Lo que debió ser una crisis clásica de deuda pública en Europa, se ha convertido en un caos económico que no sólo afecta las perspectivas de la zona en particular y el mundo en general para 2012, sino que amenaza todo el proyecto del euro. Este año supone la continuidad de la recesión para algunos países (Grecia, Portugal) al mismo tiempo que otros están en riesgo de correr la misma suerte el primero o segundo trimestre de este año (Italia, España) mientras los mercados no terminan de estabilizarse.

Son diversos los factores que coadyuvaron para complicar el escenario europeo. En materia de política económica, la incapacidad del Banco Central Europeo para actuar como prestamista de última instancia imprimiendo moneda, ha sido fundamental para aplicar las soluciones comunes que sugieren los manuales de economía: resolver la deuda con mayor deuda, recibir el efecto inflacionario y aplicar las ya conocidas políticas de austeridad –el ecléctico, histórico, cíclico y conocido cóctel de la política económica–. En el orden político institucional, la Unión Europea ha tenido demasiados actores en la toma de decisiones; éstos, particularmente la canciller alemana, han pretendido dirigir a Europa considerando intereses nacionales, pero la Unión se ha caracterizado por la des-Unión. Finalmente, y como venida de alguna novela justiciera, se exige a los bancos pagar los costos del desastre, infundiendo temor, incertidumbre e inestabilidad en los mercados, verbigracia la caída en la confianza de los inversores, ante la falta de credibilidad de los líderes europeos, que después de haber gozado de la plétora monetaria se resisten a cumplir su función: garantizar el proceso de acumulación de capital. ¡Esto es capitalismo, las pérdidas se socializan, las ganancias no¡

La situación económica de la Unión Europea (27 países) y la Eurozona (17 países) respecto del déficit, la deuda y el desempleo, es paradójicamente mejor que la correspondiente en Estados Unidos. De acuerdo con los datos de Eurostat, el déficit de la Unión Europea es de 6.6%, 6.2% para la Eurozona, mientras que la deuda pública como porcentaje del Producto Interno Bruto es de 80 y 85%, respectivamente. El desempleo en los 27 países de la unión es de 9.8%, en los 17 países que comparten el euro como moneda, superó el 10 por ciento.

En Estados Unidos, el Departamento del Tesoro reporta un déficit de alrededor del 10% y una deuda pública que supera el 100% con respecto del producto, mientras que la Oficina de Estadísticas Laborales (Bureau of Labor Statistics) sitúa la tasa de desempleo en 8.5 por ciento. No obstante lo anterior, la economía norteamericana parece sortear la crisis con mejores resultados que la región europea. En los últimos dos trimestres de  2011, el crecimiento del producto fue de 1.3 y 1.8% para Estados Unidos, mientras que en la Unión Europea y la Eurozona el dato fue de 0.8 y 1.2%, respectivamente. ¿Qué hace el primero que el segundo ignora?

Durante la depresión de 1930-1932, Andrew Mellow, secretario del Tesoro de Estados Unidos, aconsejó al presidente Hoover “liquidar los sindicatos, las bolsas, la agricultura, los bienes raíces… Eso purgará la podredumbre del sistema…”, dijo. Haber seguido el espíritu darwinista de Mellow hubiera costado a Estados Unidos mucho más de lo que conocemos como la crisis más importante y profunda de su historia. Aun así, la acción del Estado en dicha época fue tímida, inconstante y contradictoria; los costos fueron evidentes, desde entonces, el Estado norteamericano ha sido el gran paraguas de los intereses privados y del sistema en su conjunto en tiempos de tormenta.

Cuando la crisis financiera provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria se hizo presente en los primeros meses de 2008, el gobierno republicano de Bush  aplicó un rescate de 800 mil millones de dólares, que fue administrado por la actual presidencia demócrata, alegando que algunas instituciones financieras eran demasiado grandes como para caer –too big to fail–. El rescate, el recorte de impuestos y los rembolsos fiscales mostraron a los inversionistas que el Estado se haría cargo de la situación. Así, pese a los niveles de déficit, deuda y la degradación en la calificación de la deuda norteamericana, los inversores continúan considerando a Estados Unidos como un mercado seguro y cierto. Acto seguido del anuncio en la reducción de la calificación que aplicó Standard & Poor’s, los inversionistas corrieron a refugiarse en los bonos del tesoro, ¿paradójico? No,  después de todo nadie les pidió que asumieran el 50% de las pérdidas en sus cuentas por cobrar, lo que sí sucedió a los acreedores de Grecia.

