“La población indígena vive los mayores estragos del cambio en la dieta. Donde antes la diabetes era algo extraordinario ahora es ya una epidemia”. Foto: Archivo/Elizabeth Ruiz, Cuartoscuro

El Presidente López Obrador desató en las redes una fuerte polémica cuando en la toma de protesta señaló que la epidemia de diabetes que se vive en México era una consecuencia del neoliberalismo. La polémica inició, especialmente, entre los que se dedican a la salud pública y la nutrición. Lo primero que se manifestó fueron las críticas a esta aseveración, pero posteriormente vendrían opiniones que la respaldaron. Las críticas a su señalamiento vinieron más de los nutriólogos, quienes respaldaron más su declaración fueron los que estaban formados en la salud pública. Los segundos tienden a tener una visión más sistémica, los primeros una más limitada, y siempre hay excepciones.

Como lo señala Alyshia Gálvez en su libro Eating NAFTA. Trade, food policies and the destruction of Mexico, publicado por la Universidad de California: “Los datos de 1990, antes del NAFTA, y 2013, cerca de veinte años después de haber entrado en vigor, revelan las consecuencias: las enfermedades crónicas del riñón aumentaron 276 por ciento, la diabetes 41 por ciento, y las enfermedades cardiovasculares 52 por ciento”.

La obesidad, la diabetes y las enfermedades no transmisibles se han disparado en todo el mundo, pero “en México la transición ha sido abrupta y “disonante”, con las enfermedades crónicas reclamando vidas más rápido de lo que aumenta la esperanza de vida”. El crecimiento de la diabetes en México se ha dado de una manera mucho más acelerada, junto con un cambio radical en la dieta y paralela al aumento de la obesidad.

La mayor susceptibilidad a desarrollar diabetes en la población de origen amerindio que la población de origen anglosajón, requeriría una política de intervención mucho mayor para proteger la salud de la población mexicana frente al cambio en la dieta. pero el neoliberalismo plantea todo lo contrario, la no intervención, la no regulación. No sólo tenemos un riesgo mayor de desarrollar diabetes también tenemos un riesgo mayor de morir por diabetes por falta de atención médica preventiva. En 2014 México y Estados Unidos tenían la misma cantidad de muertes por diabetes: 80 mil personas ese año murieron por esta enfermedad tanto en México como en Estados Unidos. La diferencia estaba en que la población estadounidense era el doble que la mexicana.

La susceptibilidad genética a desarrollar diabetes en la población mexicana se observa en cómo nuestros migrantes son los que presentan la mayor incidencia de diabetes en los Estados Unidos. Esta población de origen mexicano se ha sumergido en el consumo de comida chatarra, no solamente en los productos ultraprocesados y las bebidas como en nuestro país, también son clientes asiduos de las cadenas de comida rápida. Esta población vive comúnmente en los llamados desiertos alimentarios de los Estados Unidos, barrios donde prevalece la comida chatarra y las cadenas de comida rápida y donde es difícil tener acceso a alimentos frescos, como frutas y verduras.

La epidemia de diabetes en nuestro país está relacionada con la entrada masiva de la comida chatarra a nuestra dieta. Somos una de las poblaciones con el mayor consumo de ultraprocesados, y de bebidas azucaradas. La política neoliberal enfocada en que el mercado dicte las políticas y que el Estado pierda su labor reguladora, entregó el país a las grandes corporaciones de alimentos para que pudieran dominarlo con sus productos chatarra y sus bebidas azucaradas. Esta entrega fue favorecida con el abandono del abasto de agua de calidad para beber y la entrega, de parte de los mejores recursos de agua de calidad, a las empresas de bebidas. La entrega también fue favorecida con una falta de políticas y campañas para revalorar la comida tradicional, el valor nutritivo del maíz, el frijol, el amaranto y tantos alimentos de los cuáles somos centro de origen.

Sin la valorización de nuestros alimentos y nuestra rica cultura culinaria, las multimillonarias campañas publicitarias y la omnipresencia de los productos chatarra pasaron de símbolo aspiracional a dominar nuestra alimentación. Los niños dejaron de desayunar avena para desayunar Zucaritas o Choco Krispis, el agua de frutas paso a ser sustituida por la Coca Cola en la mesa y la ida esporádica a la tiendita por un dulce, un refresco o unas papas se convirtió en la compra de todas las tardes, además del abasto para la lonchera.

Los mismos negociadores mexicanos del TLCAN, que abrieron totalmente este mercado a las grandes corporaciones de ultraprocesados y bebidas endulzadas, son ahora los principales cabilderos de estas empresas para evitar que se implementen las regulaciones que se recomiendan frente a la epidemia de obesidad y diabetes (etiquetados frontales, prohibición de su publicidad a niños y su presencia en escuelas) que impactarían las ganancias de estas corporaciones y les obligarían a reformular sus productos. Desde 1994 a la fecha siguen activos estos cabilderos, más recientemente intentaron, en la renegociación del TLCAN, establecer un anexo que prohibiera la posibilidad de desarrollar en México, EUA y Canadá etiquetados de advertencia que pudieran informar al consumidor que estos productos son altos en azúcar, sodio, grasas o calorías.

El neoliberalismo, sinónimo del imperio de las corporaciones sobre los gobiernos, ha venido provocando una concentración mayor de la riqueza, la concentración de los mercados en unas cuantas empresas globales, el sometimiento de amplias regiones del mundo y sus poblaciones a la extracción de recursos y la degradación de las condiciones laborales a la llamada “esclavitud moderna” liderada por las grandes marcas.

Pero el planeta y la salud tienen límites: el cambio climático avanza poniendo en riesgo la alimentación, el acceso al agua, la seguridad y aumentando las presiones políticas por los migrantes ambientales; y la epidemia de enfermedades generadas por la comida basura pone en crisis los sistemas de salud.

En materia de recuperar la salud alimentaria América Latina está dando uno de los mejores ejemplos con las políticas para reducir el consumo de comida basura y bebidas endulzadas. Empezó Chile, le sigue Uruguay y Perú. Hasta el momento México ha quedado capturado, inmovilizado por el poder de las corporaciones.