Al otro lado del viento, película perdida de Orson Welles y uno de los proyectos malditos de la historia de Hollywood, llega a Netflix causando polémica entre usuarios y críticos.

Por Francesc Miró

Madrid/Ciudad de México, 8 noviembre (ElDiario.es/SinEmbargo).- Que Al otro lado del viento haya visto la luz es un milagro. Que sea la película que Welles quiso hacer, ya es otro tema. El film llevaba casi medio siglo pululando entre despachos, salas de montaje y manos ajenas. Ahora, el que es sin duda uno de los títulos malditos más importantes del cine contemporáneo está a un click del espectador. Welles solo llegó a montar 40 minutos y la película que ahora estrena Netflix dura 122. Y eso que existen 100 horas de material en bruto.

El director de Ciudadano Kane empezó a rodarla en 1970, tras dos décadas desterrado de Hollywood. Ponía el dinero de su propio bolsillo, rodaba con un equipo minúsculo y recurría principalmente a amigos que rebajaban su caché por ayudarle. Pero pronto la situación se volvió insostenible, así que recurrió a la financiación del productor español Andrés Vicente Gómez, que pronto se bajó del barco, y de la familia francesa Taittinger, que también. Todo para terminar llamando a la puerta de inversores iraníes que, debido a las tensiones políticas del país, dejaron de financiar el proyecto en 1976. Se iniciaba así una aventura de 48 años repleta de disputas legales, dinero, distintos montajes y decenas de visiones dispares sobre el material original.

El guión -co escrito con la actriz Oja Kodar- nació llamándose The Sacred Beasts y narrando una historia ambientada en el mundo del toreo. Ha terminado siendo la historia de un afamado realizador llamado Jake Hannaford -interpretado por John Huston-, que presenta su última película el día antes de su muerte. Sátira del Hollywood en el que ni Welles ni su suerte de álter ego pudieron hacer el cine que quisieron. No parece que las cosas hayan ido mejor ahora que la estrena una plataforma como Netflix.

MIL MONTAJES PARA UNA PELÍCULA

La primera vez que el público pudo ver algo de Al otro lado del viento fue en febrero de 1975. El American Film Institute celebró un homenaje a Orson Welles, y el realizador pulió casi veinte minutos para entretener a los estudiosos y buscar inversores. Lo hizo con Marie-Sophie Dubus, la montadora de Fraude, su película estrenada en 1973.

Pronto, ella se alejaría del proyecto y Welles recurriría a dos montadores más que jamás dieron con lo que él quería transmitir. En 1976, la película se enfrentaría a un enredo jurídico considerable tras la caída del sha iraní, para después verse con otros tantos problemas legales que llevarían a una sentencia que obligaba al realizador a montar la película en Francia.

Tras la muerte del director, en 1985, se hizo un intento de reconstrucción que en aquel momento tenía que financiar, supuestamente, HBO. Partían del montaje que había hecho Welles, de aproximadamente 40 minutos y de otro realizado por Gary Grave -director de fotografía de la película-, de 105 minutos en total. 15 minutos menos que la actual reconstrucción.

Al otro lado del viento es una gran campaña comercial”, contaba el estudioso de su figura y director la Filmoteca de Catalunya Esteve Riambau en una entrevista realizada en Otros Cines Europa. “Es una reconstrucción, no una restauración. No estamos volviendo a un patrón porque ese patrón jamás existió, sino cogiendo piezas para montar un nuevo artefacto. Uno que a todas luces se intenta vender en nombre de Welles, pero que tiene interferencias que no tienen nada que ver con él”.

Interferencias que afectan de forma orgánica a la película que hoy podemos ver. Según Riambau “nadie puede montar en el lugar de Welles“. El autor de libros como Orson Welles: El espectáculo sin límites (1985), Orson Welles: Una España inmortal (1993) o Las cosas que hemos visto. Welles y Falstaff (2015), se refiere a diferencias importantes entre el material al que tuvo acceso tiempo después del fallecimiento del célebre director, y lo que ahora estrena Netflix.

Entre ellos, una banda sonora de Michel Legrand -que también compuso la música de Fraude- nunca pensada originariamente, una escena erótica con Oja Kodar manipulada del montaje original para insertar a John Huston, e incluso un inicio con voz en off que estaba pensado para ser recitado por el propio Welles -la voz que aterrorizó a Norteamérica con su lectura de La guerra de los Mundos- y que ha terminado haciendo Peter Bogdanovich. “Si hay alguien que se ha atrevido a desmontar lo que él dejó montado, el resultado puede ser interesante por poder acceder a estos materiales, pero muy poco riguroso en lo que se refiere a considerarlo una obra de Welles“, sentencia Riambau.

Fotograma de Al otro lado del viento. Foto: ElDiario.es

UNA PELÍCULA WELLES QUE NO ES UNA PELÍCULA WELLES

Si Al otro lado del viento ha pasado por decenas de manos desde que falleció su autor, es legítimo plantearse dudas sobre la autoría de la película que ahora vemos en Netflix. Más, como apuntaba Riambau, si se ha manipulado el material ya montado.

“Al parecer, Peter Bogdanovich y su equipo contaban con abundantes notas de Welles para plantearse un trabajo respetuoso, a pesar de lo cual es cierto que cuestiones de montaje chocan bastante con su estilo”, opina el crítico cinematográfico Daniel de Partearroyo. “Hay que tener en cuenta que eran los años 70, una época en la que [Welles] estaba experimentando con cortes rápidos, reencuadres, etc. como se ve en Fraude…”, explica a eldiario.es. “Pero eso no quita que algunas decisiones parezcan demasiado actuales -no adelantadas a su tiempo, sino de sensibilidad actual-, y eso genere extrañeza”, cuestiona el redactor de Cinemanía.

