Jesse Owens y el alemán Luz Long (derecha) Foto: Twitter

Jesse Owens y el alemán Luz Long (derecha) Foto: Twitter

Ciudad de México, 9 de agosto (SinEmbargo).– Un niño afroamericano nacido en Alabama llegó a Cleveland con su familia, durante la migración masiva de una comunidad que huía del repudio racial que había en el sur de Estados Unidos. James Cleveland Owens (1913-1980) tenía nueve años cuando su maestra le preguntó su nombre en frente de toda la clase. Acostumbrado a que en su casa le dijeran “JC” por sus iniciales, el pequeño pronunció las dos letras, confundiendo a su profesora y para siempre se le quedaría el sobrenombre de “Jesse”. Un pequeño que se convertiría en una sensación olímpica, en un emblema a seguir en tiempos complicados para la humanidad.

Jesse Owens obtuvo un récord que duró 24 años, convirtiéndose en uno de los atletas más dominantes en la historia olímpica. El estadounidense dominó cuatro pruebas en un ciclo olímpico. Unos juegos que se realizaron previo a la Segunda Guerra Mundial, en terreno inhóspito donde el color de piel importaba más que cualquier cosa. Berlín 1936, tuvo al nazismo arropando las competencias con un bombardeo de propaganda llena de mensajes a favor de la raza aria. La Alemania de Hitler utilizó las olimpiadas como parte de un todo que tenía siempre fines políticos. El poder germano fue inminente, con excepción de un episodio que enfureció al Führer.

Adi Dassler, creador de la marca Adidas, le pidió competir con el nuevo calzado que acababa de fabricar. Jesse Owens se convirtió en el primer atleta que usaba un patrocinador. En tierra donde todos lo querían ver caer, un empresario alemán le dio lo más sagrado que tenía en sus manos. Mientras tenía que comer en lugares apartados “especiales” para afroamericanos, usó tenis germanos para hacer historia ante el gesto furioso de un dictador que quería sublevar al resto del mundo. Jesse ganaría cuatro medallas mostrando todo su poder atlético desde su velocidad.

Foto: Twitter

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Con una infancia de bajos recursos, Owens se ganó el sustento trabajando desde muy pequeño antes de darse cuenta que tenía un don único para correr a gran velocidad. Eran tiempos donde el color de piel tenía una fuerte imposición y favoritismos. Owens fue a la Universidad de Ohio State gracias a su talento, pero siempre tuvo que trabajar medio tiempo para solventar sus gastos. Siempre le fue negada una beca que sin duda tenía merecida. En las giras con su equipo, dormía en hoteles distintos. La segregación racial estaba en su punto más alto, mientras él intentaba conquistar el sueño olímpico. En 1935, obtuvo tres récords mundiales de las cuatro pruebas que dominaba. Todo estaba listo para la justa alemana.

Tras conseguir la medalla de Oro en los 100 metros, se presentó al salto de longitud donde un local partía como gran favorito. Luz Long era un rubio de más de 1.90 m que combinados con sus ojos azules y sus habilidades atléticas, daban como resultado al ciudadano modelo que el régimen Nazi buscaba como muestra para toda su gente. Tras calificar sin problemas a la final, Jesse Owens había tenido dos fallos que lo ponían al borde de la descalificación si cometía alguno más.

Long se acercó al norteamericano para aconsejarle que dejara de intentar obtener un récord y que sólo se enfocara en calificar. Ahí nació una gran amistad que se consolidó cuando Jesse ganó su segunda presea dorada, mientras el deportista alemán lo abrazaba. Hitler enfureció. Luz Long sería enviado a combatir a pesar de su status de atleta. Moriría en Sicilia en plena batalla.

Owens probó la gloria un día como hoy en 1936 cuando conquistó su cuarta medalla de oro. Tras volver a Estados Unidos, la realidad lo aplastó. Incapaz de ser valorado por su color de piel, deambuló trabajando en gasolineras mientras que competía frente a caballos a los que vencía en velocidad por unos cuantos dólares. La imagen de una gloria deportiva se fue a la bancarrota. Jesse no tuvo el reconocimiento de Hitler quien entregaba y saludaba de mano a los ganadores, tampoco el presidente Roosevelt lo recibió en la Casa Blanca por miedo a perder los votos del sur.

Jesse se convertiría en un fumador compulsivo, moriría por un cáncer pulmonar a los 67 años. Hoy, en uno de tantos reconocimientos, una calle cercana al estadio olímpico de Berlín lleva su nombre.

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