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Antonio Salgado Borge

18/01/2019 - 12:02 am

10 year challange: el reto por entender

El “reto” es sencillo y está al alcance de cualquiera con acceso a internet. Basta con colocar una fotografía de nuestro rostro de hace diez años junto a una foto actual similar.

¿Qué más nos da si Facebook tiene nuestros datos personales? Foto: Pixabay.

El “reto” es sencillo y está al alcance de cualquiera con acceso a internet. Basta con colocar una fotografía de nuestro rostro de hace diez años junto a una foto actual similar. Divertido o no, desde hace algunos días, las principales redes sociales, particularmente Facebook e Instagram, han visto multiplicarse el número de usuarios que participan en este juego.

El 10 Year Challenge es una tendencia global que revela mucho más que los efectos faciales del continuo paso de los años. Y es que en la aparición de este “reto” se manifiesta con claridad la apatía generalizada ante dos fenómenos cada vez más convergentes.

(1) El primero de estos fenómenos es la creciente visibilidad de las tecnologías dedicadas al reconocimiento facial en internet. Estas tecnologías forman una “huella” única e identificable de las caras de personas -que pueden ser concebidas en analogía con las huellas digitales-. El rostro de cada individuo presenta una serie de características o distribuciones que son medidos y cuantificado y ligados posteriormente a la identidad la persona. Un problema fundamental con el “reto” del momento es que se está “donando” un perfecto comparativo que permite leer mejor un rostro y analizar sus cambios a través del tiempo; información que estaría disponible lo mismo para gobiernos que para empresas.

Desde luego, el reconocimiento facial a través de internet no es nuevo. Facebook habilitó, desde hace varios una opción para clasificar fotos con base en este criterio, mientras que Apple ofrece esta posibilidad a sus usuarios y permite, incluso, agrupar fotos usando criterios como el conjunto de personas que aparecen en ellas. Uno puede incluso ligar caras con contactos, por lo que esto implica “ceder” a la compañía información de personas que no necesariamente estarían de acuerdo con este proceso.

Dado que el reconocimiento facial es cada vez más común y automatizado, una opción es encogerse de hombros y asegurar que no hay motivos para alarmarse. Finalmente, a pocos preocupa que un algoritmo impersonal pueda manejar su información. Además, siguiendo con nuestra analogía dactilar, dejar registro de huellas digitales, o incluso de firmas, en oficinas gubernamentales o empresas tampoco parece resultar particularmente perturbador.

Pero las consecuencias de los algoritmos pueden volverse personales y existe una diferencia fundamental entre la “huella” facial y la huella digital: mientras que la huella digital debe ser tomada mediante contacto físico inmediato, la “huella” facial puede ser tomada a la distancia.[1]  Un problema crucial es, por ende, la posibilidad de ser reconocidos o identificados al caminar una calle, entrar a un restaurante o realizar cualquier actividad en espacios públicos. Para ilustrar, imaginemos por un momento a una persona que le debe dinero a un banco. Por ejemplo, el vínculo entre las huellas faciales y la publicidad dirigida o personalizada puede en principio permitir que el banco proyecte en pantallas en espacios públicos el rostro del deudor y el monto exacto de la deuda con el fin de presionarle a pagar lo adeudado.

No se trata de una fantasía o una distopía demasiado exagerada; guardadas las proporciones, el gobierno chino hace actualmente algo semejante para humillar o castigar socialmente a personas que han delinquido.

(2) El 10 year challenge también muestra nuestra apatía hacia un segundo fenómeno que converge con el primero:  la forma en que nuestros datos son “cultivados” y “cosechados” en internet.

La presencia de monopolios y la ausencia de regulación seria obliga a quienes usamos internet a ceder cotidianamente información de nuestro comportamiento o cualidades intrínsecas o relacionales. Y es que, a pesar de su búsqueda de aparentar lo contrario, Facebook, Google Maps y otras aplicaciones no son servicios gratuitos, sino negocios que buscan maximizar utilidades. Su fórmula más importante: recabar permanentemente información de sus usuarios que posteriormente es procesada, analizada y comercializada.

Su omnipresencia, combinada con la indiferencia generalizada, hace tentador tomar al “cultivo” y a la “cosecha” de datos como costos inevitables del uso de aplicaciones “gratuitas” o, de plano, optar por ignorar este fenómeno por considerarlo inocuo. “¿Qué más nos da si Facebook tiene nuestros datos personales y se les vende a otras compañías para anunciarnos productos?” Sin embargo, aun si ponemos entre paréntesis las consecuencias del uso de la información para marketing personalizado, el argumento de la inocuidad cae por su propio peso cuando consideramos que dentro de este ecosistema dominado por monopolios tragadatos pueden surgir aplicaciones con fines más siniestros.

Quizás el caso más sonado sea el de Cambridge Analytica. Mediante una app que presentaba una encuesta aparentemente inocente, esta empresa obtuvo datos de alrededor de 88 millones de usuarios de Facebook. Entre los datos recabados destacan creencias políticas, intereses, y, sobre todo, acceso a información de contactos -aunque éstos no hayan usado la app- y acceso a mensajes privados enviados a través de Facebook. Posteriormente, estos datos fueron utilizados para intentar manipular, mediante contenido diseñado “a la medida”, los pensamientos de millones de personas.

