Queda, entonces, seguir esperando. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

Les pedí a algunos de mis alumnos que escribieran cómo se imaginan el final del confinamiento. Las restricciones eran pocas. Si acaso, que no se dejaran llevar por la fantasía desbordada e intentaran anticipar futuros probables a partir de argumentos en los que consideraran la mayor cantidad de factores posibles. Deseché a la imaginación en bruto porque el objetivo del ejercicio no era jugar con la idea de un apocalipsis zombie o con la de una distopía en que las calles se convertirían en la nueva arena de combate para gladiadores desesperados.

Debo confesar que la diversidad de respuestas me sorprendió un poco. Sobre todo, porque hay quienes, a la fecha, consideran a un grupo de estudiantes de una universidad privada como un conjunto homogéneo. No lo es, aunque es probable que tengan más cosas en común que si se les compara con otros grupos poblacionales. Lo cierto, entonces, es que tienen formas muy diferentes de percibir la realidad y, sobre todo, lo que desconocemos de ella.

En uno de los extremos de las respuestas, estaban los catastrofistas. Hablaban de meses, cuando no de años. Mencionaban el caos que habrá en la economía y las finanzas. Lo difícil que será recuperar los años perdidos. Para ellos, el final no llegaría en unas cuantas semanas. Si acaso, una breve tregua que apenas nos daría respiro para las siguientes oleadas de la pandemia. Mientras no haya vacuna, aseguraron, no habrá forma de que esto se normalice. Y la normalidad será, en todo caso, un nuevo concepto que habrá que aprender.

Del lado opuesto estaban los entusiastas. No sólo estaban seguros de que ya estamos a unos cuantos días de la liberación de confinamiento. Iban más lejos. Intentaban convencer de que esta prueba por la que ha pasado la humanidad es para bien, pues hemos aprendido a vivir sin cosas que antes considerábamos indispensables. No se detenían demasiado a analizar su condición de privilegio sino que se ocupaban de ver la nueva oportunidad que se nos presentaría a todos, insisto, en unos cuantos días; semanas, tal vez.

Siguiendo con las dicotomías, los prudentes aseguraron que el paso iba a ser gradual, que poco a poco nos iríamos integrando a nuestras actividades cotidianas. En contraparte, algún irresponsable aseguró que en cuanto levantaren la cuarentena (antes, pues él se rige bajo los permisos de sus padres), se irá a beber con sus amigos, no sin antes pasar a un restaurante y a comprar ropa pues ha cambiado su talla en estos días. Es decir, se aventará al río revuelto sin saber si hay corrientes o animales peligrosos.

En medio de otras tantas oscilaciones pendulares, están los románticos urgidos de ver a sus respectivas parejas (otros no han dejado de hacerlo, consideran que son salidas seguras); los que darían cualquier cosa para que reabran las ligas deportivas profesionales; otros más que extrañan sus multitudinarias comidas familiares y, también, es necesario decirlo, quienes se sienten muy a gusto con la situación actual.

Sobra decir que las especulaciones de mis alumnos son sólo eso: ejercicios de imaginería con mayor o menor prudencia, desde una perspectiva muy individualista o más comunitaria. No hay mayor riesgo en sus decires y tampoco mucha responsabilidad. Si algo tienen en común es la idea de la incertidumbre, más si ponderamos todas sus respuestas. No sabemos cuándo va a acabar y, mucho menos, cómo. No lo saben ellos ni yo con ellos. Supongo que tampoco lo saben los expertos (es difícil serlo en una materia desconocida). Queda, entonces, seguir esperando. Más allá de una evaluación de la conveniencia (la pandemia le vino mal al mundo al margen de algunas personas aisladas), no hay duda de que el final de ésta apunta a ser, al menos, interesante. Y ya que la imaginación permite incluir nuestros deseos: ojalá que esta pandemia no sea tan devastadora como podría serlo en su grado máximo.