En suma, vivimos en una metáfora. Foto: Óscar de la Borbolla.

Como el lenguaje es metafórico, cuando hablamos, escribimos o pensamos más que representarnos las cosas mismas, lo que aparece en nuestra conciencia son analogías, comparaciones que sintetizamos en una imagen. Decimos “dinero” y lo imaginamos como el agua, porque el dinero se escapa de nuestras manos como el agua. Decimos “alegría” e inmediatamente se nos aparece en la conciencia un niño que ríe, porque asociamos la alegría con la infancia, la despreocupación y la risa. Decimos “Sistema Solar” y viene a nuestra cabeza una esfera amarilla a la que rodean esferas más pequeñas que están sobre sendos círculos concéntricos. Nada de esto es verdad, porque el dinero por mucho que se gaste pronto generalmente está seco; y porque hay niños tristes y también ancianos sonrientes y niños preocupados y gente madura despreocupada o, para decirlo de una vez, la alegría no necesariamente guarda relación con la risa o con la edad. Y el error más claro se da con la imagen que todos tenemos del Sistema Solar, pues cuando uno entiende el tamaño del Sol, los planetas, las distancias entre ellos y, sobre todo, si se respeta la escala no hay manera de que con la dimensión que generalmente se asigna a la esfera amarilla quepa en la misma página ni siquiera Mercurio, y no se diga Plutón: un punto que debería ser imperceptible y al que habría que ubicar a varios kilómetros de distancia de la esfera amarilla para que la representación fuera correcta.

Las palabras nos evocan imágenes y estas nos inducen a vivir no de acuerdo con lo que son las cosas, sino con las imágenes que nos hemos hecho de las cosas. En suma, vivimos en una metáfora. Y quizá la más engañosa sea la que nos hemos hecho de la vida, porque cuando decimos “vida”, vemos ante nosotros un camino, un camino en el que se presentan disyuntivas frente a las que tenemos que elegir. Pero esta es una gran mentira, pues ante nosotros no está el vano de un camino, sino más bien (cambiemos la metáfora) un muro de un espesor desconocido y compuesto por materiales de distinta densidad, un muro al que entramos empujados por el tiempo sin que podamos rehusarnos. Ese muro contiene partes blandas como de mantequilla o de lodo relativamente penetrable, pero también piedras duras y trozos de un metal como el acero que nos hieren o deforman, y nuestra capacidad de decidir no consiste en elegir la derecha o la izquierda ante la disyuntiva, sino, más bien, en adoptar alguna postura. El tiempo nos empuja y depende de nuestro cuerpo, según sean sus capacidades y su fuerza, si levantamos la frente, nos acuclillamos, subimos los brazos, los adelantamos o bajamos, o si juntamos nuestra piernas o las abrimos. El túnel que vamos dejando tras nosotros en ese muro de irregular sustancia es nuestra vida, la verdadera forma de nuestra vida.

Si al decir “vida” pensáramos en la imagen de ese muro y en el túnel que vamos abriendo -en vez del camino franco que se ramifica a nuestro arbitrio- entenderíamos mejor la importancia mayúscula que tiene para cada quien su circunstancia (el muro, las capacidades individuales y la fuerza personal) y, finalmente, entenderíamos también lo limitada que es nuestra decisión, que no es otra cosa más que la postura que podemos adoptar ante la dureza o blandura del muro contra el que el tiempo nos estampa. Con esta metáfora, a todos nos resultaría claro por qué es imposible no decidir o, si se prefiere, por qué no decidirse es decidir precisamente eso, pues no decidir equivale a cruzarse de brazos, y el túnel que deja tras de sí quien no decide es el contorno de una persona cruzada de brazos.

Muchas equivocaciones que hoy se tienen por válidas acerca de la vida dependen de concebirla como un camino que va bifurcándose. La más falsa de todas es que uno puede decidir su vida, cuando la verdad uno solo puede tomar decisiones en la vida que le ha tocado o, mejor, de cara contra su muro.

Twitter: @oscardelaborbol