La página de un libro.

“Hay un par de verdades irrefutables en torno a éste: a los libros alguien los escribe y a los libros alguien los produce”. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro

La semana pasada se celebró el Día Internacional del Libro y de los Derechos de autor. Existen varias celebraciones en torno a ello y rituales que resultan por demás atractivos. La fiesta del libro y de la rosa es, quizá, el que más cerca nos queda y, sin duda, nos pone de buen humor. Celebrar al libro como cimiento de la lectura siempre tiene algo de positivo. Quienes hemos dedicado nuestra vida a oficios afines al literario, creemos que leer bien podría hacer la diferencia. Aunque también podemos estar equivocados.

Hoy me quiero centrar en el libro, ese instrumento maravilloso que nos ha sabido llevar de un mundo a otro a lo largo de, al menos, varias decenas de siglos. Hay un par de verdades irrefutables en torno a éste: a los libros alguien los escribe y a los libros alguien los produce. Y es ahí donde comienza una discusión que se ha vuelto peligrosa.

Desde hace varias décadas existen los libros piratas. Hace algunos años, afuera de algunas ferias del libro había puestos ambulantes donde se ofrecían ediciones piratas de los mismos. La oferta era doble: el contenido es idéntico, el precio más bajo. Esto era posible dado que, en algún momento, alguien robaba los originales e imprimía. Quizá la calidad fuera menor (a veces podía ser, incluso, superior) pero el contenido era el mismo. El precio no se reducía demasiado pues el papel cuesta, lo mismo que la tinta y los procesos de hechura. Bajaba porque se ahorraban todos los gastos administrativos que pagan las editoriales y las regalías al autor. Estaba mal, sin duda. El daño, empero, no era inmenso, pues estos productos pirata no tenían demasiados compradores.

Esto ha cambiado radicalmente en los últimos años. El culpable, el pdf.

Bajo la premisa de que la cultura debe ser para todos, hay colectivos que se dedican a escanear libros y a transformarlos en pdf que distribuyen de forma gratuita. El escaneo es, sorprendentemente, profesional. Existen unos bastidores que permiten sacar imágenes muy precisas de los ejemplares. La distribución, más tarde, se hace de forma masiva. No exagero al asegurar que existen páginas de distribución de libros gratuitos que presumen decenas de millones de descargas.

Decenas de millones de descargas gratuitas.

Al margen de la compleja discusión en torno al derecho a la cultura lo cierto es que ésta no es gratuita. De nuevo las dos verdades del inicio: alguien escribió el libro y alguien produjo el libro. El primero es el autor quien gana poco dinero por la venta de sus libros pero gana algo. Esa ganancia la pierde en cuanto su libro es regalado. El segundo es la editorial. Chica, mediana, grande o trasnacional, invirtió en anticipos, edición, gastos administrativos, producción, almacenaje, distribución, renta de oficinas y otros. Sus empleados cobran y se les paga, básicamente, a partir de las ventas que consigue. No es una ecuación tan compleja.

De nuevo, la discusión está sobre la mesa y se puede llevar a cabo tanto como sea necesario. Sin embargo, en la medida en la que esta práctica continúe terminarán pasando dos cosas. La primera podría resultar trivial. Si a las editoriales no les conviene el negocio, terminarán quebrando. Sus empleados deberán conseguir otro trabajo y ya. Eso sí, esos libros ya no se producirán. No de forma profesional. Habrá quien opte por la autoedición pero ya sabemos cómo se publican la mayoría de esos libros. La segunda es más grave: salvo esos escritores idealistas que están dispuestos a regalar su trabajo, el resto bien quisiera vivir de su escritura. Tal vez muchos sigan escribiendo pues es lo que les gusta. Es de dudar que sigan publicando. Así que los pdf vienen siendo para el libro grandes depredadores. Felices porque han conseguido que más gente lea (y eso no está probado) devastarán al ecosistema.

Poco habrá que celebrar en unos años si el pdf gratuito consigue desplazar al libro con un costo.