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Los monstruos siempre han sido los diferentes, lo más débiles: Santiago Roncagliolo

07/05/2023 - 12:05 am

El escritor peruano Santiago Roncagliolo habló con SinEmbargo sobre El año en que nació el demonio, una novela situada en el Virreinato del Perú en 1623, la cual sigue los pasos de un novato alguacil del Santo Oficio que tendrá que investigar por qué el demonio ha llegado a la ciudad.

Ciudad de México, 7 de mayo (SinEmbargo).– “Los monstruos siempre han sido los diferentes”, comentó en entrevista Santiago Roncagliolo con motivo de su novela El año en que nació el demonio (Seix Barral), un thriller que tiene lugar en el Perú del siglo XVII, al que describe como “un universo lleno de demonios, un universo que todo era hecho por Dios o por el diablo, y que todas las personas y los actos tenían alguna conexión con el bien y el mal”.

“En esa época la monstruosidad podían ser las mujeres convertidas en brujas en el XVII o eran, sin duda, las culturas originarias porque eran diferentes y entonces se les suponía inspiradas por el diablo, la gente de otro color, y hoy en día no es muy diferente, los monstruos siguen siendo los más débiles”, expresó en la plática el escritor peruano.

El año en que nació el demonio es narrado por un novato alguacil del Santo Oficio, Alonso Morales, quien tendrá que investigar sobre la llegada del Maligno al Virreinato del Perú en 1623, una misión en la cual tratará de apegarse en lo que dicen los manuales, los cuales quedarán rebasados ante lo que tendrá que enfrentarse.

“Quería una investigación real, que se podría tener el siglo XVII y que es investigar por qué el demonio ha llegado a la ciudad y la persona adecuada para hacer esta investigación era un funcionario de la Inquisición, era un alguacil de la Inquisición, pero conforme fui leyendo libros sobre la época, fui descubriendo que un alguacil ni siquiera tenía sueldo, era un jovencito muerto de hambre que se metía ahí por las prebendas y los favores que le podían hacer los poderosos para estar cerca del poder y porqué creía que lo que hacía estaba bien”, detalló Roncagliolo.

El año en que nació el demonio, de Santiago Roncagliolo.

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—Sitúas esta novela en 1623, sigue siendo el estilo, pero trae otro contexto histórico. ¿Cómo nace esta historia?

—Siempre a mí me interesa explorar los miedos y los monstruos, los personajes o figuras que nos parecen monstruosas porque encarnan en las cosas a la que les tenemos miedo y en este caso estaba muy obsesionado con las brujas y de qué manera las brujas son una encarnación de los miedos masculinos también. Recuerdo, de la idea incluso, que proviene de la crisis de que fue Eva la que nos hizo expulsar del paraíso por lo tanto la mujer tiene la culpa de las cosas, incluso de la violencia hacia ellas.

Así que mi idea era más contemporánea, el argumento con el que empecé a jugar tenía que ver con una historia que ocurriese hoy en día pero que jugase un poco con la figura de la bruja y el origen de la bruja, sólo que mientras le investigaba, empecé a fascinarme con el siglo XVII y a pensar que no, que ahí directamente había no solamente brujas sino un universo lleno de demonios, un universo que todo era hecho por Dios o por el diablo, y que todas las personas y los actos tenían alguna conexión con el bien y el mal, y luego un universo fascinante con rebeliones de esclavos, con ataques de piratas, con beatas haciendo milagros por la calle, con inquisidores persiguiendo a cualquiera que pensase diferente. Todo eso era una invitación para la novela, un gran universo para contar una historia.

—Y el personaje que eliges es, además, el más propicio: Alonso, quien está atrapado en esta lucha entre lo que los manuales dicen que es el bien y en lo que los manuales dicen que es el mal.

