Cuando se pierde la voz, se gana otra cosa. Algunos eligen el silencio como expresión: Nora Coss

14/03/2020 - 12:04 am

Nubecita es una novela que bordea el tema del incesto. Ese tópico llegó a la novela arrastrado por el teatro: Nora escribió una obra, llamada Sol de invierno, que aborda la relación de dos hermanos que se vuelve incestuosa a raíz de la locura del padre. La historia está protagonizada por Eliana, una adolescente rebelde, introvertida, que siente que no pertenece.

Cuatro voces, cuatro apuestas literarias. La calidad de sus obras, además de sus propuestas estéticas, han llamado la atención de los críticos, que han celebrado sus libros. Esta es la segunda entrega de “La voz de las escritoras”.

Ciudad de México, 14 de marzo (SinEmbargo).-Cuatro autoras noveles. Cuatro voces. Cuatro apuestas literarias. Escriben cuento, novela, crónica y ensayo, pero también dramaturgia y poesía. La calidad de sus obras, además de sus propuestas estéticas, han llamado la atención de los críticos, reseñistas y otros escritores, que han celebrado sus libros.

Coinciden en que el canon literario ha invisibilizado a las mujeres. También en que el calificativo “mujeres escritoras” es inoperante: les incomoda que se haga una distinción innecesaria, que demerita su labor. En su caso, en su vida profesional, ninguna ha padecido episodios de discriminación de género por su labor literaria. Y lo viven como un privilegio, si se considera que en México 6 de cada 10 mujeres han sido discriminadas en el país.

¿Cómo viven este momento? ¿Cuáles son sus obsesiones? ¿Cómo fue el proceso de escritura de cada uno de sus libros? Nos acercamos a ellas a preguntárselos. Esta es su voz. Escuchémoslas.

LA NOVELISTA DRAMATURGA

Nora Coss (Sabinas, Coahuila, 1982) escribió Nubecita (Nieve de Chamoy, 2019) para hacer reír a su hermana mayor. “Ella es una gran lectora que, por alguna extraña razón, se carcajeaba con las novelas policiacas. Leyó la serie de Crepúsculo para reírse, pues encontraba en esa novela de vampiros muchos momentos de humor involuntario. Por eso le dediqué el libro”.

Entonces ese humor negro, corrosivo, que salpica la novela, no está vinculado con Ibargüengoitia, como han apuntado algunos reseñistas, sino que proviene de otras fuentes, como las telenovelas de los años noventas. Y a todo esto, ¿de qué trata Nubecita?

Nubecita es una novela de aprendizaje, protagonizada por Eliana, una adolescente rebelde, introvertida, que integra una familia a la que siente que no pertenece, de ahí que emprenda una guerra casi fratricida con su hermana por la atención –sutilmente incestuosa– de su padre, con el objetivo no sólo de encontrar su lugar en el mundo, sino su trascendencia.

«Inmersa en un universo familiar colapsante –situado en Sabinas, Coahuila, pero que bien podría ser en muchos otros lugares de México– nos da cuenta de las redes viscosas que se tejen entre sus miembros: la madre insatisfecha, preocupada solo por aparentar; el padre proveedor, signado por la mediocridad y el fracaso; la hermana pequeña bonita e ideal frente al amasijo de pasiones cruzadas y comportamientos desaforados de una jovencita como Eliana, desmedida con la comida y el ejercicio verbal: habilidades ambas que se cruzan en la boca y sus apetitos (no ha de ser gratuito que cuando la narración y el delirio avancen, se quede muda, sin voz, pero claro, no hay que olvidar que “el silencio es el lenguaje de Dios”)», escribió Ana V. Clavel en la revista Literal.

Y también el silencio se convierte en un arma más efectiva, en términos literarios.

“Cuando se pierde la voz, se gana otra cosa”, sostiene Nora. Y agrega: “Yo no sabía que todo estaba narrado desde el silencio. A medida que avanzaba las páginas, me pregunté: ‘¿por qué ella se esfuerza tanto por recobrar esa oralidad? ¿por qué está hablando de esta forma si, al parecer, nadie la está escuchando?’ Ahí tuve una revelación: ‘Pues es que esta morra me está hablando desde el silencio’. Pero son cosas que yo, por ejemplo, no me impongo: es un impulso”.

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Un impulso que surgió primero como una obra de teatro. Como dramaturga, con una carrera a cuestas, Nora creía que todas las ideas literarias que surgían en su imaginación debían convertirse en teatro. En el caso de Nubecita, confiesa, el juego escénico comenzó a estorbarle. “Lo que importaba era dejar hablar a mi personaje”, confiesa.

Foto: Erick Baena Crespo

Un día de abril de 2014 llegó al taller literario de Mario González Suárez con 10 páginas de la novela. Y a partir de ahí no pudo detenerse. Nora quería abordar el mundo interior de un personaje introvertido, que elige el silencio como un modo de expresión. “¿Por qué? Porque también estoy inmersa en un mundo en el que parece más importante tener una opinión y hacerla notar que tener un reconocimiento de nuestro mundo interior. Bajo esta perspectiva, tuve la urgencia de escribir sobre una persona así, que no le importa mostrarse desde adentro, desde su verdad”, explica.

La novela bordea el tema del incesto. Ese tópico llegó a la novela arrastrado –también– por el teatro: Nora escribió una obra, llamada Sol de invierno, que aborda la relación de dos hermanos que se vuelve incestuosa a raíz de la locura del padre.