 

DEUDA Y CRECIMIENTO

La lección que norteamérica aprendió en la Gran Depresión y que ejecuta con disciplina no parece ser clara en Europa. En la Eurozona aún se preguntan por qué deben pagar justos por pecadores.

Las condiciones más generales de la crisis de deuda actual, tanto en Europa como en Estados Unidos, obedecen al proceso de liberalización financiera que permitió la creación de grandes excedentes a partir de nuevos instrumentos financieros. Tales excedentes incrementaron la oferta de crédito barato que fue utilizado para diversos fines. En el caso de Grecia, la deuda del gobierno se originó en el incremento del gasto social, mientras que en Portugal la explicación se ha encontrado en la administración ineficaz y el tamaño del gobierno. Irlanda rescató por casi 100 mil millones de euros a los seis bancos que financiaron la burbuja inmobiliaria, y convirtió una deuda privada en una pública. En Italia, el fenómeno podría alegarse estructural, mientras que la deuda en España es un efecto directo del estallido de la burbuja inmobiliaria.

Este conjunto de países conocidos como los PIIGS hacen que el proyecto del euro penda de un hilo. Si Grecia termina en una situación de impago, pese a los esfuerzos hasta ahora insuficientes, posiblemente la seguirá el resto del grupo. Grecia se ahoga en su deuda y los planes de austeridad inhiben su crecimiento económico. El default, llevaría a la zona a una crisis de la cual, a priori, no podría diagnosticarse profundidad, durabilidad y consecuencias. Aunque la purga de Mellow sería inevitable.

Históricamente, los periodos de crisis estimulan políticas proteccionistas, no obstante, tales políticas cada vez son mas difíciles de aplicar en una economía mundial en creciente interdependencia. La crisis como el auge tiende al contagio. El problema en Europa son las partes, no el todo, sobre todo si decides tener en común una moneda y renunciar a tu política monetaria. Los estados de la Eurozona se han quedado sin herramientas de política económica para resolver la crisis que les afecta; por ejemplo, no pueden recurrir a la devaluación porque no tienen moneda propia. Por otro lado, los instrumentos fiscales soberanos para estimular la economía dependen, en lo general, del gasto y la inversión pública, o de los recortes en los impuestos para estimular el ahorro, el consumo o la inversión según sea el caso; esto no es posible actualmente por su ya elevado déficit público.

La solución debería estar en manos del Banco Central Europeo, una vez que los países han sido reconocidos como parte del problema y no de la solución; la política monetaria en materia de rescates bancarios, préstamos y bajas tasas de interés a los Estados e inversionistas se convirtió en el único margen de maniobra que, junto con la política fiscal y en palabras de los premios Nobel J. Stiglitz y P. Krugman, no fue utilizado en la cantidad requerida, el momento adecuado ni de la forma correcta, además que ésta última ha consistido en recortes de impuestos, no en gasto, teniendo éste para los keynesianos un mayor efecto multiplicador del consumo y la inversión.

Los temores de resolver la deuda con mayor deuda se focalizan en las presiones inflacionarias, sobre todo en Alemania, para quien la inflación no es un grato recuerdo. No obstante, dicho temor parece infundado cuando observamos que la inflación en la zona se ha mantenido particularmente baja en los últimos años, y las previsiones para los próximos son bastante halagüeñas. En 2009, la inflación promedio en la Eurozona fue de 0.4%, en 2010 el dato fue de 1.76%, mientras que en 2011 casi alcanzó 3 por ciento. Para 2012 y 2013 se espera ligeramente abajo de 2 por ciento.

Algunas investigaciones señalan que si las perspectivas de inflación se mantienen estables, el gasto no se traduce en presiones inflacionarias; sin embargo, es necesario anotar que aunque los países europeos quisieran aplicar dicha medida estarían limitados por sus niveles de deuda. Es por lo anterior que insistimos que el Banco Central Europeo es quien tiene la pelota en su cancha, así como el Fondo Monetario Internacional y los inversionistas chinos, como posibles prestamistas.

