El asesinato de una pareja de jóvenes (la madre menor de edad) y un bebé se ha convertido en imagen emblemática de la guerra que vive México. Ha llamado la atención sobre todo en el extranjero, donde la historia de esta familia oaxaqueña ha circulado de manera profusa. Pero eso es sólo una parte del drama.

El bono demográfico del país (una masa de jóvenes en pueblos y ciudades) se agotará en los siguientes años. Hoy, ese bono se está yendo a la basura: al menos ocho millones de chavos están sin escuela ni empleo y quedan allí, a la deriva, justo cuando se da el ascenso del crimen organizado.

Son jóvenes menores de edad para los que el Estado no tiene respuestas y que caen, casi por las circunstancias, en el ejército de los criminales.

“El Loco”. Foto: SinEmbargo, Eduardo Loza.

“El Loco”. Foto: SinEmbargo, Eduardo Loza.

Ciudad de México, 7 de febrero (SinEmbargo).– Afuera de la sección octava de San Fernando y a siete metros del suelo del primer patio, sentado sobre el barandal de cemento, El Loco teje un cinturón. Encorvado, sus dedos cortos y delgados no descansan en el trenzado de hilos rojo vino, verde fosforescente, amarillo y azul.

El Loco tiene nueve charrasqueadas en brazos y piernas. Las charrasqueadas son las cicatrices que los chavos se hacen luego de cortar su piel con pedazos de plástico quemados y afilados contra el pavimento. Apenas sale la costra sobre la herida, la retiran y así las líneas abiertas sanan como si fueran lombrices sobre sus cuerpos.

El muchacho está ensimismado.

Apenas levanta la vista del tejido y registra la posición de las manos de cualquiera que hable con él, a qué distancia está parado y qué presagia en contra suya el tono de voz de cada extraño en los alrededores.

Tiene 17 años y apenas sabe leer, sumar y restar; multiplicar es un aprieto insuperable. Mide 1.60 metros y es delgado. Parece demasiado pequeño para una Mágnum .357 que, según la teoría balística, dispara pedazos de plomo con la fuerza suficiente para atravesar un riel de acero para trenes. Él dice que es cuestión de maña para controlar la patada del revólver. Y de motivación para descargarlo sobre siete, diez, once taxistas.

“El asunto de las naves de los taxistas fue cuando tenía 15 años. Asaltábamos, pero había quien se aferraba a su carro. Entonces les disparaba donde cayera. A los cuerpos los tirábamos en el cerro, donde fuera, por El Ajusco.

“Por cada nave me daban 15 mil pesos. Robamos varias. Estoy aquí por más de 32 robos y siete homicidios –en el expediente, pero hay quien dice en la Corre que fueron alrededor de 15–. Con la lana de las naves andaba para acá y para allá. Le ponía al perico. Me gustaba la coca. Mucho”.

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Óscar Galicia conoce San Fernando desde hace 25 años. Entraba de la mano de su padre, trabajador del taller de máquinas de costura de la vieja Corre.

Para comprender los motivos de los chavos no hay definiciones simples, advierte el psicólogo Galicia, investigador de la Universidad Iberoamericana, y enumera las carencias de los jóvenes como si fueran una avalancha: falta de educación, de oportunidades, de empleo, de ocupaciones, de distracciones, de atención institucional, de reconocimiento.

Pero también hace un apunte: no sólo los chavos pobres son violentos. Los científicos encontraron jóvenes agresivos en las clases media y alta. Muchachos sin privaciones ni violencia intrafamiliar. Sin padres convictos ni madres prostituidas por una raya de cocaína.

“Simplemente eran ‘malos’. Punto”, resume.

Los neurólogos encontraron un funcionamiento distinto en la zona prefrontal de su corteza cerebral, el sitio donde se deposita el raciocinio, el que frena al reptil latente, el que nos hace propiamente humanos.

“Cuando hay algún tipo de lesión ahí tenemos falla en la empatía y en las capacidades sociales, como seguir reglas, decir la verdad o sentir lástima”.

Pero sí es una constante que, cuando concurren la pobreza y este funcionamiento diferente del cerebro, se tiene un joven violento al extremo.

–¿Por qué somos violentos?– se le pregunta al doctor en psicología.

– El 67 por ciento de las familias mexicanas viven la violencia física, psicológica o sexual. Tienes familias violentas y una sociedad violenta y una serie de sujetos muy infelices. Porque el Estado es responsable de procurar el bienestar de sus ciudadanos y no cumple. El olvido en que se tiene a los jóvenes y la falta de políticas sociales es criminal.