Con todo, él prefiere valorarla “como una obra inconclusa de Welles finalizada de manera colectiva, como ocurre, salvando grandes distancias de planteamiento, con otra grandísima película póstuma como Nunca volveremos a casa, de Nicholas Ray”.

“Aunque obviamente me plantee esas dudas sobre la autoría, veo a Welles por todas partes”, afirma la periodista y crítica cinematográfica Desirée de Fez. “Sospecho, pero eso es algo muy personal, que si la hubiera acabado él todavía sería más desbordante y extraña de lo que es, pero la impresión que me causa el material rodado y recopilado eclipsa todas mis suspicacias”, explica.

“Nunca sabremos a ciencia cierta lo que Welles habría querido, o si se sentiría traicionado con el resultado”, opina. La crítica cinematográfica de El Periódico y parte del equipo del Festival de Sitges, añade que “en cualquier caso, es interesante que esa duda planee sobre una película que -entre muchas otras cosas- va de la imposibilidad de acabar una película según lo previsto y sobre lo frustrante que es ser consciente de eso”.

NETFLIX A LA CAZA DEL PRESTIGIO

Además de la duda sobre la autoría de Al otro lado del viento, el hecho de que la estrene Netflix y no cualquier otra plataforma o productora no parece baladí. El gigante del VOD ha estado reafirmando posiciones dentro de la industria produciendo películas de algunos de los nombres más prestigiosos del cine contemporáneo.

La esperadísima The Irishman de Martin Scorsese sería solo un ejemplo, pues no han dejado de mover ficha posicionándose en festivales de prestigio. Tras ser vetados en Cannes, las producciones de Netflix han conquistado el Festival de Venecia con Roma de Alfonso Cuarón, La balada de Buster Scruggs de los hermanos Coen y 22 de julio de Paul Greengrass.

Fotograma de Al otro lado del viento. Foto: ElDiario.es

Situarse como plataforma que, más allá de apostar por realizadores de renombre, también de acogida a clásicos del cine tras la caída en desgracia de un portal como Filmstruck, puede reforzar su posición en el mercado, ya de por sí privilegiada.

“Todo va muy rápido y quizá dentro de unos meses cambie de opinión, pero a día de hoy me parece muy buena noticia”, apunta Desirée de Fez. “Es cierto que me da miedo que esa facilidad de acceso haga que nos malacostrubremos y, sin querer, restemos importancia a realidades como la posibilidad de ver en 2018 una película póstuma de Orson Welles. Pero creo que la oportunidad de descubrir material inédito de Welles está por encima de todo”, explica la crítica cinematográfica.

Por su parte, Daniel de Partearroyo difiere: “No doy mucha importancia a que haya sido Netflix la compañía que ha aportado el último empujón económico para terminar una película que a lo largo de los años ha pasado por tantas fases de financiación distintas -desnortada campaña de crowdfunding incluida-. O no más a que si finalmente lo hubiera hecho Warner Bros., Apple o Elon Musk”, explica. “Me parece maravilloso que haya sido así, pero se trata de una inversión económica como cualquier otra”. Sin embargo, apunta que “para Netflix supone un plus importante de prestigio”, describe. “Pero dentro de una estrategia empresarial que no parece contemplar la recuperación, restauración -o mera inclusión en el catálogo- de cine clásico, me temo que su efecto será poco apreciable”.

Póster de la Al otro lado del viento estrenada por Netflix. Foto: ElDiario.es

Con todo, y asumiendo que Al otro lado del viento no se ha estrenado en cines en España, que una plataforma como la que nos ocupa acerque cine clásico a una generación de espectadores afines a su catálogo de contenidos, puede ser un punto a favor de la plataforma. “Me encantaría que así fuera. Ojalá la exposición mediática de este acontecimiento también contribuya a que se recuperen algunas de sus películas menos vistas”, opina de Partearroyo.

Por su parte, Desirée de Fez duda de si el estreno de esta reconstrucción acercará la obra de Welles a nuevos espectadores. “No lo tengo tan claro. Si la facilidad de acceso a Al otro lado del viento hace que espectadores no familiarizados con Welles sientan curiosidad por su cine -aunque, por muchas razones, no es la película más adecuada o fácil para hacerlo-, será absolutamente maravilloso. Pero creo que tanto los que la hemos visto como los que la verán en breve conocen perfectamente la obra de Welles“, reflexiona la periodista.

Quién sabe qué pensaría Welles del producto que han estrenado en su nombre, y del no menor hecho de que se vea en portátiles, móviles y tablets. De Partearroyo opina que “teniendo en cuenta lo mal que lo pasó con todas las faenas que le hicieron diversos productores manejando su trabajo sin su permiso ni supervisión -descuartizando El cuarto mandamiento o desnaturalizando Sed de mal-, no creo que le hiciera mucha gracia que un trabajo ideado para proyectarse en salas de cine ni las rozara, en vez de tener la oportunidad de hacer algo propio para ese medio”.

“Ni idea. Pero quiero creer que le habría encantado la idea, y fantaseo con que esté ahora mismo riéndose de todos nosotros”, opina por su parte Desirée de Fez.

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