Ya, magistrado, lo voy a acusar con su esposa. Mejor vamos a hablar de mi niña.

Elías Azar se echó para atrás en su enorme asiento y me dijo:

—Déjame decirte una cosa: tu niña, como dices, es culpable. Y si yo fuera el magistrado de la quinta sala que tiene que resolver, la dejaba refundida en la cárcel para siempre.

Sentí repulsión por ese hombre cuyas expresiones pesadillescas lo hacían ver para mí como un hombre con cabeza de cerdo.”