“Yo quería contar la historia de dos hermanos aliándose en el fin del mundo. Y la reacción del público fue asumir que también el padre tenía una relación incestuosa con la hija. Y yo explicaba: ‘No, sólo tenían una relación cercana’. Pero eso no importaba, pues la fuerza del tema tabú y sus símbolos, que operan en el imaginario social, es más fuerza. Me sorprendió esa lectura”. Y no sólo eso, también inspiró la presencia de ese tópico en Nubecita, que está siempre en tensión, de forma irresoluble y abordado con una sabia ambigüedad.

–Entonces, en ese sentido, ¿qué tanto le debe la novela a tu faceta como dramaturga?

–Mucho. Ser directora de escena me ayuda a entender qué es lo que los actores necesitan para construir personajes. Ellos necesitan encarnarlos y tienen muchas preguntas para los creadores del texto. Y no pueden abordar a un personaje si les entregas una caricatura. Tienen preguntas muy válidas, relacionadas con la lógica del dolor de cada personaje. Eso, como narradora, me ha ayudado a construir personajes así. Existen muchos novelistas que no están preocupados por la construcción dramática; los dramaturgos no podemos: siempre estamos preocupados por la transformación, por la curva dramática.

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En Nubecita abunda el lenguaje coloquial, desparpajado, que emana de la oralidad coahuilense. La novela parece escrita en un sólo aliento, con un ritmo vertiginoso, algo que beneficia la lectura, pero que a Nora le tomó más de cinco años.

“Pasé dos años tratando de escribir una obra de teatro, en vez de una novela. Cuando decidí que fuera novela, me puse a pulir el lenguaje. Escribí con cierta nostalgia de querer recuperar las palabras, o las voces, con las que crecí. Y eso significó un reto, pues vivo en la Ciudad de México y no en Coahuila. No bastaba con salir a la calle, azuzar el oído y transcribir. Tuve que hacer un viaje al pasado y escombrar las voces”, explica.

Nubecita es, invariablemente, una novela políticamente incorrecta, en la que una adolescente busca el reconocimiento en la mirada de deseo de sus figuras paternas. Leemos en sus páginas:

«Vi que mis muslos estaban empapados, escurriendo más bien. Mis bubis estaban mitad adentro de la blusa, mitad afuera, con gotas de sudor en la cuevita que se hace entre una y otra, y mi cabello alborotado por el viento caliente que me despeinó camino a la parroquia. O sea, estaba como para portada de calendario de Comex –mínimo–. El padre Miguel se sentó frente a mí. Ni siquiera me volteó a ver. […] Yo me quedé así de ¿ni siquiera una miradita morbosa me vas a dar? El padre Miguel siempre se portó como un amigo, hermano, refugio, casita del árbol, ¿pero ni así le parecía atractiva? ¿Ni una pizca de deseo había ahí?»

–Tu personaje femenino, en tiempos de corrección política, escribe episodios que podrían incomodar a las buenas conciencias, incluso dentro del gremio literario…

–Puede ser. Es algo que no me preocupa. Uno escribe sobre lo que quisiera leer, por eso escribí sobre un personaje femenino así, aunque ahora -curiosamente- estoy escribiendo una novela con una voz masculina.

Foto: Erick Baena Crespo

–En ese sentido, ¿crees que un hombre que escribe sobre personajes femeninos está ocupando un espacio que no le corresponde?

–Mi amigo Alejandro Carrillo me invitó, una vez, a suplirlo en su taller literario. Un chico estaba escribiendo sobre una activista, feminista. Y las chicas del taller le reclamaron: “Ese no es tu lugar. Ese retrato es responsabilidad de las mujeres”. Y yo les dije: “El escritor no debe de estar preocupado por el género que representa. Tiene que estar comprometido con la verdad y la literatura. No importa si su personaje es moralmente cuestionable”. Entonces creo que hay que construir la verdad sin tapujos. Sólo así encontraremos respuestas de fondo sobre lo que estamos viviendo como sociedad. Si desde la escritura literaria queremos ser políticamente correctos, eso solo servirá para seguir escribiendo novelitas poéticas, con frases bonitas, que alguien citará mal en tuiter.

Si Flaubert viviera estos tiempos, le dirían: “Tú no debes escribir Madame Bovary por ser hombre”. Si él no hubiera escrito eso, nosotras no estaríamos haciendo nuestras reescrituras.

–Como autora, ¿has sentido algún obstáculo en tu carrera por ser mujer?

–Hablo desde un lugar privilegiado. ¿Por qué? Porque he tenido muy buena suerte. No me he topado con alguien que, abiertamente, me diga: no voy a programar tu obra porque eres mujer. Las personas con las que he colaborado siempre han confiado en mí. No me juzgan por el género, ven otras fallas de carácter que tengo, pero no el género. Esa ha sido mi experiencia. He sido privilegiada al estar en contacto con mujeres que no necesitan empoderarse a partir de la figura de un hombre. ¡Son mujeres chingonas y ya!

–En términos literarios, el año 2019 fue declarado, por algunos críticos, como el año de la mujeres. ¿Te sientes parte de eso?

–Te voy a decir algo políticamente incorrecto: no me siento parte de nada, incluso no me identifico como narradora o dramaturga del norte. No quiero ser como los personajes de mi novela: seres enfermos de aprobación, que siempre quieren aparentar otra cosa, o porque les conviene o por alguna tonta y efímera razón. Me da gusto que cada día publiquen a más mujeres, pero no sé si el 2019 fue el año de las escritoras o alguien decidió que era el año de las escritoras. En México las grandes escritoras han existido desde siempre, no sólo ahora. A ellas les debemos mucho.

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