Formada para un mercado poco atendido, la editorial independiente cumplió una década. Su impronta es un catálogo de autores poco conocidos en México, pero imprescindibles. Distribución en Latinoamérica y una filial en España son sus logros

“Aprendimos con el paso del tiempo que la parte comercial era casi tan importante como la parte editorial para que el proyecto pueda ser sustentable, pero lo que nunca hemos hecho, incluso porque comercialmente ahora sería una mala idea, es traicionar nuestra línea editorial por fines comerciales”.

Mientras dice estas palabras, Diego Rabasa, joven editor y periodista cultural que ahora es la cabeza más visible de la editorial Sexto Piso, juega con los dedos en una pequeña mesa situada afuera del restaurante Angus del hotel Hilton, en la ciudad de Guadalajara. Es el último medio día de noviembre; con ese sol aplastante que es característico del invierno en esta ciudad, colándose por los amplios ventanales del lobby. Muy pronto en el área en la que esta reportera conversa con Rabasa será muy incómodo permanecer sin gafas oscuras.

Después de una breve pausa, continúa con el argumento de que el éxito relativo de Sexto Piso en la edición en español tiene mucho que ver con “la complicidad que se ha trazado con un cierto tipo de lectores”.

Rabasa tiene razón en este punto: con 10 años de existencia, distribución en gran parte de América Latina, una filial en España, el Premio Internacional Young Publisher of the year en 2004, y títulos de autores como Roberto Calasso, Daniel Paul Shreber, Liao Yiwu, Allen Ginsberg, Karl Marx, Lewis Carroll, Goran Petrovic, Franz Kafka, Francisco Goldman, Luigi Amara, Etgar Keret y Jon Lee Anderson, entre otros, la editorial independiente fundada en México por un grupo de alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha logrado colocar un catálogo que es reconocido con facilidad por lectores y otros editores en todas las ferias del libro a las que asiste, y en donde no pocos escritores quisieran verse publicados.

Además de Diego, Eduardo Rabasa, Rafael López y Francisco de la Mora y su maestro de Filosofía Política, Luis Alberto Ayala Blanco forjaron este esfuerzo.

Arriesgarse a publicar autores poco conocidos en México, pero de calidad, fue, dice Diego Rabasa, el primer y el principal activo de Sexto Piso. “Le dio identidad al catálogo y con ello la posibilidad de hacer propuestas al lector. Sé que puede no sonarles el nombre Kevin Powers, por ejemplo, que es un narrador norteamericano cuya primer novela vamos a publicar el año que entra, pero si te gusta lo que hemos hecho antes, ten la seguridad de que este libro puede dialogar perfectamente con cualquier título del catálogo. Esta confianza es imprescindible para que la gente vea un libro de Kevin Powers en la mesa de novedades, y ante la enorme competencia que tiene, diga: “Yo tengo una buena conexión con el gusto literario de Sexto Piso, entonces sé que esto tiene que estar en sintonía con lo demás”. Ese diálogo entre los títulos de un catálogo es lo más importante. No puede haber, en ningún momento, un título disonante con el resto del fondo editorial que tienes, y eso no solamente lo digo desde la perspectiva ideológica, sino también desde la perspectiva comercial”.

Y concluye, con determinación: “Nos gusta vender libros, pero nunca hemos publicado un libro que no nos guste porque pensemos que se va a vender bien”.

Pero hay quien no está completamente de acuerdo con esta afirmación: Luis Alberto Ayala Blanco, uno de los fundadores de Sexto Piso, quien dejó de pertenecer a esta editorial hace algunos años.

LAS RAZONES DE AYALA BLANCO

No es fácil encontrar al escritor y editor Luis Alberto Ayala Blanco: no usa celular, no trabaja en un lugar fijo (además de su casa) ni tiene perfil en Facebook.

Después de ser, durante cinco años, editor de La Gaceta en el Fondo de Cultura Económica, y de diseñar las aplicaciones para iPad de los poemas Blanco, de Octavio Paz y Muerte sin fin, de José Gorostiza, así como de Visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes, todas con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), en pleno cambio de sexenio la única opción para seguir su rastro era contactar a la gente de la editorial Taller Ditoria, con quienes publicó 99 y Eterno retorno.

Y así fue. Gracias a la intervención de Roberto Rébora, el misterio de Ayala Blanco (o por lo menos parte de él) se develó por medio de una dirección de correo electrónico.

