“¿También te pasaba, mi amor?, ¿que justo en medio de los alborotos, me mirabas y le pedías al cielo que ojalá yo no fuera lo más triste que te hubiera pasado nunca?”. Foto: Marija Zaric

Y pensar que todo comenzó por una plática sobre ácaros. ¡Ácaros! Una bobada. Y bueno, sabemos bien que una cosa lleva, de una manera tosca e irreversible, a la otra; así son las peleas, ¿no? Empiezas hablando, qué sé yo, de cuando las camas no están bien limpias, luego –quién sabe cómo– de la polución del aire y de pronto te encuentras debatiendo sobre quien fuera la esposa de Charles Darwin.

Dijiste que, además de ignorantes, éramos un par de idiotas y me aventaste un libro en la cara. Guau, Teoría de King Kong, dije, pero qué dolor de huevos contigo, también dije, y tú te sentaste frente a mí, azotaste en la mesa eso que traías en la mano –un abrelatas, creo–, y así fue como inició. Abriste tu monólogo diciendo “la cosa está así”; hablaste de logros del feminismo, de sesgos cognitivos, de signos arbitrarios y de cómo el lenguaje del heteropatriarcado se lo ha consumido to-do; cómo te encantaba separar palabrillas cortas en sílabas para, según tú, enfatizar. Por eso y bastante más, lo mío no es un dolor de huevos, es de ovarios, dijiste, y por eso no es la esposa de Carlos Darwin sino Emma Darwin, también dijiste, y muy digna te dejaste caer en el sillón como si fueras la lingüista de la década.

Sí, me molestaba ese ego tuyo, que cuando hablabas creías que te caías de lo sabihonda. Pero pocas veces dije algo, qué iba a decir si lo que me molestaba de ti era lo que me molestaba de mí. Éramos tan predecibles: yo te decía algo que te calaba los huevos –o los ovarios, o lo que fuera que tuvieras según la semiótica–, tú te protegías y contraatacabas mandándome al carajo (vete mucho a la mierda, me decías), yo me disculpaba y, mientras te tardabas un siglo en volver a nosotras (en superar la pelea y reconocer que la única verdad era que sí me querías), me atravesabas los intestinos con dos que tres insinuaciones: “si no te gusta, ya sabes por dónde terminar de irte a la mierda”. Luego era tu turno de pedir perdón y sucedía que yo no me tardaba ni dos segundos en volver a ti aunque lo fingía. Para no parecer una simplona, supongo.

¿También te pasaba, mi amor?, ¿que justo en medio de los alborotos, me mirabas y le pedías al cielo que ojalá yo no fuera lo más triste que te hubiera pasado nunca?

Total que te dejaste caer en el sillón, convencida de haberme hecho papilla el amor y el intelecto. Luego intentaste decir otra cosa y te cerré el pico con la patochada más grande de la galaxia: “me interesa más una bolsita de cacahuates a que sigas pavoneándote el culo con citar la Teoría de King Kong”. Se nos erizaron los cabellos, se nos aceleraron los adentros, se nos enrojecieron –qué va, se nos ennegrecieron– las entrañas y después nos miramos, ¿no?, un buen rato, porque entendimos que excavarnos las sombras jamás sería un acto sencillo: porque cuando el dolor ya no alcanza para abrir la boca, solo queda el silencio. Y la vía láctea destartalada.