Necesitamos suspender los pagos de la renta. Esto puede parecer extremo, pero la situación es extrema. En la imagen, un desalojo en la colonia Roma el 6 de marzo. Foto: Cuartoscuro.

La crisis mundial de coronavirus está llegando a México. Hasta ahora, las cifras superaron el umbral de los mil casos, pero anticipando la pandemia, muchos empleadores ya han tenido que comenzar los recortes de personal, dejando a mucha gente preguntándose cómo van a hacer para pagar la renta en los meses venideros. Muchos más nos encontraremos pronto en esa posición. Como el impacto del virus en Estados Unidos y Europa lo demuestra, esto se va a poner mucho peor antes de empezar a mejorar. ¿Cómo vamos a proveer para las personas que dependen de nosotres y para nosotres mismes? Podemos comenzar por negarnos a pagar la renta.

El número de casos confirmados al momento se puede ver aquí, pero el número real de infecciones es probablemente mucho más alto, y cientos de personas están potencialmente infectadas en espera de que se les haga la prueba. La propagación de una pandemia es exponencial. Empieza despacio, con un flujo de infecciones de personas que llegan del extranjero. Una vez que el virus comienza a propagarse dentro de una comunidad, el número de infecciones se duplica cada cinco o seis días. Al principio hay una docena, después algunos cientos, después miles, después decenas de miles.

No existe una vacuna para el COVID-19, y la mayoría de les expertes cree que tomará al menos un año para que haya una disponible. Ya que es una enfermedad completamente nueva, nadie tiene inmunidad por infecciones previas. No hay forma de detenerla. Como la Canciller alemana Angela Merkel lo declaró con característica franqueza, es probable que hasta un 70 por ciento de la población sea infectada.

Lo más que podemos hacer es disminuir la tasa de infección, de modo que no nos enfermemos todes en un periodo de tiempo muy corto. De esta manera, los hospitales estarán menos abrumados, y un porcentaje mayor de quienes se enfermen y requieran hospitalización o cuidados intensivos podrán tener acceso a camas de hospital y respiradores. Incluso si el mismo número de personas se contagia, dispersar el contagio a lo largo de varios meses salvará vidas. A esto se le refiere con frecuencia como el “aplanamiento de la curva”.

Aparte de lavarnos las manos o usar desinfectante, la única forma de alentar la propagación es practicando el “distanciamiento social”, un término que abarca una amplia variedad de prácticas, desde las más moderadas hasta las extremas: alentar a quienes han dado positivo o muestran síntomas a ponerse en cuarentena; evitar eventos públicos masivos como festivales; trabajar desde casa cuando sea posible; cancelar cualquier evento de más de cierto número de personas; cancelar fiestas, conferencias o misas (una sola persona, se sospecha, contagió a cientos o miles asistiendo a misas en Corea del Sur); evitar bares y restaurantes; forzar negocios a cerrar temporalmente; incentivar a la gente a quedarse en casa lo más posible; prohibir viajes no esenciales; cancelar negocios no vitales; imponer una cuarentena durante la que nadie pueda salir de sus casas más que para comprar víveres, ir al hospital o la farmacia, o apoyar a una persona enferma o en situación vulnerable. Todas estas medidas se han utilizado ya en diferentes países de Europa.

Desde luego, estas medidas —especialmente las más intensivas— conllevan costos económicos. El costo humano de no tomar medidas significativas sería catastrófico. México no es más inmune al virus que el Reino Unido, pero el millonario Ricardo Salinas Pliego pidió el 25 de marzo que les mexicanes “sigan trabajando” para proteger a la economía ya que el virus “no es de alta letalidad”, haciendo eco a los comentarios del también millonario Donald Trump. No es difícil imaginar que millones de personas muriendo o enfermando gravemente en un corto plazo de tiempo también tendría efectos secundarios lamentables para la economía, por ponerlo con delicadeza. Esto socava la justificación para mantener los negocios abiertos en primer lugar, como tiende a ser consenso entre les economistas. No hay atajos para evitar el distanciamiento social estricto en todo lugar a donde llegue la pandemia. En efecto, a partir del 22 de marzo, la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum ya está cerrando teatros, cines, bares, gimnasios, y prohibiendo eventos de más de 50 personas.

