“Todos nacimos con boleto garantizado para un único destino, el de la muerte”. Foto: Adolfo Vladimir, Cuartoscuro

Libremente aceptaron la muerte los dioses,
sacrificándose para que el sol se moviera
y fuera posible así la vida de los hombres
—Poesía náhuatl

Los mexicanos bailamos con la muerte.
Nos la comemos y, con total insolencia, la imitamos. Como si cualquier cosa nos disfrazamos de cadáver, como si la palabra no convocara un significado escalofriante: cara data vermis, carne dada a los gusanos.

Como si cualquier cosa transgredimos el pensamiento europeo de la disyuntiva entre la vida y la muerte, entre la pena y la gloria. Y es que la nuestra es una muerte dinámica, que va y viene, a la que se respeta pero también se le manda a chingar a su madre.

No hay extranjero que no encuentre alucinante nuestro vínculo con la pálida, la huesuda, la calaca flaca.

Por más que las clase media alta y los aristócratas del judeocristianismo insistan en patrocinar la idea de la muerte como la fatalidad eterna, como el sentimiento trágico que anticipa castigo o premio según nos hayamos portado en vida, la mirada prehispánica se impone. Por más dosmileros y posmodernos que nos pretendamos, nuestra relación original con la muerte es poderosísima.

Mi abuela enterró el cordón umbilical de cada niño que trajo al mundo en su labor de partera. “Al momento de nacer, ya hay algo tuyo que está siendo enterrado” me dijo un día.

No deja de ser tremendo asumirlo así, sin cortapisas: todos nacimos con boleto garantizado para un único destino, el de la muerte. Matices aparte, los mexicanos crecemos recibiendo este mensaje porque desde niños comemos calaveras de azúcar y pedimos emocionados que nos maquillen la cara de cadáver, de carne dada a los gusanos.

Aunque en el camino topemos con negocios de fe y búsquedas de alternativas chic, católicas, budistas, dianéticas o cientológicas, el principio del sacrificio está en nosotros. Nos identifica el hecho de vivir con el sentimiento de muerte necesaria, inminente. Así semos, pues. No sé si es mejor ni peor, pero es identitario y a mí me gusta.

Y si hay quienes creen en Dios al que no han visto y en los ángeles o las hadas del bosque y hasta en las sirenas de las costas de Mazatlán, yo creo en la muerte. Tan sólida, tan histórica y científicamente comprobada, tan hija de puta.

Para cerrar me hago la misma pregunta que Salvador Elizondo, ¿qué podemos decir de la muerte aparte de que es el fin natural y más generalizado de los seres vivos?

Y comparto su respuesta que me sabe a movimiento, a danza:

“Redundante serpiente de ideas que se muerde la cola en torno al tronco de la Nada. Amada, horrísona, deseada, puta, madre, tierra, revolucionaria, real, totalitaria, infecciosa, civil, progresista y reaccionaria, artística, literaria, espectacular, la muerte es la expresión última, es decir más alta, de la vida”

@AlmaDeliaMC