“Para Johnson, cualquier tipo de salida de Reino Unido de la Unión Europea, con o sin acuerdo, es prioritaria”. Foto: Frank Augstein, AP

Mucho se ha comentado sobre lo crucial que será la elección presidencial del próximo año en Estados Unidos. No es para menos. El impacto de una eventual reelección de Donald Trump podría resultar devastador para las instituciones estadounidenses y podría exacerbar las condiciones de deterioro social y económico que permitieron, en primer lugar, su ascenso político. Pero lo que se jugará Estados Unidos el próximo año palidece en comparación con el impacto que tendrá, para quienes viven en ese país, el resultado de la elección de la próxima semana en Reino Unido.

El 12 de diciembre Reino Unido elegirá indirectamente a quien será su próximo Primer Ministro. El formato es el siguiente: millones de personas votarán por integrantes de su Parlamento que, a su vez, nombrarán al Primer Ministro. Esta es una elección extraordinaria, pues se derivó de la pérdida de confianza del Parlamento en Boris Johnson, el actual Primer Ministro y actual candidato del Partido Conservador para ese cargo. A su vez, esta pérdida de confianza, y la pérdida de control de Johnson de su propia bancada, es consecuencia de la posición del Primer Ministro sobre Brexit.

Para Johnson, cualquier tipo de salida de Reino Unido de la Unión Europea, con o sin acuerdo, es prioritaria. Esto a pesar de todos los informes y estudios -algunos incluso elaborados por su propio Gobierno- que indican que una salida sin acuerdo tendría efectos apocalípticos. Filas para comprar combustible, escasez de alimentos y medicinas, contracción económica, pérdida de empleos, y hasta episodios violentos son algunos de las consecuencias pronosticadas en caso de no haber acuerdo de salida. Pero, aunque una salida con acuerdo evitaría la catástrofe, las consecuencias de dejar la Unión Europea serían, de cualquier forma, definitivamente negativas.

La salida de Reino Unido del grupo de países europeos podría terminar desintegrando al Reino que actualmente constituyen Inglaterra, Escocia, Irlanda del Norte y Gales. Por ejemplo, la líder del Gobierno escocés ya prepara un nuevo referéndum para separar a su país del resto. Otros países podrían seguir su ejemplo. Esta idea tiene sentido; la mayoría de las personas que habitan Escocia votaron en 2016 contra Brexit y no desean dejar la Unión Europea.

El problema para Reino Unido es que, al menos por ahora, este es un destino probable. De acuerdo con el promedio de encuestas de The Guardian (04/12/2019), Boris Johnson cuenta con 42.7 por ciento de la intención de voto, mientras que su rival más cercano, el laborista Jeremy Corbyn, tiene 31.6 por ciento. De no ocurrir algo radical en los próximos días, el Partido Conservador, recargado por nuevos miembros del parlamento radicales y un puñado de ultraderechistas denominado ‘Brexit party’, podría quedarse con el Gobierno británico.

Dos factores ayudan a explicar este fenómeno.

(1) El primero es que, por increíble que parezca, parte importante de Reino Unido quiere Brexit. Y lo quiere inmediatamente. Algunas personas lo desean porque culpan a Europa de males que en realidad fueron ocasionados por políticas neoliberales o austeridad salvaje. Otras porque quieren frenar la inmigración, particularmente la que tiene que ver con gente de medio oriente o del norte de África.

(2) El segundo factor es que Corbyn no ha sido buen candidato. Por principio de cuentas, ha empujado, contra la militancia del Partido Laborista, una posición “neutra” hacia Brexit. Su idea es volver a preguntar a la gente si un nuevo eventual acuerdo de salida es aceptable, o si siempre sí prefieren quedarse dentro de la Unión Europea. Para muchos, el asunto de fondo es que Corbyn en realidad desea que su país abandone “Europa”. Es probable. Lo cierto es que el único partido haciendo campaña decidida para eliminar Brexit es el Liberal Demócrata, que tendría aproximadamente 15 por ciento de los votos.

Además, el Partido Laborista ha batallado con acusaciones de antisemitismo que, bajo la dirección de Corbyn, no ha sabido atajar con contundencia. Apenas esta semana, tras días de reclamos de propios y extraños, el líder laborista se disculpó por estos eventos. A ello hay que sumar que algunas personas encuentran a Corbyn apático y poco decidido. Es fácil ver por qué: el dirigente del principal partido de oposición no ha estado a la altura de los tiempos y no logra proyectarse como el líder político que las circunstancias demandan.

Pero no todo está perdido para Reino Unido y para los laboristas. Aunque la distancia que les separa en las encuestas es amplia, la brecha se ha venido recortando. Algunas casas encuestadoras los ponen a 6 o 7 puntos de los conservadores. Además, el sistema parlamentario les podría permitir, en caso de darse ciertas combinaciones de resultados y considerando posibles alianzas con el Partido Nacionalista Escocés y con el Partido Liberal Demócrata, neutralizar al partido de Johnson en el parlamento o, de plano, formar un Gobierno.

Esto no es todo. Corbyn podrá ser un Brexiter de closet y un líder poco carismático, pero su partido ha producido para esta elección el programa de Gobierno más progresista y ambicioso en décadas. Los laboristas no se han ido por las ramas. Su plan tiene la virtud de buscar decididamente revertir los terribles efectos de décadas de neoliberalismo y austeridad, y ha sido recibido con optimismo.

Entre los asuntos que ahí se incluyen figura la nacionalización de industrias claves -como el agua, los trenes, el correo o algunas empresas de telecomunicaciones-. También se contempla un incremento del salario mínimo de más de 20 por ciento, una inversión multimillonaria en “casas sociales”, un “Fondo de Transformación Verde” para reactivar la economía mediante infraestructura ecológica, personal gratuito que cuide a domicilio a los mayores de 65 años y la revisión de la edad de retiro para personas que hacen trabajos manuales pesados.

Finalmente, al Partido Laborista benefician los recientes golpes recibidos por el partido Conservador en días recientes. Y es que las estrategias de desinformación y de propaganda utilizadas por el partido de Johnson -como pretender en Twitter ser una cuenta verificadora de noticias o editar videos tramposamente- han generado, con razón enojo y repudio. El plan conservador de ofrecer el sistema de salud denominado NHS -una especie de IMSS- en la mesa de negociación de un eventual tratado comercial con Estados Unidos revelado por los laboristas podría ser también un duro golpe para Johnson. Pocas cosas importan más los británicos que preservar y mejorar al NHS.

En conclusión, la suerte todavía no está echada. Reino Unido se jugará el todo por el todo la próxima semana. Lo que ocurra entonces podría ser el paso final en el trayecto decadente de esta unión de países. Pero también podría ser el inicio de una nueva en la que por fin aparezcan las bases de la prosperidad justa, la igualdad y el Estado de bienestar cuya ausencia tiene hoy a Reino Unido con un pie fuera de Europa, y con el otro flotando sobre el abismo.

Facebook: Antonio Salgado Borge

Twitter: @asalgadoborge

Email: [email protected]