El bono demográfico también se diluye en los atroces. En los hijos de padres alcohólicos y golpeadores desde la primera infancia. En madres miserables. En cerebros disfuncionales o funcionales a favor sólo de la violencia ceñidos a un conjunto de instituciones que poco hace por entender y atender a los chavos del barrio.

–¿Hasta qué punto son culpables estos chavos?–se  le pregunta al experto.

–Se tiene que comenzar a pensar si no tratamos con persona enfermas y, si al final, son sujetos imputables–apunta Galicia.

–¿Cuáles son las verdaderas opciones? ¿Qué pronóstico observa en uno de estos jóvenes violentos al extremo?

–El pronóstico es muy malo –diagnostica sin dudar.

–¿Lo perdimos?

–Sí, ya lo perdimos. Platicaba con algunos de ellos y me dijeron: “Cuando salga de aquí, regresaré a mi barrio y me querrán matar. Y yo deberé matar a alguien. Y así nos acabaremos. Así acabaron mi hermano y mi primo. Así yo he acabado con los hermanos o los primos de alguien más, ¿y qué otra nos queda?”. Como si en verdad les diéramos otras posibilidades.

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Tiempo después, El Loco camina relajado por la Comunidad de Adolescentes de Periférico Sur. Va con la cabeza en alto, la barbilla pronunciada hacia afuera y la espalda recta. Ha ganado peso y confianza en sí mismo durante los últimos dos años.

“Llevo dos años ocho meses. Me faltan dos-dos. Me la he pasado chido. Seguimos en las mismas… no entendemos: andar de cábula, generando con la banda. Pienso que voy a seguir andando de cábula. Sí. Te la pachequeas chido, robando. Está chido el alucín.

–¿Y qué alucinabas?

–Se siente chida la adrenalina guardada. Te la pachequeas con la gente, con los carros. Sientes que todo se te mueve –suelta una risa corta, sardónica–. Mi madrastra era la banda. Me dejaba drogarme todo el día. Le decía que no me jodiera. Después, ella agarraba el pedo, que el pedo está chido.

–¿Eso pensaba tu madrastra o eso pensabas tú?

–Pues yo, pero se lo hacía saber, le decía que me latía drogarme.

–¿Y qué te decía ella?

–Que ya no me drogara.

–¿Y qué le contestabas?

–Que me quería acabar todas las latas de activo.

–¿Y qué te decía?

(Carcajada)

–Que no, que estaba loco.

–¿Y qué contestabas?

–Que iba a seguir moneando.

–¿Y ella?

–Que me iba a morir con la muñeca en la mano– y se remeda a sí mismo llevando la mano derecha con el trapo bañado en solvente a la boca.

–¿Y luego?

–Decía que se me iba a cocer el cerebro.

–¿Y sí?

–Pues yo digo que no, que eso es pura falsedad.

–¿Y entonces?

–Me venía a pegarle (a robar) por acá, en el sur de la ciudad. Por aquí ganas más, por acá está toda la raza con varo. Andaba en chinga, lo que viera puesto era mío.

–¿Cuántos años tenías cuando robaste el primer carro?

–Catorce años. Lo primero que robé fue a los ocho años. Cantones de los vecinos. Me chingaba cosas insignificantes, teléfonos. A los 10 y me dio le puse al activo. Veía a la banda con la muñeca. Quería saber a qué olía y luego me gustó. Conocí a la banda, cotorreando y andaban en lo mismo y le atoramos. Luego valió la verga.

–¿Por qué?

–Hay cabrones que quieren más y se quieren sentir bien vergas, ganar más. Vale madres cuando te quieren ganar el pan.

–¿Cómo asaltaban? ¿Le trabajaban a un patrón?

–Nel, pues nel. Nosotros no teníamos patrón. Era al bravo. Llegábamos y viendo puesto el carro ¡presta! Bajarlo donde estuviera, enfrente de su casa, en el semáforo. Sin hora ni lugar. Estando ahí, ¡miau! Nos chingamos dos o tres, varias. Por un 30 (mil pesos), ¿no?

–¿Y por qué empezaron con los taxis?

–Pura mamada… Hubo un tiempo que andábamos erizos, sólo erizos. Era para deshuesarlo, hacerlo autopartes.