La voz de Ayala Blanco suena amable y despierta por la línea telefónica. Aceptó de buen grado hablar sobre los orígenes de Sexto Piso y sus primeros años, cuando según sus propias palabras, él y Eduardo Rabasa (hermano de Diego) estaban al frente de la editorial.

Antes de hablar de la línea editorial de Sexto Piso al día de hoy, es necesario hacer un poco de historia. ¿Fue tan importante la participación de Ayala Blanco y su amistad con el escritor y editor italiano Roberto Calasso para echarla a andar en 2002?

“En realidad, Sexto Piso inició porque yo fui profesor de la UNAM en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, daba Filosofía Política y una vez tuve una generación que fueron justo los chavos que hicieron Sexto Piso conmigo. Eran Eduardo Rabasa, Rafael López Girán, y un chavo de la Ibero que era Francisco de la Mora. Y un día me dijeron que por qué no hacíamos una editorial para publicar las cosas que les enseñaba, que eran medio raras. Y lo decidimos hacer así”.

Ayala Blanco conocía a Roberto Calasso porque en 1995 hizo su tesis de maestría sobre su obra. El contacto se estableció por medio de cartas, y así empezó lo que podría calificarse como una amistad.

“Cuando yo hice mi tesis de maestría él me envió un paquete con muchas cosas. Dentro de ese paquete había un texto inédito que se llama La locura que viene de las ninfas, y ese, curiosamente, lo mandé traducir y lo publiqué en la revista de la Facultad que se llama Estudios Políticos, por ahí del 96. Ya después, cuando hice Sexto Piso, pensé en que él me ayudara, y fue cuando se pensó en una editorial muy específica, digamos, con un criterio editorial muy claro, muy estricto en cierto sentido, y las cosas que a mí me gustaban. Y esto fue mucho de lo que yo había aprendido de Calasso”.

Luis Alberto Ayala Blanco sabía que Jorge Herralde, fundador y director editorial de Anagrama, que publicaba a Calasso en español, no había sacado todavía El loco impuro, su primer novela.

“Entonces le dije:  si no la va a publicar Herralde, ¿me la das a mí?”, y me contestó  que le preguntó a Herralde, y que sí nos las daba a nosotros.

Entonces primero publicamos El loco impuro y también a mí se me había ocurrido publicar  las Memorias de un enfermo de nervios, de Daniel Paul Shreber, con un prólogo de Roberto Calasso, y El único y su propiedad de Máximo Stirner, también con un prólogo de él, y eso fue lo primero que me dio”.

Con estos títulos ya publicados en México por Sexto Piso, Ayala Blanco viajó a Italia para proponerle a Calasso una nueva edición. “Fue en el 2003, creo. Ahí lo que se me ocurrió fue decirle que por qué no hacíamos un libro del ensayo que me había dado inédito, La locura que viene de las ninfas, y a partir de ahí yo le propuse una serie de ensayos, y él me propuso otros, y así surgió ese libro que lo que sí se vio muy buena onda es que salió primero en México. Digamos que él lo publicó en Italia, pero la primicia fue aquí”.

Una editorial mexicana que no publicaba autores de esta tierra. Hoy, Sexto Piso tiene en su catálogo obras de autores como Luigi Amara, Yuri Herrera, Mario Bellatin, Carmen Boullosa, Valeria Luiselli, Cristopher Domínguez Michael, Bernardo Fernández Bef, Carlos Velázquez y Margo Glantz, pero en sus inicios era casi una herejía pensar que la editorial del hombrecito saltando por la ventana de un edificio publicara a un escritor mexicano.

Parece que la siguiente pregunta no le gusta mucho a Ayala Blanco: ¿Por qué en su época no había autores mexicanos en el catálogo? Sin embargo, responde con rapidez, sin que se note un acento de molestia en el tono de su voz.

“Siempre se planteó que yo no quería publicar mexicanos, pero lo que yo decía es que sí publicaba mexicanos siempre y cuando considerara que lo que me dieran fuera algo muy bueno. Generalmente no me llegó nada así durante mucho tiempo, pero sí publiqué por ejemplo a Sergio González Rodríguez. Él es un gran amigo y lo considero un gran escritor. El libro que publicó con nosotros lo hizo exclusivamente para Sexto Piso, De sangre y de sol. Como que se hizo una idea de que yo no quería publicar mexicanos pero yo lo que decía era, a ver, si me llega un texto de… ¿Quién quieres?, ¿quién te gusta?, de Monsiváis, prefiero publicar a Nietzsche”.