El mercado de valores y el PIB son medidas abstractas. ¿Cómo se verán afectades les trabajadores, las personas? En Estados Unidos, las medidas de cierre generalizado ya han comenzado en muchos estados, cerrando negocios no esenciales y obligando a la gente a quedarse en sus casas. Combinados con el colapso económico en general, estos efectos en el empleo son abrumadores. Una encuesta realizada entre el 18 y el 19 de marzo estima que el 9 por ciento de les trabajadores estadounidenses (14 millones de personas) han perdido sus empleos debido al coronavirus, mientras que a uno de cada cuatro trabajadores se le han reducido sus horas. Hubo 3.3 millones de nuevas solicitudes de beneficios de seguro de desempleo en tan sólo la semana de 14 a 21 de Marzo, casi cinco veces más que el record anterior. Y este número podría aumentar a 5 millones en abril. Las cifras son tan alarmantes que Trump ha pedido a las agencias estatales de desempleo que no divulguen sus conteos, para retrasar la ola de pánico.

Pero Estados Unidos, Dinamarca y los Países Bajos son economías altamente industrializadas, con altas proporciones de trabajadores de cuello blanco capaces de trabajar desde casa si es necesario. Tienen presupuestos mucho más altos para programas de bienestar social, impuestos más altos y mucho más influencia para pedir préstamos para programas de rescate económico que México.

¿Qué va a pasar aquí, entonces? Alsea, el operador local de cadenas de restaurantes como Burger King, Vips y Starbucks, anunció que enviará a les trabajadores a casa sin salario durante al menos un mes. Les trabajadores de restaurantes, bares, entretenimiento, teatros, conciertos y otras industrias “no esenciales” estarán sin trabajo si aún no lo están. Diez de las doce plantas automotrices ya han cerrado parcialmente debido a la falta de demanda internacional y la escasez de piezas. Walmart le está diciendo a sus empacadores de abarrotes que se queden en casa (les ancianos corren el mayor riesgo de contraer coronavirus), privándoles de las propinas que constituyen sus ingresos. El turismo como industria simplemente dejará de existir, junto con los trabajos de cualquier persona que trabaje en este sector. Mientras que algunas recibirán indemnización por despido, muchas más no, porque sus empleadores no cumplirán con la ley, porque sus empleadores retrasarán el pago hasta que se vean obligades a cumplir mediante un litigio, porque el negocio para el que trabajaban cerró y no tiene dinero pagar, o simplemente porque pertenecen al 56 por ciento de les trabajadores mexicanes que trabajan en la economía informal.

A medida que la crisis llega a México con toda su fuerza, cada une de nosotres la vivirá de forma diferente. Algunes tenemos la suerte de poder seguir trabajando desde casa. Algunes trabajan en las llamadas industrias esenciales, como supermercados, farmacias y atención médica, y no perderán sus empleos, aunque estarán (heróicamente) en riesgo de contraer el virus para que el resto de nosotres podamos seguir viviendo. Otres quedan, o quedarán, sin ingresos por los próximos meses, sin que nada de eso sea su culpa. Otres, como les vendedores informales que viven al día, ahora se ven obligades a decidir entre ponerse a sí mismes y a sus familias en riesgo de contraer COVID-19, o no tener suficiente dinero para vivir.

Esta es una decisión que ninguna persona debería verse obligada a tomar. Podemos actuar a través de la ayuda mutua para tratar de asegurarnos de que todes tengamos suficiente para comer, y esperar que el gobierno también haga su parte para alimentar a les más vulnerables. Cualquiera que haya perdido su trabajo debe darse cuenta de que no está sole, que ésta es una crisis general que afecta a millones y que los esfuerzos individuales no necesariamente son suficientes bajo el peso de la pandemia. No puedes salir a encontrar un nuevo trabajo si no los hay o hay muy pocos, y menos aún si no puedes salir de tu casa de forma segura

Pero será imposible financiar colectivamente el dinero que todes necesitamos para pagar el alquiler de nuestres vecines y amigues igualmente vulnerables. Si les propietaries continúan pidiendo la renta como si nada hubiera pasado, un gran número de personas correrán el riesgo de ser desalojadas. Es cruel correr a alguien de su hogar en circunstancias normales, pero es completamente criminal hacerlo durante una pandemia; nadie puede poner en cuarentena a las personas que no tienen un hogar, y todes estamos en riesgo cuando se pone a alguien en tal situación. Por esta razón, territorios como el Reino Unido (con un gobierno de derecha) y varios estados y municipios de Estados Unidos han implementado prohibiciones de emergencia para desalojos y embargos. Chicago planea alojar a las personas en situación de calle en habitaciones de hotel que quedaron vacías por el colapso de la industria de viajes. Algunas personas en Los Ángeles incluso han tomado el asunto en sus propias manos, ocupando casas vacías para que quienes están en situación de calle puedan protegerse del virus.

