“Desde pequeños somos unos salvajes con esto del picante y los irritantes. Las caras que hacían los niños españoles —había un par en el barrio— cuando les invitábamos esas bombas molotov eran para morirse de risa”. Foto: Pinterest

Cuando pienso en los dulces de mi infancia, la imagen es esta: mis hermanos, mis amigas y yo con la lenguja roja por el caramelo de la paleta nuclear que consumíamos con avidez mientras sorbíamos el moco que el relleno picoso liberaba de nuestras naricitas y otras cavidades infantiles.

Antes de continuar debo advertir a los lectores de entraña débil que la cosa se va a poner escatológica para que, si no toleran estos temas, despejen.

Sigo.

Mi happening personal también tiene un sonido: uf, uf, uf a ritmo taquicárdico resultado de la apabullante enchilada que nos dábamos porque luego de la paleta, venía una pulpa de tamarindo cubierta de azúcar glas y unas esferas de caramelo macizo que llamábamos “canelitas” y que eran mis preferidas.

Otras veces los festines eran con esas frituras llamadas Cazares y con bolsas de cacahuates japoneses bañados en salsa valentina. Por esos cacahuates bañados en salsa ahora mismo estoy salivando.

Así como toda tribu tiene sus ritos iniciáticos, el asunto demencial de los mexicanos con los sabores picantes, ácidos y extremos; empieza en la niñez.

El temple de nuestro paladar inicia y se pone a prueba cuando descubrimos el paraíso del chilito, el acidito, el tamarindo, el chicle con centro efervescente, el chamoy en sobrecito y los caramelos rellenos de polvo cítrico o ascórbico; es así como probamos que nuestras papilas gustativas, flora intestinal y recubrimiento del estómago estarán listos para cuando llegue el día de ordenar una birria con chile serrano picado, vaciar dos o tres cucharadas de habanero en la tostada de pulpo o atacar a mordidas el chile toreado que pedimos junto a la arrachera que, en el paroxismo del picor, viene acompañada de enchiladas de mole. ¿Mencioné las cebollitas encurtidas en vinagre?

Desde pequeños somos unos salvajes con esto del picante y los irritantes. Las caras que hacían los niños españoles —había un par en el barrio— cuando les invitábamos esas bombas molotov eran para morirse de risa. A punto de la parálisis facial o como si una esclerosis múltiple les hubiera atacado, retorcían los ojos y la boca chupando el sobrecito de Salim o masticando las bolas de tamarindo que además llamábamos “tarugos”. Los dedos teñidos de naranja por el colorante artificial de todo nuestro chatarrero de maíz eran también muy simpáticos de ver en aquella gente de ultramar que no salía del pasmo. Ni hablar de su expresión cuando nos veían comer terroríficos cráneos de azúcar en miniatura.

Hay que decirlo: nuestro particular entendimiento de lo que llamamos dulces y caramelos raya en lo psicodélico. A ver, desniéguenmelo.

Aquél paraíso se quedó lejos pero hacer el recuento, además de esta nostalgia agridulce (nunca mejor dicho), me trajo a la memoria el sufrimiento que padecí la primera vez que intenté escribir sobre esto.

Tenía ocho años y me lancé con una composición sobre el Día de Muertos que comenzaba diciendo: Los niños mexicanos comemos chilito, limón y cráneos dulces.
A la maestra Pera (apócope de Esperanza pero de eso nada) que no me quería y que regañaba con una violencia perturbadora, le irritó mi licencia poética y me corrigió diciendo que no comíamos cráneos sino calaveritas. Me mandó al pupitre y me indicó que volviera a empezar.

Supongo que esa fue mi primera angustiante hoja en blanco. O la primera que recuerdo. Pasaron las horas y yo paralizada, si cambiaba lo de comer “cráneos dulces” por “calaveritas” mi composición no avanzaba ni se sostenía.

Los demás niños terminaron y entregaron sus calaveritas rimando coco con loco y gato con plato. Y yo, nada.

Quedé fuera de la actividad, del concurso y de los premios. Estuve triste toda la tarde. Pero luego me consolé pensando que mi silencio había sido lo mejor porque planeaba rematar mi escrito con la frase que mi sádica abuela repetía cuando nos veía comiendo esos dulces ácidos y picantes: éntrenle, nomás no se pongan a llorar cuando vayan al baño y les arda la cola.

La maestra Pera me habría expulsado de la clase, supongo.

Para mi fortuna ahora puedo escribir palabras a mi antojo. Sé que Pera se ha convertido en una calaverita que viene del latin “calvaria” que originalmente significaba cuerpo pelado pero luego se aplicó también a cráneo. O sea que sí: comemos cráneos dulces. De corazón deseo que el de la que fue mi maestra —aunque no muy dulce— descanse en paz.

@AlmaDeliaMC