La dirigente nacional, Alejandra Barrales, dijo hace unos días que no está cancelada la posibilidad de una unidad de izquierda en la que podría figurar el líder de Morena. Foto: Cuartoscuro.

A alguien con afanes de meter ruido justo en los días en que el Partido de la Revolución Democrática sufre una nueva crisis, o acaso con la mejor intención, se le ocurrió reciclar en las redes sociales una entrevista con Roger Bartra publicada originalmente hace varios meses. Las afirmaciones del prestigiado antropólogo, sociólogo e investigador emérito de la UNAM, hombre de izquierda de toda la vida, volvieron a levantar ámpula y a provocar una polémica entre los que están de acuerdo y los que las rechazan. A mí me llevan a una reflexión seria.

En esa entrevista (para el diario La Crónica), Bartra hace dos afirmaciones que me parecen torales. La primera es que, pese a las encuestas y la euforia de sus seguidores,  Andrés Manuel López Obrador no ganará la elección presidencial de 2018.”Es el más probable perdedor”, dijo textual. La segunda es una clara advertencia: una alianza electoral del PRD con el caudillo de Morena sería “suicida” para el partido del Sol Azteca. Coincido con ambas apreciaciones.

El PRD, independientemente de su actual sacudida a raíz del desmoronamiento de su bancada en el Senado, con la oportunista renuncia de 12 de los 20 legisladores que la integraban, está obviamente disminuido. Sus bonos electorales en el país están caídos, a niveles del siete u ocho por ciento, según diversas encuestas, en contraste con el 15.28 por ciento que alcanzó en 2009. En 2015, con el 10.87 de la votación nacional, perdió frente al naciente Morena gran parte de la Ciudad de México, su bastión.

Pienso que el PRD pagó el costo de su emancipación. Una década completa fue rehén de un cacicazgo radical que le impidió ser el partido de la izquierda mexicana que muchos esperábamos. Creció, pero no enraizó, no cuajó. Era el partido del no, de la intransigencia. Ahora se reduce, se hace pequeño, casi a la mitad de su referencia más cercana. Y hoy paradójicamente puede convertirse por fin en una opción de izquierda moderna capaz de dejar a tras el lastre de un populismo trasnochado que a final de cuentas le impidió ser.

Andrés Manuel le quitó los votos que eran suyos. Y nada más. Se llevó su parte. Inevitable. Algo que los dirigentes de Nueva Izquierda sabían –o debían saber– que iba a ocurrir. Era un riesgo medido. Y optaron por dar el paso de erradicar un tumor que durante años y años nadie se atrevió a tocar. Las cosas se nos olvidan.

Hoy, transcurrido el tiempo, el tabasqueño vuelve a buscar la Presidencia de la República, ahora con su propio partido. Tercera vez. Su liderazgo en diversas encuestas lo engalla, aunque sabe que la lucha es totalmente dispareja porque   hasta ahora es el único candidato que seguramente estará en la boleta y tiene rato en plena campaña. Se solaza ante el desprendimiento de militantes perredistas, incluidos legisladores, que se suman individualmente a su causa.

Y por primera vez se da un coqueteo entre él y la dirigencia del PRD, a la que ha acusado reiteradamente de traición. La dirigente nacional, Alejandra Barrales, dijo hace unos días que no está cancelada la posibilidad de una unidad de izquierda en la que podría figurar el líder de Morena, “siempre y cuando la decisión sea tomada por la mayoría de sus militantes del PRD”. Y el Peje le respondió: “Pues que dé el paso, y deje de estar ayudándole a los de la mafia del poder. El que está a favor de la corrupción no se va a salir del PRD ni del PRI ni del PAN. Los que están por un cambio verdadero, los que piensan en el pueblo, esos van a unirse a Morena”.

Pienso que una alianza del PRD con Morena (que por cierto no ha propuesto AMLO, cuyo afán hasta ahora es la adhesión de cuadros de manera individual)), como lo advirtió Roger Bartra, sería suicida. De entrada, es difícil imaginar las condiciones en que se daría ese pacto, dominado abrumadoramente por el propio Andrés Manuel. Sería más un sometimiento. Una claudicación. Y aun en la eventualidad de un triunfo del pelotero de Macuspana el partido fundado en 1989 por una suma de liderazgos de izquierda se desdibujaría hasta diluirse y desaparecer. En el mejor de los casos sobreviviría como un mero apéndice del movimiento lopezobradorista.

Quedan a los dirigentes perredistas otras dos opciones frente al proceso de 2018. Una es ir con su propio candidato: participación meramente testimonial. El único visible ahora, pequeño todavía, se llama Miguel Ángel Mancera Espinosa. No veo otro. El jefe de Gobierno capitalino aparece en las encuestas con menos del 10 por ciento de la intención del voto. ¿Se puede hablar en serio de Graco o de Silvano?

La otra es el PAN. El propio Roger Bartra ha dicho que una alianza PAN-PRD es una idea “utópica y deseable”, por lo que sería bueno explorar su viabilidad. Fuera de consideraciones ideológicas, una alianza que implique el apoyo perredista al candidato o candidata panista es posible, viable. Para el PAN, el siete u ocho por ciento de votos que pueda aportar el PRD es oro molido: puede significar la diferencia para alcanzar, de nuevo, la Presidencia de la República. De hecho, sus dirigentes han reiterado su interés en ese pacto. Y lo negocian.

Para el PRD el acuerdo puede incluir un programa de gobierno común que incluya sus propuestas y un buen número de candidaturas a diputados en las zonas del  país donde aún tiene presencia. Me parece que una tercera parte de ellas sería posible. El atractivo mayor, alcanzable para los perredistas es sin embargo la posibilidad de formar parte de un co-gobierno, a lo que los panistas estarían dispuestos a cambio de esos puntos porcentuales… La diferencia es ganar o perder. Válgame.

Twitter: @fopinchetti.