Pero la protección contra el desalojo o aplazamientos en pagos de créditos no es suficiente, como tampoco son nuevos préstamos (como el Presidente Andrés Manuel López Obrador acaba de proponer). Sería de poca utilidad intentar reiniciar la economía en unos pocos meses (Dios mediante) si un número inconmensurable de familias o pequeñas empresas se enfrentan a la bancarrota o a una deuda impagable por cobros de renta o hipotecas acumulados mientras estaban sin poder obtener ingresos para pagarlas. Las personas o empresas individuales pueden buscar donativos en un intento de recuperar el dinero que necesitan para cubrir su renta. Eso tendría sentido en circunstancias económicas ordinarias, y en algunos casos incluso podría tener éxito, pero obviamente es imposible si todo el mundo lo hace al mismo tiempo. Insistir en que las personas encuentren formas de pagar su renta durante una crisis es un suicidio económico colectivo.

Necesitamos suspender los pagos de la renta. Esto puede parecer extremo, pero la situación es extrema; lo que en circunstancias ordinarias se consideraría radical ya es la situación prevalente. El mandatario Emmanuel Macron ha declarado una suspensión en los pagos de las rentas en Francia, y España lo está considerando. El Salvador ya implementó una suspensión en rentas e hipotecas por 30 días. Publicaciones estadounidenses populares, como el New York Times, están publicando columnas que defienden esta medida. A diferencia de un paquete de estímulos que daría dinero a los hogares, esta medida no requeriría un gasto gubernamental de miles de millones de dólares, lo que puede hacerlo más factible.

Y tiene sentido: el alquiler o el valor de mercado de una casa está determinado principalmente por los servicios urbanos que pone a disposición del residente (parques, transporte, negocios locales como restaurantes, etc.) y los ingresos que se pueden obtener mientras se vive allí. Es por eso que rentar una casa en Polanco puede costar cientos de miles de pesos al mes, mientras que una casa idéntica en la zona rural de Oaxaca costaría muy poco en comparación. Pero si, como nadie podría haber sabido al firmar un contrato de renta el año pasado, una pandemia hace que sea imposible obtener ese ingreso o acceder a esos servicios urbanos, gran parte de lo que se le cobra al inquilino no se proporciona de todos modos. La idea de continuar recolectando rentas es particularmente desagradable si se considera a esta actividad como industria: innumerables industrias deben cerrar y dejar de generar ingresos porque no son esenciales durante una emergencia nacional. ¿Pero es la industria del cobro de rentas a inquilinos y pequeñas empresas esencial? ¿Debería la carga de una calamidad económica mundial recaer en las personas con menos capacidad de pagar o en aquéllas que, siendo propietarias, han acumulado por definición una riqueza más allá de la que necesitan de forma inmediata?

Con suerte, México verá una suspensión a los pagos de renta. Pero si el gobierno no interviene, debemos estar dispuestes a actuar de manera independiente. Si tu arrendador te exige la renta aunque tu empleo haya sido terminado a causa de la crisis, te está exigiendo algo imposible. Si has dejado o puedes dejar de hacer trabajos que te ponen en riesgo de exposición al coronavirus y tu casere te exige el pago de la renta, te está exigiendo que pongas a tu familia, tus vecines, y a ti misme en peligro. Básicamente, nos está poniendo a todes en riesgo.

Podemos negarnos a pagar. Podemos hablar con nuestres vecines y exigir una suspensión de la renta o la renegociación de los términos del contrato. Podemos convocar a una huelga de alquiler. Las circunstancias, por terribles que sean, también nos dan ventaja. ¿Quién nos desalojará en medio de una pandemia? ¿Quién creen que se mudará a nuestros departamentos para reemplazarnos en medio de una cuarentena? ¿Cómo creen que serán los precios de las rentas al otro lado del colapso catastrófico del mercado? ¿Cuántos departamentos se quedarán vacíos en los próximos meses en colonias como la Condesa y la Roma porque se han convertido en AirBnBs para turistas que no quieren ni pueden venir?

–Este texto fue traducido por Mariana Roa Oliva.