En Recurso de amparo, la narradora habla del incendio de una discoteca donde mueren 77 personas. Podría ser en Brasil, en México, en Argentina, en “condiciones degradadas de control, los jóvenes como vulnerables, en todo el mundo”. Hay una intriga policial, un responsable, un fotógrafo que va sabiendo lo inenarrable.

Ciudad de México, 16 de febrero (SinEmbargo).- Recurso de amparo (La pollera) es una novela demencial y al mismo tiempo solitaria, encerrada en sí misma, como si contara la historia de un incendio en una discoteca donde mueren 77 personas, en un relato de un muerto o de un loco.

Lo cierto es que incendios en discotecas suceden en todo el mundo, de hecho está escrita por una argentina Betina Keizman, donde aconteció la tragedia de Cromañón, en el 2004, donde murieron 194 personas.

Aquí, todavía recordamos a la discoteca Lobohombo, donde murieron 22 personas, en un cierre para una casa de entretenimiento que había sido cerrada varias veces por funcionamiento irregular.

La prosa de Keizman es enigmática y cuenta una intriga policial que relaciona poderes económicos con desastres ecológicos y la historia de un fotógrafo que busca y encuentra a los responsables.

“Ignacio, el protagonista, es un fotógrafo inseguro, a veces frágil, introspectivo y sin muchas convicciones, a quien se le encarga retratar a los familiares de los muertos en el accidente del local de baile Luvina. Según reportes, una falla eléctrica causó el incendio contra el cual lucharon 7 horas los bomberos para apagarlo. Pero Ignacio oculta que su padre también es una de las víctimas, acaso tuviera alguna responsabilidad en el hecho”, dice Carolina Melys en la presentación de la novela.

Y agrega: “La escritura de Betina Keizman, de enunciados meticulosamente trabajados, fluye en la narración mediante la sutileza en las ideas y en la profunda belleza de las imágenes, en que confluyen el dolor, inseguridades y aprehensiones de los personajes. La precisión al delinearlos en sus matices y complejidades es una de las grandes fortalezas de la novela”.

El libro tiene origen chileno y próximamente se editará en México, fruto de una larga carrera de Keizman, Doctora en Letras, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y que tiene entre sus títulos Profundidad de campo, El museo de los niños, El secreto de Marlene Rochoell y Los restos.

Uno lee a los escritores mexicanos y no interesa si son realistas o no, en ese sentido hay como proyectos literarios más honestos con sus propias intenciones. Foto: Archivo

–¿Recurso de amparo es sobre Argentina y la identidad?

–(risas) Sí y no. En realidad fue algo así, aunque lo de Cromañón, la tragedia, salió después. Yo estaba pensando en algo más contemporáneo, cómo vivir la experiencia de los otros, la reivindicación de la ficción como una forma de empatía y de acercarse a las experiencias de los otros.

–Hay una reivindicación de la ficción, aunque si el libro saliera en la Argentina, todos pensarían en dicha tragedia.

–Sí, es cierto. Está eso y está también el tema de desaparecidos, como el tema de las pérdidas, cómo lidiar con ellos. Leí algunos libros sobre Cromañón, pero encontré un caso similar en México, otro en Brasil, en realidad te das cuenta que son sucesos que se producen en un muchos lados. Son condiciones degradadas de control, los jóvenes como vulnerables, en todo el mundo. No sé si hoy es peor que en otras épocas. Lo que es cierto es que uno tiene el contacto inmediato y recibe la información muy superficial de los niños que mueren, de los migrantes allí o allá, es como que en el ranking de las atrocidades estuviéramos más arriba, pero no sé si es así o es el grado de información que tenemos hoy.

–¿La ficción denuncia y se percata de todos estos hechos?

–Se percata, creo. La información está. Antiguamente la literatura testimonial era algo que denunciaba e informaba algo que no se sabía. Hoy pareciera que tenemos acceso a todo, que sabemos todo y no hay nada que se pueda hacer. Es como una reivindicación de la ficción más allá de la información.

–¿Qué tiene que ver la fotografía contigo?

–Me gusta mucho la fotografía y creo que la fotografía tiene como esa idea de registrar el mundo, tiene como esa apariencia de poder incorporarse inmediatamente a los hechos. Hay una fotografía más reflexiva. Hoy lo que sacamos son las fotos por los teléfonos, una imagen muy superficial. Sacas a todo, pero en realidad no prestas atención a nada. ¿Cómo con la fotografía prestar atención no sólo a lo que se ve, sino también conectarse?

–Hay un personaje protagonista masculino en la novela.

–No quería hacer un personaje femenino, hay en este momento como una cuarta o quinta ola de reivindicación feminista, con la que estoy de acuerdo, muy comprometida, pero no sé si en el campo literario se están agregando cosas con esa posición. Me parecía mejor un personaje masculino.

–Escribe una mujer y en ese sentido hay una mirada femenina sobre los hechos.

–Sí, puede ser. Algún amigo que leyó me dijo que el personaje como padre es una madre. Soy como una escritora muy desordenada. No empiezo con un plan. No escribo como con un proyecto inicial. Es una sorpresa lo que sale. Estoy contenta con Recurso de amparo, pero me interesa no ser tan práctica, me parecen que salen cosas más interesantes.

