Asesinatos de Zetas a quemarropa, actos de tortura, secuestros y un intento de contrabandear siete toneladas de cocaína en latas de jalapeños, entre las acusaciones a Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, el joven que se convirtió en “El Chapo”.

Ciudad de México, 10 de abril (SinEmbargo).- 2:30 de la madrugada. Es 8 de noviembre de 1992. Sicarios ingresan a una discoteca en Puerto Vallarta, Jalisco. Buscan venganza y la encuentran. Levantan sus armas, apagan la luz y disparan contra integrantes de la organización criminal dirigida por Arellano Félix.

Al menos seis personas mueren en el tiroteo. Los cronistas de la época atribuyen la masacre a Joaquín Guzmán Loera, un joven conocido como “El Chapo”. Un capítulo que sigue al capo hasta su celda en Nueva York y que podría, según fiscales de Brooklyn, pronto aparecer en su juicio.

Así lo narra Alan Feuer para The New York Times, en el texto 7 toneladas de cocaína en latas de jalapeño: la evidencia contra el Chapo, donde se presenta la evidencia que ahora corretea al mexicano.

El tiroteo, el de Puerto Vallarta, ocurrió mientras Guzmán “consolidaba su control de rutas de contrabando como potencia en ascenso en el cártel de Sinaloa” y se encuentra ahora registrado en un memorando gubernamental de 90 páginas presentado en el caso, el martes.

“El memorando fue diseñado para enumerar los crímenes que se creía que el Sr. Guzmán había cometido, pero no fueron específicamente presentados en su acusación. Esas fueron legiones, decía la nota, e incluían asesinatos, actos de tortura, secuestros, detenciones en prisión y un intento de contrabandear siete toneladas de cocaína en latas de jalapeños”, escribe Alan.

Los cronistas de la época atribuyen la masacre a Joaquín Guzmán Loera, un joven conocido como “El Chapo”. Foto: Cuartoscuro.

Desde que Loera fue enviado a Nueva York, hace quince meses, su enjuiciamiento se ha bañado de tecnicismos legales relacionados con su extradición “y en argumentos sobre las duras condiciones de su confinamiento en el ala de alta seguridad de la prisión federal de Manhattan”. Por eso ahora va la cuenta detallada: hasta con la coca enlatada. Al menos es lo que relata Alan.

Y los capítulos sobre las fechorías de Archivaldo se enumeran. En 2001, por ejemplo, Guzmán ordena capturar a pistoleros -presuntos integrantes de los Zetas-. Los tortura -no personalmente-. Pero sí, en al menos uno de los casos, “el propio acusado disparó a los rivales a quemarropa y ordenó a sus lacayos deshacerse de los cuerpos”.

En 2006, por ejemplo, después de relajarse durante el almuerzo, golpeó a dos miembros de Los Zetas, dijo el Gobierno, y luego les disparó a los dos en la cabeza “con un arma larga”, cuenta Alan, a partir de los documentos a los que ha tenido acceso.

Hay hasta 40 testigos que hablarían, según el texto. Serán quienes describan las brutalidades que el Gobierno incluyó en su memorando, pero sus cuentas no serán la única evidencia presentada.

“Los fiscales escribieron que también tenían fotos satelitales del Sr. Guzmán y su operación, incautaron libros de contabilidad de drogas, docenas de videos, miles de llamadas y correos electrónicos interceptados, y más de 300 mil páginas de documentos”, indica Feuer.