Soy incapaz de comprender todo el sufrimiento que provoca un ser humano desaparecido. No ayuda la literatura. Tampoco la empatía. Ni siquiera las palabras que podrían brindar consuelo. Foto: Cuartoscuro88

Soy incapaz de imaginar lo que siente alguien a quien le desaparece un ser querido. Esa angustia que nace cuando no llega a la hora habitual; cuando es imposible localizarle con los conocidos, con los amigos; cuando los rumores comienzan a lastrar la esperanza; cuando una sospecha se anida en la primera de las noches insomnes. Es una angustia que tiene su origen en el cariño pero también en las narraciones de las que abrevamos día con día. La ficción nos ha regalado retratos crudos de secuestradores y psicópatas que actúan siguiendo los impulsos de la maldad o de la codicia. La realidad, en cambio, ha teñido de dolor cada una de esas historias que van más allá de la imaginación enfebrecida de los guionistas televisivos.

Soy incapaz de imaginar qué sigue tras esos primeros días sin noticias. Quizá penda una ligera esperanza de recibir una noticia pronto: la del viaje inesperado, la del escape del mundo conocido, la de una aventura insólita. Es una esperanza a la que deben asirse para no caer en la desesperación más absoluta. Aquélla que, de seguro, también atiza el fuego de otra esperanza, mucho más oscura, la de quien espera la llamada exigiendo un rescate o la de que, en cualquier momento, una autoridad llame para desatar el dolor en toda su plenitud.

Soy incapaz de imaginar el resto de la vida para quienes no escuchan esos llamados: los traviesos, los funestos. Vivir todos los días que restan al amparo de una duda, la de la supervivencia de un ser querido, tal vez el más querido de todos, aquél que un buen día simplemente dejó de estar. Y entonces el lamento esporádico se vuelve mantra, forma de vida, los ojos de una madre escrutando cada rostro a su paso a la espera de una buena noticia.

Soy incapaz de imaginar los últimos pensamientos de quien aguardó por años, quien depositó todas y cada una de sus ilusiones en un retorno que sabía improbable pero se es humano. Así que estuvo condenado a la tiranía de la esperanza. Tal vez, sólo tal vez, en ese instante previo al último suspiro, incluso sienta culpa por no haberse podido reencontrar con la persona amada.

Soy incapaz de comprender todo el sufrimiento que provoca un ser humano desaparecido. No ayuda la literatura. Tampoco la empatía. Ni siquiera las palabras que podrían brindar consuelo.

Soy incapaz de acercarme a todo ese dolor y, de pronto, una noticia que ni siquiera se conserva una semana en los periódicos: en Veracruz han hallado más de 250 cadáveres en fosas clandestinas.

Desaparecidos, sin duda. Desaparecidos hacia los cuales se acercan familiares de otros tantos. Quizá con la esperanza de encontrar a los suyos; quizá con la esperanza de no hacerlo. La certeza de la muerte debe ser peor que una vida incierta. Quizá. Sólo quizá. Soy incapaz de comprenderlo.

Y tampoco parece comprenderlo nadie más. Ahora son 250 que se suman a muchos más. Fosas clandestinas por doquier. Es un país que sepulta y desaparece. Un país que no da explicaciones. Varios decires corrieron en torno al asunto: pese al hallazgo de los cuerpos, de los restos humanos acumulados por millares, no se había abierto una averiguación previa, por ejemplo; o el gobierno de Veracruz no tiene presupuesto para hacer las pruebas periciales, para ahondar en el sufrimiento.

Si esto fuera ficción, ya habrían dado con el culpable o, al menos, habrían hecho todo lo posible. También habría explicaciones. Un equipo encargado de investigar el delito. Otro de asegurar que nunca más sucedería algo así. Pero no es ficción. El mal no ha encarnado en una sola persona. Son cientos, quizá miles, aquéllos que tampoco comprenden todo el dolor que causan. No les importa el sufrimiento ajeno. Tampoco, al parecer, a los encargados de evitarlo, de prevenirlo, de castigarlo.

Vivimos en un país que permite que escapen cada tanto presos, que convoca a un concurso para ser fiscal anticorrupción y se presentan candidatos con trabajos plagiados, que gasta una fortuna para las elecciones a gobernador en un estado deshecho por la violencia y la podredumbre… es un país que acumula cada semana el horror que no han visto sufrir otros durante siglos… es aquí donde resulta imposible imaginarnos qué se siente: ser culpable, ser víctima, ser familiar de un desaparecido, ser impune o ser responsable. Es imposible porque la empatía no nos alcanza y, también, porque esto se repite tanto que la comprensión del otro nos haría enloquecer.

Es un país en el que, cada día, nos quitan más razones para vivir con esperanza.