–Vives en Chile. ¿Qué haces allá?

–Doy clases en la universidad, de literatura, investigo y lo que hago es como hacen todos los escritores: un pretexto para comprar tiempo y poder escribir. Uno tiene que ganarse la plata de algún lado. No conocía nada de la literatura chilena antes de llegar a Chile, ahora conozco bastante, aunque hay que seguir proyectos más propios, porque estamos sino muy influidos de lo que se está haciendo.

–¿Qué registro tienes de México?

–He leído a muchísimos autores y tengo más registro que con la argentina. Hay muy buena pluma mexicana y me interesa sobre todo la destrucción de los géneros. Uno lee a los escritores mexicanos y no interesa si son realistas o no, en ese sentido hay como proyectos literarios más honestos con sus propias intenciones.

Una novela sobre el incendio en una discoteca. Foto: Especial

Fragmento de Recurso de amparo, de Betina Keizman, con autorización de La Pollera

Con muchos deudos había conversado sobre la vida póstuma; las enseñanzas católicas, el paraíso, el infierno o el limbo, lo confirmó, eran creencias en franco retroceso. El hombre que le recordaba al Psicópata se reveló fervoroso creyente en la reencarnación, pero la mayoría rumiaba una convicción difusa de permanencia y vida. Hasta Pancha confiaba en que Leticia subsistiría transformada en una forma de energía, amparada en esa solución que Ignacio ya había escuchado: una energía que nos unía a las estrellas y al mundo, algún tipo de transmutación de materias. Aunque mejor que nada, era un consuelo bien pobre permanecer en el mundo sin ser uno. Para curarse en salud, en el altar de muertos que Elisa hizo para su padre, Ignacio contribuyó con una postal de Xcaret, el vaso de whisky, un collar de oro y las fotos de

un mítico viaje americano que el Psicópata había hecho con dos amigos de juventud. ¿Qué es lo que debe un deudo, qué adeudamos a nuestros muertos? Era la pregunta que haría el Pichi Rodríguez. Jugó a ser él: “El deudor que no se muera, que en pie se estará la deuda”. En la pantalla de la computadora se escribía negro sobre blanco que el deudo debe la vida a su progenitor, y por consiguiente a todos sus ascendientes.

Una obligación que emana del parentesco. Otra cuestión es lo que impera en la actualidad, con la balanza deslizada hacia la obligación de los padres para con los hijos, al cuidado de la progenie, la dictadura de los pañales. Matilde: la punzada dulce en el pecho. En contraste con los comportamientos de los padres contemporáneos, la tarea y los sentidos del deudo devolvían la balanza a su origen, tomaban partido por

el cuidado de la tribu y las raíces. En resumen, cuando el padre es muerto, el hijo se sabe deudo, recuerda su origen y pesa su deuda. La búsqueda en el diccionario de internet lo llevó a otra curiosidad: adicto y addictus. Así se denominó en la antigua Roma al deudor que por falta de pago era entregado como esclavo a su acreedor. Una nota completaba la información: el problema adquirió tal envergadura que las casas patricias amenazaban convertirse en cárceles de paso, siempre con algún addictus esperando su venta en el mercado de esclavos. Si la venta fracasaba en dos oportunidades, el addictus era vendido al otro lado del Tíber: morarás en tierras ajenas.

Frente al espejo cubierto de vaho, Ignacio tanteó la zona en que una franja de barba crecida se había escapado a sus movimientos. En torno a su mano la bruma deshacía las líneas rectas de los azulejos. El vapor desprendía un olor intensificado a nicotina y el sellador contorneaba las losetas hexagonales verdes con un movimiento de serpiente, un desplazamiento que se impregnó en su cuerpo, con una sensación

giratoria contra los pies que lo fondeaban como un ancla. En la bruma blancuzca reconoció su piel convertida en superficie escamada bajo el agua caliente, un fondo de

piscina verde con algunas manchas más negras en las que un poco allí, un poco allá, se distinguían seres con branquias,amigos de ese universo acuático de contornos descompuestos, con vasos y órganos adaptándose a los fluidos. Otras veces imaginaba que alguien avanzaba en ese vapor, durante un tiempo fue Elisa, a veces su hija o algún amigo, últimamente había sido el Psicópata escoltado por los familiares del Luvina. Apenas abrir la boca, esas apariciones se arrastraban hacia la inconsistencia. Una vez Paulina Iriarte joven había estirado la mano para tomar la suya y con los labios cerrados le advirtió que los cumbieros dominaban el fuego.

Un burbujeo suave escapó de los labios de Ignacio y las burbujas ascendieron hacia la altura de su cabeza, por sus mejillas, como lágrimas invertidas.

La ventana abierta liberó el vapor y a los pocos segundos solo perduraban gotas mínimas, multiplicadas sobre los azulejos.

Ignacio se friccionó suavemente, empujando la piel.

Sería feliz si Pancha le propusiera vivir en su casa, en algún rincón, entre los trastos, donde no fuera a molestar. O en el museo de Asterio, un deslarvador necesita un mudo que intimide a los consultantes. Podía hacerse el bizco para que le tuvieran miedo, lo que fuera para estar cerca y protegido.