Pero el hecho de que ahora sí haya una cantidad importante de autores mexicanos en el catálogo no es lo único que ya no le gusta a uno de los fundadores de esta editorial. “Yo creo que la línea editorial sí cambió un poco. Lo que pasa es que la línea sí la impuse yo, digamos, pero ¿qué se pretendía hacer?… Pensé que en México no había ninguna editorial del corte de Siruela, Anagrama, Acantilado, y yo decía: “México necesita algo así”, y se pensó en una editorial pequeña, con un gusto si lo quieres llamar muy exquisito o muy peculiar, que finalmente era lo que a mí me gustaba, y un poco también esa fue la idea porque Calasso, como tú sabes es el director de Adelphi, y es también un tipo que publica lo que él considera puras cosas buenas. Ese tipo de editoriales en México se piensa que no funcionan porque los editores en este país creen que hay que publicar cosas comerciales para poder sacar una o dos cosas que te gusten. Y lo que yo pensé fue: vamos a hacer una editorial si quieres tú pensando en un nicho de mercado muy pequeño, pero que nadie lo cubría en México. Esa fue la estrategia y se hizo muy bien”.

Sexto Piso comenzó publicando títulos de Filosofía y Literatura, y lo que Ayala Blanco llamaba “una especie de rescate de los clásicos, o sea, muchos autores que en México parecía que nadie conocía pero que desde mi perspectiva eran clásicos y que aquí parecían como alternativos”.

Hoy en día, en la página web de Sexto Piso, en el apartado en el que se describe su política editorial, todavía puede leerse eso que Luis Alberto Ayala Blanco define en entrevista para Sin Embargo MX como el espíritu de la editorial:

“El concepto era que la editorial fuera como una novela y que cada libro fuera un capítulo. Y esa es una idea que también tengo de mercadotecnia. Funciona porque, le guste o no a la gente, tú estás publicando una serie de libros con cierta calidad, que te pueden gustar o no, pero que sabes que es una cuestión de sello”.

Luego de una breve pausa, en la que deja escapar un suspiro casi imperceptible, el editor y escritor dice que cuando se salió “ellos abrieron mucho más esa línea editorial, y claro que está bien que estén publicando otro tipo de cosas, que yo probablemente jamás hubiera publicado, eso es cierto”.

A la pregunta de si se retiró de la editorial porque quería emprender nuevos proyectos, Ayala Blanco responde con un suspiro más largo y una breve risilla nerviosa:

“No, y ahí sí la salida es algo de lo que no se puede hablar porque sí fueron cuestiones un poco complicadas”.

Hace otra pausa, un poco más larga que la anterior. Luego agrega:

“Hubo un momento en que hubo una especie de cisma en Sexto Piso. En realidad yo era un director y Eduardo Rabasa era el otro. Éramos los dos los que dirigíamos la editorial. De alguna forma si yo me salía se deshacía Sexto Piso, si se salía Eduardo también se deshacía. Cuando yo decidí salirme fue por una cuestión, te digo, de la cual no se puede hablar que tiene que ver con Sexto Piso España y una serie de otras cosas, que ahí sí, perdón…

Pero cuando tomé la decisión de salirme, la idea era deshacerla. Y yo decidí que no, que así yo no estuviera ahí, estaba bien que ellos la siguieran, y eso fue lo que pasó”.

LA IMPORTANCIA DEL LIBRO COMO OBJETO

Sexto Piso continuó después de la salida de Ayala Blanco. Y al celebrar su décimo aniversario tiene ya seis colecciones: Noesis (dedicada fundamentalmente al Ensayo, la Filosofía y la Teoría política), Clásicos, Narrativa, Realidades (Periodismo), Niños y Sexto Piso ilustrado, aunque estas dos últimas se pueden englobar en una sola.

Según su catálogo en línea, los precios de los títulos van (en pesos) desde los 91 (La guerra de los mundos, de H. G. Wells), hasta los 745 (Prosa temprana y obras póstumas publicadas en vida, de Robert Musil), aunque la mayoría se sitúa entre los 200 y los 300 por ejemplar.

