Como se aprecia, no habrá “normalidad” previa al virus, lo que habrá es una “normalidad” pos-COVID-19. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

Tras dos meses de cuarentena obligadas por las medidas sanitarias para evitar lo más posible la expansión de la epidemia de coronavirus, millones de personas en todo el mundo esperan la salida del confinamiento para supuestamente regresar a la “normalidad” que se tenía antes de la llegada de la COVID-19.

Pero debemos olvidarnos de ello: no habrá, al menos en mucho tiempo, una “normalidad” parecida a antes del coronavirus, lo que tendremos es una nueva “normalidad” pos-COVID-19 que por nuestro bienestar físico y emocional, debemos ir asimilando.

Muchos piensan que una vez pasado el pico más alto de contagios y levantadas las medidas sanitaria anunciadas al comienzo de la propagación de SARS-CoV-2, se regresará a las actividades a las que estábamos habituados. No será así.

Así lo muestran las medidas que han ido tomando los países que controlaron, por ahora, los contagios y levantaron algunas medidas de restricción de ciertas actividades, especialmente reapertura de negocios y vuelta al uso de espacios públicos.

Pero ningún país ha levantado todas las medidas. Y de hecho, en algunos casos, las medidas de confinamiento se alargan, como ocurrió en Francia al anunciar que el “estado de emergencia” sigue hasta el 24 de julio, cuando estaba previsto levantar la cuarentena el 23 de mayo.

Por ejemplo, el regreso a clases ya no será como antes. Seguramente más de algún lector de esta columna vio una noticia del regreso de los estudiantes chinos a sus escuelas. Todos los niños llevaban cubrebocas, pero además la careta de plástico que cubre todo el rostro. En Alemania y Dinamarca, se permitió el regreso a clases pero en grupos reducidos de quince personas y con mesabancos a dos metros de distancia.

El uso cotidiano en espacios públicos de cubrebocas y mascarillas será parte del paisaje de nuestra vida cotidiana para los próximos años. Al igual que el gel antibacterial al entrar a escuelas o comercios. La portación de cubrebocas será casi generalizado en todos los países para el uso del transporte público.

En España se anuncia levantamiento de medidas de confinamiento para más de la mitad de la población, pero lo hacen con cautela. A los negocios se puede entrar apenas de pequeños grupos y guardando distancia de dos metros cada usuario.

Las reuniones sociales están permitidas apenas para 10 personas y con dos metros de distancia. Se permiten el uso de bares en terrazas abiertas pero con la misma exigencia de dos metros de distancia.

Una medida importante para el uso del espacio público (como parques) es la imposición de “franjas horarias” para pasear, caminar o hacer deporte. De 6:00 a 10:00 horas se permite la salida de mayores de 14 años hasta 70 años. Después de sigue una “franja horaria” para personas mayores y menores de edad. Otras medidas para la “fase 1” de desescalada, así la llaman en España, es la autorización para apertura de tianguis pero con distanciamiento y 25 por ciento de los puestos habituales; no se abren centros comerciales; se permite apertura de hoteles sin usar zonas de uso común; velatorios con 15 personas en espacios abiertos y diez en espacios cerrados, y quince asistentes para enterramientos. Se abren iglesias pero solo con 30 por ciento de su capacidad y gimnasios al aire libre y actividades que no implican contacto físico.

A pesar del levantamiento de algunas de las medidas, en ningún país se habla por ahora del regreso todavía de las grandes actividades recreativas (conciertos, cines, etc.), deportivas o turísticas. Todas siguen bajo cuarentena.

En Nueva Zelanda se impulsó la idea de “burbuja social”, que implica mantener contacto social con un núcleo de familiares o amigos de una decena de personas que a su vez no tengan contactos con otros grupos, para evitar contagios.

Como se aprecia, no habrá “normalidad” previa al virus, lo que habrá es una “normalidad” pos-COVID-19. La nueva norma que se pretende imponer es el “distanciamiento social”. Debemos cuestionar, sin poner en riesgo la salud, esta nueva normalidad que nos separa de las relaciones sociales a las que estábamos acostumbrados y que tiene enormes consecuencias política al confinar la protesta social.

Pero junto a esta “normalidad” de medidas de distanciamiento social, reuniones con pocos familiares o conocidos y obligación de dispositivos sanitarios de uso cotidiano, también debemos reflexionar sobre la sociedad de producción,  consumo y relaciones de dominación que crearon el caldo de cultivo para el surgimiento de enfermedades como esta pandemia que tiene confinada a la población que se lo puede permitir, en tanto que obliga a otras a seguir trabajando, exponiéndose, para que el confinamiento sea posible.

No deberíamos acostumbrarnos o permitir que, con el pretexto de las medidas sanitarias, se impongan relaciones sociales que nos mantengan confinados, y bajo medidas más afines a un Estado de excepción que a un régimen de libertades.