“Y es que seguramente para esa persona irritada hasta la locura, los LeBarón, son del bando contrario”. Foto: Christian Chávez, AP

Queremos de vuelta a Víctor Manuel Millán Toscano

Desaparecido el 7 de noviembre en Mazatlán

En el país estamos viviendo a par de la guerra que sostienen los cárteles del crimen organizado una guerra menos espectacular, pero no por ello menos ruidosa, que está abriendo una brecha entre mexicanos.

Se trata de la guerra de descalificativos producto de la visión construida a golpe de subjetivismo de que estamos en un mundo binario. Blanco o negro. No hay lugar para toda la gama de colores y matices propios de una realidad harto compleja y es que más fácil “aprehenderla”, y “comprenderla”, ubicándose en una de las dos trincheras en que parece dividirse el país.

Y es qué ubicado en la matriz del blanco o el negro, la realidad se reduce a su mínima expresión, y al estar cada uno su nicho ideológico, es fácil explicar la realidad, repartir culpas y si fuera el caso, sanciones contra quienes osan pensar diferentes.

Esta manera de reducir la realidad algunos la dividen entre progresistas y conservadores, otros más como izquierda y derecha u obradoristas y no obradoristas, incluso entre ladrones y víctimas o con un aire roussoniano hombres buenos y hombres malos.

Estamos metidos en un mundo tendencialmente binario. Claro, eso existía desde antes de este Gobierno. Y hay razones suficientes para explicar su existencia. Un país tan desigual como el nuestro, donde un puñado de corporaciones han sido dueños de la economía, de una parte, importante de cada peso que se produce llama inmediatamente al malestar colectivo.

Sin embargo, ese colectivo sin poder no tiene futuro. Es como una pistola sin balas. El discurso de que ahora a la gente es el eje del nuevo Gobierno llama al empoderamiento de las personas. Y eso provoca que el malestar largamente acumulado este buscando quien la pague o, mejor, la pague dos o tres veces.

Escuchaba, por ejemplo, a una persona capitalina enyerbada de rencor decir a través de los medios de comunicación a un miembro de la familia LeBarón que era un “culero” por protestar contra la violencia que ellos vivieron en carne propia y que costó la vida de nueve de su familia y otros ocho que la libraron, no sin que algunos de ellos quedaran heridos, incluso con marcas psicológicas indelebles.

¿Dónde queda un mínimo de racionalidad y solidaridad con los que pasan por este tipo de trance trágico? ¿Deberían quedarse en oración permanente? o ¿mantenerse en la Sierra Madre Occidental o huir a los Estados Unidos antes de que la mano asesina vuelva por sus fueros?

Y es que seguramente para esa persona irritada hasta la locura, los LeBarón, son del bando contrario. Y es que a los del bando contrario se les persigue, se les acosa, se les califica y estigma no importando que sea víctima.

Y a la inversa, lo vimos en la otra marcha del domingo pasado, cuándo Hernán Gómez periodista cercano a la 4T entrevistaba a uno de los integrantes de la columna como se le lanza la gente con todo tipo de epítetos, de llamados a “irse al zócalo”, donde estaban los suyos. Los obradoristas. Estamos un país emocional con o sin razón. Y eso no es bueno. Porque cuando a una colectividad lo dominan las emociones pierden la razón. Y la historia nacional da cuenta de sus consecuencias.

Se vivió en 1910 y bastó el llamado al “sufragio efectivo, no reelección”, o el más inflamante de “tierra y libertad”, para que el país se incendiara. Pasando por la vida de Madero y Pino Suárez. Y más tarde por la de Zapata y Villa. Y muchos otros a los que no se les veía en el lado correcto de la historia. Hay una historia negra que en este espacio es imposible recordar. Sólo basta rememorar que aquella muchedumbre de los momentos cruciales estaba infectada de emociones sin ningún tipo de control que costó al país medio millón de víctimas. ¿A cambio de qué? ¿Acaso de un mundo mejor?

Finalmente se impuso el interés de las élites que había dejado el triunfo del constitucionalismo. Carranza, Obregón, Calles. Las masas entonces se replegaron para ser testigo de los asesinatos de Carranza y Obregón y el exilio dorado de Calles en San Diego. Por eso, duele ver cómo las emociones se ponen en el centro de la disputa por la nación. Y allá quienes lo festinan y atizan.

Sea desde el poder, sea desde los medios de comunicación y los resultados están a la vista, una sociedad enconada, que niega una al otro y busca venganza, no importa quien la pague. ¿Pero a la larga qué? Un país desunido en medio de una falta de crecimiento económico y una inseguridad que ya alcanza todos los rincones del país con su estela negra de homicidios dolosos y desapariciones.

Ya para estas alturas seguramente rebasa los 31 mil homicidios en este año. Superior al primer año de Calderón y Peña. Y, seguro, entre ellos, había al menos potencialmente de uno y otro bando. Gente que estuvo en el lugar y momento equivocado. Y que ahora sus familias les lloran con impotencia y amargura.

Sé que resulta más fácil hacer análisis a partir de la lucha de clases. De progresistas y fifís. Te sitúas en una de las dos trincheras y esgrimes dos o tres argumentos y estas del otro lado. Puedes pontificar exitosamente desde ese púlpito. Ciertamente la situación del país no está para indiferentes. Sigue existiendo una gran desigualdad en la distribución del ingreso nacional, una creciente ola de inseguridad que recorre el país y las asechanzas del vecino del norte amenazan nuestra soberanía territorial.

Y para enfrentar esas asechanzas se necesita un Presidente fuerte, pero sobre todo un Estado fuerte, y eso pasa por consolidar las instituciones públicas, aquellas que están más allá de un Gobierno, que la gente tenga confianza en ellas, porque lo que estamos viendo es la aceptación sin más o el antidemocrático rechazo de quien ganó las elecciones ampliamente en 2018, bajo la bandera bizarra de ¡No al comunismo!, por favor.