Al parecer Keynes no es bienvenido en Europa. La reacción a la crisis ha sido muy conservadora. Los países de la Eurozona no tienen control sobre la política monetaria y están, con los planes de austeridad, cimentando el terreno para amordazarse en términos de política fiscal, con los pisos del déficit y la deuda, sin antes haber resuelto el tema del crecimiento y el empleo en el corto plazo.

¿Es la austeridad el camino a seguir para recuperarse de la crisis o es el remedio el que está matando al paciente?

Optar por las políticas de austeridad es equivalente a dejar que la situación toque fondo, y que la inversión y el empleo se recuperen una vez que exista el ahorro suficiente para prestar y reiniciar la senda de crecimiento. En el corto plazo los bancos no prestarán, apenas están en el camino de recapitalizarse y Estados no gastarán, no sólo por el poco margen debido a los niveles de deuda, sino porque las políticas aplicadas les han atado las manos. El Banco Central Europeo es el único que podría estar en condiciones de hacer algo y, aun así, podría ser insuficiente, después de todo, de qué sirven las bajas tasas de interés cuando la confianza y los incentivos para invertir se han nulificado. Lo que los PIIGS y posiblemente otros países de la zona que puedan ser contagiados por la recesión pueden esperar, son algunos años de crecimiento mediocre y altas y medianas tasas de desempleo. La evidencia apunta a que las políticas de austeridad funcionan en el largo plazo, “aunque en el largo plazo todos estaremos muertos”, como afirmó Keynes.

En el corto plazo las soluciones anti-crisis keynesianas sugieren que los líderes europeos deben tomar la decisión de resolver el problema de raíz, rescatando con contundencia a los países en riesgo de default, otorgando facultades de prestamista de última instancia al Banco Central Europeo, similares a las de la Reserva Federal,  al mismo tiempo que se recapitaliza a los bancos y emprenden políticas de inversión con créditos baratos que estimulen el empleo, con ello el gasto y finalmente el crecimiento, dicho crecimiento permitirá pagar las obligaciones contraídas iniciando un ciclo positivo que llevará de nuevo al auge. ¿Pero acaso no fueron estas políticas las que condujeron a la crisis? Sí, y seguramente, de aplicarse,  conducirán a otra. Pero, de nuevo, la visión cortoplacista del capital es salir del problema inmediato, ya se pensará y se actuará posteriormente en el futuro problema.

Las explicaciones de la crisis pueden dividirse en dos posturas, una de ellas alega que la causa estriba en la disponibilidad de crédito barato, mucho dinero, mientras que la otra alega la causa contraria, escasez de dinero. La crisis actual se explica por los llamados conservadores, monetaristas o neoliberales, por el actuar de los bancos centrales, especialmente la Reserva Federal, que estimuló mediante bajas tasas de interés la creación de la burbuja inmobiliaria, que al tornarse insostenible tuvo que ser pinchada elevando la tasa de interés, lo cual condujo al encarecimiento del crédito, mostrando con ello, la “ficción” del auge.

Los economistas liberales o keynesianos, explican la crisis por las acciones que llevan a cabo las instituciones económicas y su creencia en la eficacia de los mercados. Bajo el supuesto de que los mercados deben intervenirse, los keynesianos observan en la desregulación financiera el germen de la crisis, el problema no está entonces en la creación de burbujas, sino en la falta de instrumentos adecuados para administrarlas prolongando el auge mediante la sistemática inyección de fondos y la asignación de los recursos dirigida por el Estado como arbitro general.

Ambas explicaciones de la crisis, así como las soluciones propuestas por ellas, funcionan; la historia nos otorga evidencia al respecto. La primera propone asumir los costos estimulando con mayor profundidad la destrucción creativa, que liquidará a trabajadores y empresas, mientras prepara el terreno para nuevas opciones de negocios más rentables en el largo plazo, es decir, sufrir para merecer. La segunda opción se niega a pagar los platos rotos, prioriza el corto plazo, la crisis es ahora y hoy es que debe resolverse, mitiga los estragos de la destrucción creativa utilizando al Estado como salva vidas que minimice los costos. Europa parece optar por la primera opción, la política de austeridad y restructuración; por un lado, los resultados futuros en materia de crecimiento podrían ser más sostenibles de acuerdo a esta perspectiva; por otro, la unión monetaria no está asegurada. Ahí está el dilema, ¿usted que haría?

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