Imagen de la primera clínica provisional para atender casos de coronavirus en Chiapas. Foto: Isabel Mateos, Cuartoscuro.

Vivimos tiempos difíciles, quizá como nunca antes en nuestras vidas. Es extraño escribir una frase como esta, porque por primera vez, probablemente, el mundo todo atraviesa por una circunstancia similar: una amenaza a la vida humana que no distingue entre culturas, razas, nacionalidades. Un enemigo invisible y ubicuo nos tiene atrincherados en nuestras casas o cercados por su fatalidad en las calles, incapaces de defendernos: sin vacunas y sin medicinas para un enemigo microscópico capaz de usarnos como huésped, multiplicarse en nosotros hasta enfermarnos o acabar con nuestra vida.

Mirando por la ventana, y ya casi a punto de cumplir tres semanas de encierro auto impuesto, no dejo de pensar que nunca habíamos experimentado un miedo a la muerte tan acuciante y generalizado. El estado de incertidumbre y zozobra se filtra por nuestros pensamientos y nuestros sueños. Yo, por ejemplo, sueño todas las noches con la epidemia: sueño que voy a algún lugar con mascarilla, siempre con mascarilla. Y luego, cuando despierto, veo en las noticias que todavía hay gente en las calles, en las playas, totalmente inconsciente del peligro al que se exponen y exponen a otros, u hombres que responden como los educaron: con bravuconerías machistas, muy mexicanas “a mí me hace los mandados el virusito ese, ni existe”. “¿A ver, quién de ustedes conoce a alguien enfermo?, ¿nadie, verdad? A nosotros no nos pasa”.

En mi casa, sin embargo, pasan cosas diferentes. Mis manos, por ejemplo. Las miro todas las noches cuando les pongo remedios para combatir lo que ya se ha establecido como una reacción alérgica a los jabones y a los químicos con los que nuestra vida se ha mezclado irremediablemente: el cloro que antes no solíamos usar con tanta frecuencia, el alcohol, los jabones líquidos, los detergentes. Miro el dorso de mi mano con extrañeza, con una resignación que pareciera casi natural y que antes me hubiera llevado corriendo al médico: no se irá el sarpullido porque no puedo dejar descansar a mi piel: hay que lavar, desinfectar, lavarse las manos una y otra vez. Los guantes ayudan poco. Lentamente, conforme pasan los días, empiezo a tener conciencia de que muy probablemente nuestra vida no vuelva a ser como era antes de ese fatídico día cuando, al otro lado del mundo, en China, una persona, tras entrar a un mercado, se contagió de un coronavirus que jamás había infectado a los seres humanos. Comienzo a entender que la epidemia no se resolverá en un mes, ni en tres, como sucedió en China, ni tendremos las ventajas de los países asiáticos que pudieron protegerse a tiempo, como Corea, Honk Kong o Singapur, capaces de mantener cierta normalidad cotidiana. Que muy probablemente, nuestros hábitos, nuestras rutinas, nuestra cotidianeidad, no regrese en mucho tiempo y que cuando lo haga, muy probablemente, el mundo tal cual lo conocíamos haya cambiado, irremediablemente. Mientras no exista una vacuna efectiva y que pueda producirse a nivel masivo, o no se encuentre un medicamento eficaz para tratar la enfermedad, el encierro luce como inevitable para conservar la salud y la vida de los mayores o las personas vulnerables, que no son otras que nuestras familias: nuestros padres, nuestros tíos, nuestros hermanos, nosotros mismos. Y aunque algunos hayamos leído y nos hayamos informado obsesivamente desde enero y hayamos tomado provisiones anticipadamente, no dejo de pensar que para las emergencias inéditas uno nunca puede estar del todo preparado: no importa cuánto nos cuidemos individualmente si los otros no se cuidan. No vivimos aislados y es prácticamente imposible aislarse del todo, aunque nos encerremos en nuestras casas. Nuestra vida depende, en muy buena medida, de otros, pero especialmente de quienes ejercen el poder, toman decisiones cruciales. Los que decidieron la estrategia para lidiar con la mayor amenaza de salud pública que hayamos atravesado. Sus decisiones determinarán el futuro de millones de personas que vivimos en grandes centros urbanos, irremediablemente rodeados de personas.

Mientras cae la tarde, y termino esta columna, miro por la ventana: es mucho más silenciosa pero idéntica a otras tardes, la luz poco a poco se extingue, mientras los pájaros vuelan, el árbol permanece inamovible, la jacaranda no ha dejado de florear. Pienso, con una mezcla de alivio y desasosiego, que somos nosotros los que hemos cambiado, aquejados íntimamente por el miedo a la muerte, el miedo más humano de todos. Mientras pasan los días, enrollamos en nuestros sueños nuestras preocupaciones, ¿de qué viviremos mañana?, ¿conservaremos nuestros trabajos?, ¿cuándo volveremos a ver a nuestros seres queridos?, ¿cuándo se curarán nuestras manos?

Sí, atravesamos tiempos difíciles, y tendremos que aprender a repensar nuestras vidas a partir de ellos, trenzar como nunca las redes de solidaridad que nos sostienen como individuos, como familia, como país, como seres humanos. No nos queda más que cuidarnos, para cuidar a otros: quedarnos en casa, sumarnos a las redes de ayuda de los más necesitados, afrontar la incertidumbre, seguirnos lavando las manos. Esperar a que estos días pasen, darnos tiempo de mirar por la ventana, observar cómo, a pesar de todas las catástrofes, las flores siguen allí, bailando en el viento.