—Quería un investigador porque siempre me gusta jugar con el género del thriller y el noir, pero no quería un tipo que piensa las cosas del siglo XXI y habla como el siglo XXI, sólo que está decorado del siglo XVII. Quería una investigación real, que se podría tener el siglo XVII y que es investigar por qué el demonio ha llegado a la ciudad y la persona adecuada para hacer esta investigación era un funcionario de la Inquisición, era un alguacil de la Inquisición, pero conforme fui leyendo libros sobre sobre la época, fui descubriendo que un alguacil ni siquiera tenía sueldo, era un jovencito muerto de hambre que se metía ahí por las prebendas y los favores que le podían hacer los poderosos para estar cerca del poder y porque creía que lo que hacía estaba bien, que era mantener el orden.

Me gusta mucho que mis personajes se enfrenten a sus propias certezas, se les derrumben las certezas, y hagan un descubrimiento, no solamente investiguen allá afuera un caso sino que terminen haciendo un descubrimiento sobre sí mismos y Alonso, además, termina descubriendo que no es quien él creía, que su madre tampoco es quien él creía y que está maldito, que él también es un monstruo. En esa sociedad tu origen te hace un monstruo.

Hay los que tienen los padres correctos y los padres incorrectos, y entonces con todos esos elementos pensé que había un personaje que podía pasearse por toda la sociedad, desde los virreyes hasta los esclavos rebeldes, y que a la vez podía traer un drama personal muy intenso, muy poderoso.

—Alonso trata de entender en su día a día lo monstruoso. Desde las primeras páginas conoce a uno que se plasma por su apariencia física, pero conforme va avanzando la historia, te das cuenta que hay todo tipo de monstruos.

—Sí, por supuesto, esa sociedad del siglo XVII está llena de monstruos. Los virreyes eran monstruos de corrupción, llegaban con todo su séquito y lo colocaban por todos los trabajos de la jurisdicción y son, de hecho, el origen de nuestra corrupción, el origen de la idea de que el poder no se ejerce porque no hay una ley igual para todos sino que el poder lo ejerce una familia y en vez de tratar de tener una sociedad mejor, lo que tú tienes que hacer es tratar que tu hija se case con alguien de esa familia y no ha cambiado mucho eso en toda América Latina.

Santa Rosa, bueno en ese momento se llama el personaje de Isabel Flores, es difícil saber si es una bruja o es una santa. Hay brujas que hacen las mismas cosas que ella hace, lo que pasa es que ella se viste con el hábito de los Dominicos y entonces atrae su popularidad, contagia su popularidad a los dominicos, los dominicos la defienden porque les conviene, pero ¿están defendiendo una bruja y son por ello cómplices de una bruja? ¿Son ellos monstruos también?

Los esclavos violentos y peligrosos que se han revelado y que tienen un pueblo cimarrón en las afueras de la ciudad son, para los que están dentro de la ciudad, monstruos, pero para ellos es la ciudad la que es monstruosa, es el poder que los esclaviza, el que es un monstruo.

Yo creo que el retrato de esa época nos explica de dónde salimos y muchas de esas cosas siguen existiendo, pero es muy claro porque como el marco no es racional, no hay sociólogos ni análisis antropológicos sino todo tiene que ser parte del diablo, del demonio, todo lo han mandado los ángeles o las brujas, todo adquiere un tinte monstruoso cuando lo narras. No todos son monstruos para otros.

—La corrupción, la violencia, el mismo centralismo, parece que son fantasmas que persisten a la fecha y que no se han podido exorcizar de todas las ciudades latinoamericanas de esa y esta época.

—En general las cosas que escribo están ambientadas en Perú, pero los mexicanos las leen y encuentran en México, los colombianos las leen y encuentran Colombia, y hablo de las cosas que veo de cerca, que me tocan no por mi propia historia personal, pero América Latina es como un país muy grande, tiene más unidad que cualquier otra región del mundo salvo China, incluso más, porque los chinos no hablan el mismo idioma exactamente, entonces estos fenómenos de un modo u otro se dan de distintos modos, pero se dan iguales en esencia en todos estos países.

Santiago Roncagliolo escribe una historia en el Virreinato del Perú en 1623. Foto: Richard Hirano.

— ¿A qué libros te acercaste para ir esbozando esta atmósfera del siglo XVII?