–¿Cómo se dobla un carro?

–Se le sacan los papeles, se le cambia la placa y los engomados. La factura falsa te la da una persona metida en el gobierno. Igual las placas y lo demás.

–¿Cuánto le toca a él por carro?

–Depende del papel que te arregle. De una camioneta chingona le tocan 10 mil pesos, porque ya es legal. Te da placas y factura. Trabajábamos con cabrones del DF y del Estado de México. De las delegaciones Tlalpan, Coyoacán e Iztapalapa. En el Estado de México en Tlalnepantla y Atizapán. Entregaban con todo y placas. El engomado se tiene que sacar de otro lado, porque el carro se tiene que quemar. Se remarca, pues. Se lleva a una fundidora, se borran los números y se ponen otros. Eso es barato, unos 800 pesitos. Todo el juego te sale en 12 mil pesos, pero tú das el carro como si fuera tuyo y legal.

–Pero tienen números de serie en otras partes.

–Sí, en los espejos, vidrios, cabezal. Todo se remarca. Te avientas un calcomaniazo y ¡papas!

–¿Y por qué mataron a los taxistas?

–Yo sólo iba detrás de su nave, nomás. Pero si se aferraban los volaba a la verga, a uno que otro. Sin saña, uno nomás a la chamba… de que te vayan a apañar, de pensar que esto vaya a valer madres… Entonces es entuzarlo (esconder el cadáver) o dejar el carro con todo y todo, pero es perderle. Lo mejor es entuzarlo por ahí. Lo primero es fumarse unas piedras, porque ya valió verga. Ya te estás ensuciando las manos con otro güey y te tienes que deshacer de él, porque ya no queda de otra.

–¿Se te ensucian las manos cuando matas?

–Sí, pues sí, ¿no?

–¿Se lavan?

–¡Jamás! ¡Jamás! Con nada, ya no se quita, ni con todo el jabón. Se percuden. Andar con las manos sucias es culero –ríe–, ya no te sientes igual.

–¿Qué cambia?

–Todo, todo te da vueltas. No sabes… están, están sucias tus manos. Ya no se quita, ya no se lava.

–¿Con qué arma trabajabas?

–Con la .357. Sabes que hay que agarrarla con huevos para que no te voltee un vergazo. El putazo se siente chido.

–¿Es el tamaño del arma de un hombre el tamaño de su poder?

–No es tanto eso. Es que vayas decidido a hacer lo que vayas a hacer. Es más eficaz. Si no es uno, es el otro y, si no, el tercero. Tienes seis vidas en la mano. Seis vidas.

–¿Y de cuántas vidas están sucias tus manos?

–Pues de dos o tres, ¿no? Dejémosla con que fueron dos o tres culeros. Luego ellos me decían que no, que no los matara. ¡Cómo no! ¡Pum! ¡A chingar a su madre!

–¿Pensabas en su familia?

–En ese momento no piensas en esa mierda. Piensas en el carro, en que va a valer verga y a qué hora vienen a apañarte. Eso es lo que te frickea.

–¿Y cuándo piensas en lo demás?

–Cuando ya pasó, cuando ya los llevas ahí, de que ya lo heriste. De que va pujando o gimiendo que le duele. Piensas: ¡Ya chingó a su madre!

–¿Tú suplicarías por tu vida?

–Pues sí, si no la debiera. Pero cuando sabes que traes el culo cagado, ya ni gemir es bueno. Ya sabes a lo que vas.

–¿Tú estás perdido?

–Pues sí, pues ya. Metiéndote en la mierda ya no te puedes salir. ¿Cómo voy a rezar? No, no, no. Para nada.

–¿Crees en el infierno?– lleva una figura religiosa en la muñeca derecha.

–Está cabrón creer en eso. Esta madre hay que vivirla al día y cuando nos cargue la verga, ya nos cargó.

–¿Qué estarías haciendo en la calle?

–Pues echándome unas monas, cogiéndome unas morras y pegándole a dos o tres cosas.

–¿Qué te da miedo?

–El encierro… unos 10 o 20 años en el bote. Eso está cabrón. El que nace culero, nació pa’ morir culero. El que a hierro mata a hierro muere. Hay que darle tiempo al tiempo y gusto al gusto.

–Si el familiar de uno de esos taxistas te sacara la pistola, ¿qué le dirías?

–Sería lo último que yo diría: que chingue a toda su puta madre.