La creencia de que “los hechos” hablan por sí mismos y que tienen la última palabra resulta rotundamente falsa, pues “los hechos” tienen, de hecho, múltiples significados dependiendo de los individuos y de las interpretaciones que dominen en los diferentes momentos históricos. Foto: Óscar de la Borbolla.

Para la mirada silvestre, una manzana es una manzana y un hombre es un hombre y una casa, una casa, y con estos significados suele vivirse y se vive sin problemas, quiero decir que uno puede pasar por la existencia con la tranquilidad de no ser encerrado en un manicomio, pues los demás comparten esos significados que parecen afianzarse en la objetividad, en ese terreno contundente al que uno se refiere cuando dice: “¡Estos son los hechos!”

Sin embargo, la creencia de que “los hechos” hablan por sí mismos y que tienen la última palabra resulta rotundamente falsa, pues “los hechos” tienen, de hecho, múltiples significados dependiendo de los individuos y de las interpretaciones que dominen en los diferentes momentos históricos. Así, la inocente manzana, que a simple vista es una mera fruta con sus muy especiales características resulta significada de distinta manera según el individuo del que se trate o de la época y lugar donde se viva. Una manzana no es la misma para quien, por razones económicas, nunca ha podido saborearla que para otro que desde niño se hartó de ella pues se la hicieron comer día y noche. Y tampoco es la misma cuando se la tiene asociada al fruto prohibido en el paraíso judeocristiano que cuando se piensa en ella como la manzana de la discordia en el mundo helénico. Un hombre no es un hombre y ya; depende de los significados de la época: hubo momentos en los que la hombría era un valor altísimo y ahora ser hombre no es algo de lo que uno pueda enorgullecerse; y más claramente ocurre con la casa: refugio y seguridad para quienes tuvieron la suerte de vivir cuidados por el techo familiar, o infierno donde se sufrieron las peores aberraciones precisamente ocasionadas por quienes deberían habernos protegido.

Los hechos se desvanecen como puntos de referencia común y en su lugar emerge una multiplicidad de significados que determina que, en la práctica, cada uno viva en un mundo distinto acompañado por aquellos que comparten una interpretación semejante: subjetividad compartida equivale a objetividad de un grupo. Somos como el rey Midas, todo lo que tocamos lo convertimos en nosotros y, por ello, los hechos sólo son los mismos cuando se comparte la interpretación de esos “hechos”.

No tenemos ante lo real una disposición exenta de valoración (interpretación) por más que en la actividad científica esa sea la meta: “ceder a la cosa la última palabra” decía el credo de la fenomenología, pero hasta las fenomenologías describen las cosas de acuerdo con el fenomenólogo en turno. La lección que esto nos ha dejado es que historizamos el mundo, o dicho de manera más clara, lo que llamamos mundo es la suma de nuestras interpretaciones, de nuestro punto de vista histórico.

¿Será posible asomarnos a lo real sin proyectar sobre “eso” la disgregación a la que nos fuerza el lenguaje que artificialmente introduce distinciones, o sin la estratificación a la que nos condena nuestra tabla personal o social de valores, o sin que pese sobre nuestra visión nuestra particular biografía que ha troquelado nuestros gustos y disgustos? ¿Cómo suprimirnos de la ecuación? Tal vez la clave está en la total indiferencia, en esa actitud desdeñosa de aquel a quien nada importa ni preocupa ni interesa. Pero ¿cómo conocer desde ahí si precisamente para el indiferente no importa el conocimiento?

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