—Entre los libros están los de mi abuelo, mi abuelo fue historiador de La Colonia y tiene mucho trabajo de archivo, es un gran trabajo de archivo que ha permitido restituir muchísimo de la información de cómo se vivía en esa época.

Iba desarrollando la historia según hubiese información, entonces él tiene un libro sobre el teatro y hay todo un capítulo que ocurre en un teatro, encontré otros libros sobre el ataque de los piratas, un famoso ataque pirata de esos años, y entonces incorpore un ataque de piratas.

Según iban surgiendo nuevas historias, yo las iba tramando para que todo tuviese la mayor realidad posible, aunque cambian algunos años, y para hacer que todo esté más junto, quería partir de historias reales, incluso la historia con la que todo empieza, la historia de este niño con dos cabezas que nace, este monstruo que nace en el convento, es una historia real y se interpretó que era el demonio, y luego otra cosa que me fascinó fue un libro de Luis Martín, un historiador que habla de las mujeres en La Colonia y El Virreinato, y tiene una parte sobre los conventos y explica cómo los conventos muchas veces, bueno, siempre recibían a todas las mujeres que no fuesen hacer esposas.

El plan que ofrecía La Colonia, el poder que ofrecía como mujer era ser esposa o nada, e incluso si te divorciabas había una cárcel que se llamaba “La casa de las divorciadas”, que era prácticamente una cárcel para divorciadas porque las que estaban divorciadas ya no tenían nada más que aportar a la sociedad, y entonces si no querías casarte, si querías tener una vida sexual activa, ser lesbiana o ser intelectual, correr toros o hacer una fiesta, lo que sea, te ibas al convento y había conventos que no dependían del obispo, dependían de las congregaciones que estaban en Roma, o sea, en la práctica no dependían de nadie y esos conventos se convirtieron como el de esta novela, en repúblicas liberadas de mujeres, donde las mujeres hacían lo que querían, donde había huecos en las paredes para que entraran los amantes, organizaban sus propias fiestas y algunos de ellos tuvieron que ser reducidos militarmente, se mandó al ejército a controlar a las monjas porque eran incontrolables y porque hacían su propia vida y porque sus escándalos ya eran insoportables para el poder.

De ahí salió este convento y esta monja Jerónima, una monja de piel negra que en principio no podía ascender por el color de su piel, pero asciende por su voz porque eso también pasaba, la única forma de ascender para las que no fuesen blancas entre las monjas, era su voz. Si cantaban bien hacía que la voz del coro de las monjas llegase con más claridad a Dios y esto viene también de ese libro de Luis Martín.

Fernando Iwasaki tiene un libro, que también fue muy inspirador, sobre lo real y maravilloso que era este universo donde todo todo era mágico, donde la razón no existía, no eran racionales y entonces al tener que explicarlo todo en términos divinos o demoníacos, todo se volvía literario, todas las publicaciones de la realidad se volvían ficticias.

—Por último, ¿cómo luce un monstruo y en donde yace la monstruosidad en este siglo XXI?

—Yo creo que los monstruos siempre han sido los diferentes. En esa época la monstruosidad podían ser las mujeres convertidas en brujas en el XVII o eran, sin duda, las culturas originarias porque eran diferentes y entonces se les suponía inspiradas por el diablo, la gente de otro color, y hoy en día no es muy diferente, los monstruos siguen siendo los más débiles.

Lo que pasa es que hoy en día, cada vez creemos menos en las reglas de la democracia, cada vez creemos menos que todos podemos vivir y que el que piense diferente no es malo, esto ocurre tanto en la izquierda como en la derecha, cada vez hay más intolerancia, más polarización y, más bien y mal. Explicamos las cosas a quienes son diferentes o piensan diferente porque son malos y eso nos está devolviendo al siglo XVII. Es un mundo en el que todos pueden ser monstruos otra vez.

Obed Rosas
Es licenciado en Comunicación y Periodismo por la FES Aragón de la UNAM. Estudió, además, Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras.
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