Diego Rabasa sabe que los precios de libros que edita no son accesibles para muchos lectores en México, pero también tiene claro todo el trabajo que hay detrás de un libro, y eso implica costos elevados.

“Hay un problema real, de poder adquisitivo en nuestro país, que es grave. Pero este es el tipo de libro que nosotros hacemos; creemos en el libro como objeto, creemos que cuidar la calidad física del libro es una manera de darle un aliento más prolongado, de hacerle justicia a la importancia de los contenidos que tiene. También creo que en nuestro país, como el gran promotor cultural durante muchas décadas ha sido el Estado, existe una concepción en general de que la cultura debería ser o gratis o muy barata. Y hay poca conciencia de la enorme cantidad de trabajo que hay detrás de la producción de un libro, y de los costos inmanentes en la producción de un libro que tiene las características que nosotros le imprimimos a nuestras publicaciones”.

Cada vez con más vehemencia, Rabasa defiende su postura: “Nos gastamos los 200, 300, 400 que puede costar un libro de estos en otra cosa con mucha mayor facilidad que lo que lo hacemos cuando tenemos un libro enfrente, y yo pienso que los libros son inversiones más que gastos; no son productos comerciales típicos como lo puede ser cualquier otro en el mercado, y me parece que hay que combatir, sí por supuesto, el problema socioeconómico de nuestro país, que nos trasciende mucho a nosotros, pero también hay que hacer un trabajo de revalorización del libro y de poderle comunicar a la gente que hay muchas personas involucradas para que pueda salir publicado de esta manera, y que eso nos cuesta”.

EL DILEMA DEL LIBRO ELECTRÓNICO

Aunque un libro electrónico es ligeramente más barato que uno de papel, Diego Rabasa confiesa que Sexto Piso no tiene planes inmediatos para publicar en este formato. “Yo no veo al libro electrónico con una participación súper trascendente en nuestro país en el próximo lustro. No la ha tenido más que en un cierto segmento muy particular de libros, incluso en los mercados más avanzados del mundo anglosajón, en donde ciertamente los best sellers ya se venden en mayores cantidades en formatos electrónicos, o los libros de consulta, o los libros de referencia, pero la edición literaria, tanto en el mundo anglosajón y mucho más en países como Francia, Alemania, España, y ni se diga en Latinoamérica, sigue teniendo una participación muy minoritaria y muy marginal”.

Además, dice Rabasa, hay consideraciones que no tienen nada que ver con los precios de los libros, que según él, en promedio sólo son un 30 por ciento más baratos que los de papel.

“Por ejemplo, uno podría leer un libro en fotocopias y engargolado, es decir, esa opción ha existido ahí desde siempre. ¿Por qué la gente sigue comprando libros, si existe esa opción? Porque el libro, como objeto, tiene un valor añadido al mero ejercicio de la lectura, pienso yo.

Segundo, ¿por qué siguen existiendo las librerías, por ejemplo, si ya existe Amazon? La experiencia de ir y estar frente a los libros, tener un contacto físico con ellos, creo que sigue siendo determinante a la hora de elegir qué comprar. Es decir, tú podrías entrar a Amazon y comprar desde tu casa lo que tú quisieras, y muchas veces no lo haces porque no sabes qué escoger, porque todo está ahí como una oferta infinita de portadas que no te dicen nada, puestas en una pantalla. Y necesitas un proceso de intermediación, que en este caso son las librerías y el aspecto físico mismo de los libros, para poder más o menos realizar una selección como lector”.

¿POR QUÉ PUBLICAR CON SEXTO PISO?

Mientras que Liao Yiwu, escritor y periodista disidente chino, autor de El paseante de cadáveres (Sexto Piso, 2012) afirma que fue su agente quien la eligió porque “es una de las editoriales que más importancia le da al tema de los derechos humanos”, el mexicano Luigi Amara, a quien le publicó La escuela del aburrimiento (Sexto Piso, 2012), dice que Sexto Piso “ha apostado por cierto tipo de literatura no necesariamente ligada a lo comercial, porque como está expresado en su logo, ha hecho una apuesta casi suicida por cierto tipo de literatura, por ciertos valores quizá ya un tanto anacrónicos en este medio lleno de negocio”.

Para el autor de Max y su ojo submarino, los editores de Sexto Piso, “todavía tienen un espíritu romántico con el que me siento afín, de pensar que el libro sí es una mercancía pero es algo más”.