El 10 year challenge sintetiza en buena medida las posibilidades que abre la convergencia entre las tecnologías para reconocimiento facial y la recolección o uso de nuestros metadatos. No sólo las aplicaciones dedicadas a recabar información no se han ido a ninguna parte, sino que entre la información recabada figura, cada vez más claramente, contenido apto para formar “huellas” faciales. Prueba de ello es FaceApp, una aplicación que permite a quienes la usan insertar una fotografía de su cara para luego, de forma extraordinariamente realista, modificarla. De esta forma, la fotografía puede ser alterada para que la cara de la persona aparezca con un género distinto -quizás la versión más popular-, más vieja, con expresión cambiada o simplemente “usando” accesorios, como lentes.

En el camino, de acuerdo con la política de privacidad de FaceApp, esta empresa recolecta un buen número de datos de los usuarios que la emplean, como las páginas que visitan. Posteriormente, esta información es analizada para fines que van desde proveer un servicio personalizado de maketing, hasta desarrollar nuevos productos o monitorear patrones demográficos.[2]

Un reciente y multicitado artículo de Kate O Neill en la revista Wired explica con claridad que la información recabada por tecnologías capaces de reconocer caras puede ser empleada para tres tipos de fines[3].  El primero son los fines “benignos”, como ayudar a encontrar personas extraviadas. El segundo es para fines propagandísticos considerados por la autora “mundanos”; por ejemplo, más marketing dirigido -me parece que este grupo está muy lejos de resultar aproblemáticos, pero no me desviaré, pues este no es el punto en este momento-.

Finalmente, O Neill menciona que el reconocimiento facial puede también ser empleado para fines “riesgosos”, como la clasificación de personas que participan en protestas o eventos políticos. Quizás el caso más conocido sea del gobierno chino, que ha venido instalando millones cámaras de video vigilancia equipadas con inteligencia artificial, ha equipado a parte de sus policías con lentes que incluyen cámaras, y ha construido una base de datos capaz de rastrear e identificar a 1,400 millones de personas.[4]

Lo fundamental aquí es que, con la masificación de las tecnologías de reconocimiento facial, parte fundamental de la información personal de quienes usan internet no sólo está en el mercado y al alcance de gobiernos alrededor del mundo, sino que podría generar escenarios que buena parte de quienes participaron en el 10 year challenge o bien no parece haber contemplado o que no han sido considerados suficientemente indeseables.

En este sentido, un reto crucial es intentar entender las causas de esta ignorancia o indiferencia. La cesión de información personal a empresas como Facebook o Google es, en estos momentos inevitable. Sólo más y mejor regulación puede proteger los derechos de los usuarios; esta batalla, sin importar una de las más importantes en términos de privacidad en nuestro tiempo, está en curso .En este contexto, uno podría pensar que las noticias e investigaciones sobre la forma en que se usan nuestros datos, y las documentadas consecuencias políticas retomadas por la prensa alrededor del mundo, serían suficientes para que las personas que usan internet al menos lo pensaran dos veces antes de volver a utilizar nuevas aplicaciones o medios que implicaran ceder parte de su información personal a cambio de “nada”.

Para ser claro, es evidente que uno tiene que ceder algo de su información para poder utilizar apps o plataformas como Facebook. Es más, no participar en el 10 year challenge es ya información valiosa para los recolectores y analistas de metadatos. Sin embargo, lo que es cedido puede ser limitado dentro de la misma app. Además, es posible seleccionar a qué información se comparte o a que apps o compañías se le comparte esta información; no todas las apps son igualmente “imprescindibles”. Por ejemplo, uno probablemente sea víctima segura de GoogleMaps si de geolocalización se trata, pero la “necesidad” de utilizar aplicaciones como FaceApp o de participar en “retos” como el 10 year challenge es, claramente, muy distinta.

Alguien podría alegar que el 10 year challenge es un simple juego y que no hay una compañía detrás del mismo buscando extraer o comercializar nuestros datos. También se podría decir que la información que se ha publicado en este caso es información actualmente disponible en el perfil de cualquier persona que haya utilizado Facebook por al menos diez años.

Me parece que si esto es cierto o no resulta irrelevante para efectos de esta discusión. Lo importante aquí es que, en la era de las tecnologías de reconocimiento facial y del “cultivo” y la “cosecha” de datos indiscriminados, al participar en este “reto” millones de personas facilitaron o pusieron en bandeja de plata -con hashtag y todo- información valiosa a disposición de quien la quiera extraer.  En este sentido, lo destacable del éxito del 10 year challenge es que este “reto” ha mostrado claramente el riesgoso sitio donde estamos actualmente parados: en la intersección entre la indiferencia masiva ante las amenazas que estos fenómenos implican y lo mucho que nos falta por conocer o entender el alcance de las consecuencias que de ellos pueden derivarse.

Facebook: Antonio Salgado Borge

Twitter: @asalgadoborge

Email: [email protected]

[1] https://www.forbes.com/sites/bernardmarr/2018/12/17/the-amazing-ways-facial-recognition-ais-are-used-in-china/#44ca168c5fa5

[2] https://faceapp.com/privacy

[3] https://www.wired.com/story/facebook-10-year-meme-challenge/

[4] https://www.nytimes.com/2018/07/08/business/china-surveillance-technology.html

Antonio Salgado Borge
Candidato a Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Cuenta con maestrías en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y en Estudios Humanísticos (ITESM). Actualmente es tutor en la licenciatura en filosofía en la Universidad de Edimburgo. Fue profesor universitario en Yucatán y es columnista en Diario de Yucatán desde 2010.
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