Este regreso a clases tiene la pinta de un no regreso. Es muy complicado resolver el tema. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Resulta sencillo asegurar que es un acierto que las clases no vayan a iniciar de forma presencial este 24 de agosto. Es, al menos, una forma de garantizar que no se den contagios masivos entre los millones de estudiantes que, a su vez, se volverían portadores del virus para llevarlo a sus casas. Es sensato, entonces, que el confinamiento continúe.

Mucho se ha hablado (sobre todo en otros países) de la implementación de controles sanitarios en las escuelas, de reducir el tamaño de los grupos para garantizar una mejor calidad del aire en las aulas, de seguir ciertos protocolos relacionados con la toma de temperatura, la distancia entre los niños, la falta de contacto físico. Aun cuando estas medidas fueren efectivas (algo que aún está en duda tras la escasa experiencia internacional, al menos en países con altos niveles de contagio), es evidente que son impracticables en la mayoría de las escuelas de México. Sabemos, tras años de reportajes y enfrentamientos con nuestra realidad educativa, que existen escuelas que funcionan de milagro, en medio de una precariedad inmensa: si no hay salones ni baños con agua potable, poco se puede pedir a la hora de tener cámaras de temperatura corporal. Sabemos, también, que hay instituciones educativas con aulas atestadas, en donde decenas de alumnos se acumulan. Y la logística no es sencilla: ¿cómo meter a mil estudiantes en el mismo espacio en donde estaban garantizando, además, que guarden distancia?

Así pues, no resulta absurda la instrucción de la SEP: las clases presenciales volverán sólo cuando el semáforo esté en verde. Hay quienes pensamos que eso ya no sucederá este año.

Ahora bien, el problema de los niños en la casa es algo que tiene muchas implicaciones. De entrada, en términos económicos. Pensémoslo fácil, con elementos relacionados. Ahora las librerías, papelerías y editoriales también son comercios prioritarios toda vez que es necesario surtir a los estudiantes de material para el regreso a clases a distancia. Eso significa, entre otras cosas, que los padres de familia de un niño pequeño, que trabajan en una librería, deben volver a sus puestos. Es importante que lo hagan, no sólo por el bien común, sino porque sus ahorros ya no les alcanzaban para seguir confinados. Eso sí, no pueden dejar a su hijo solo en casa. Que se quede uno de los padres aunque eso signifique que el ingreso se reduzca a la mitad. ¿Y si es una madre soltera? ¿Y si es un viudo?

Si bien los efectos económicos del confinamiento son devastadores, la idea de dejar a millones de niños solos en casa también tiene algo de aterrador.

Y se quedarán en casa para ver la tele. Bueno, programas educativos. Tomarán clases a distancia. No hay forma de que la oferta de contenidos se produzca a la velocidad que se requiere. Y eso, considerando que la población estudiantil es homogénea. No hay manera de sustituir a un profesor con un video. Si en las clases a través de videoconferencias se notan los problemas para que todo funcione bien, a través de la tele va a ser mucho más complicado. Sin embargo, es lo que hay: no existe la infraestructura en las escuelas ni en la mayoría de las casas para dar el salto a Internet, debemos conformarnos con la tele.

Esto acrecentará, sin duda, la diferencia existente entre las escuelas públicas y las privadas. Al menos, para quienes sigan confiando en las instituciones en las que inscribieron a sus hijos. Hay quienes piensan que es mejor dejar de pagar porque las clases se limitan a un montón de tarea asignada que, en el mejor de los casos, debe ser resuelta con la ayuda de alguno de los padres. También hay escuelas (lo supimos antes de que terminara el ciclo anterior) que les “impartían” tres, cuatro o hasta cinco clases a distancia a sus alumnos. ¿Cansado? Sin duda. ¿Mejor que una clase impersonal o una simple tarea asignada? También.

Este regreso a clases tiene la pinta de un no regreso. Es muy complicado resolver el tema. No sólo en términos educativos, dado que la realidad del país es muy diferente. También en términos económicos, de atención, de infraestructura, de tiempo. Se ha dicho que tenemos que acostumbrarnos a la idea de que, quienes estudian ahora, pertenecerán a una generación muy particular, que es mejor no angustiarse. Quizá sea así. El asunto no es sólo de conocimientos o aprendizaje. Es de conseguir que la vida cotidiana vuelva a ser tal. Para eso falta mucho tiempo.