El autor de Canción de tumba no se ha dejado amilanar por las presiones editoriales y ahora mismo empieza a hacer una novela, después de años y de haber editado un libro de poemas, uno de crónica histórica y ahora este, de cuentos: Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino. “Es también un homenaje a mí, como lector”, dice.

Ciudad de México, 20 de enero (SinEmbargo).- Julián Herbert pasó a la fama con Canción de tumba, un dolor lastimero por la muerte de su madre, prostituta y con cáncer, que a todos conmovió e hizo ver lo gran narrador que es.

Claro, primero poeta. Es uno de los nuestros vates más admirados y desde Saltillo, la ciudad donde vive (él nació en Acapulco, en 1971), ahora hace Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, unas páginas por donde desfilan personajes por él inventados, una vuelta a la literatura después de la crónica histórica La casa del dolor ajeno.

Por estas páginas desfilan: un vengativo coach de recuerdos personales; un burócrata mexicano que vomita sobre la madre Teresa de Calcuta en el aeropuerto Charles de Gaulle de París; un reportero adicto al crack convertido en payaso de rodeo literario; el fantasma de Juan Rulfo; un psicoanalista lacaniano y caníbal; un videoartista cuya obra consiste en filmar pornografía gonzo con mujeres enfermas de sida; Dios revelado como nini; un narcotraficante idéntico a Quentin Tarantino obsesionado con encontrar y asesinar a Quentin Tarantino.

–Un libro de relatos, ¿te reconciliaste con el género?

–Para mí el tema está en los personajes. Este salto entre los dos libros tiene que ver con los personajes. Me encontré con personajes muy fuertes para hacer La casa del dolor ajeno, mi libro anterior, es una crónica histórica, pero no tenía ningún margen de invención. Esta idea de que Benjamín Argumedo se ataba un pañuelo de la quijada a la cabeza porque le daba pavor que si lo mataban se le iba a meter las moscas en la boca. Eso no lo inventé yo, estaba en los documentos. En este libro lo que más disfruté fue poder inventar todo. Estos personajes no venían de ningún lado particular sino de cosas que se me iban ocurriendo sobre la marcha. Un artista conceptual que tiene sexo con mujeres con VIH o un periodista que se dedica al crack y que luego finge disfrazándose de vaquero, esas historias no vienen de algo que me pasó. Disfruté mucho eso.

­–Desde Canción de tumba hasta ahora, ¿cómo has sentido la presión?

­–No te puedo sentir que no he sentido la presión, porque sería un hipócrita, pero procuro manejarla de la manera más sensata posible. De manera muy consciente no he escrito una novela, tomé distancia del género, porque la novela era como firmar un acuerdo con el lado más conservador de la literatura para mí. Ahora estoy haciendo una novela, porque tengo muchas ganas. Lo que hice en el medio fue un libro de poemas, una crónica histórica y este libro de cuentos.

­–Este libro de cuentos te vuelve a poner otra vez en la literatura

­–Un poco vuelve la presión, pero con este libro tengo la sensación de que le devuelvo la presión al lector. De algún modo le digo: Buey, yo también tengo aspiraciones, yo también espero cosas de ti. Los escritores también esperamos cosas del lector. El lector no es un ente pasivo, sino alguien activo que te va acompañando, que te puede mandar al carajo a medio camino o no. Para mí también es una experiencia mía, de mí como lector.

­–Desde Canción de tumba, tu llanto hacia tu madre, saltas a una cosa demencial con estos cuentos…

­–Este es otro juego. Pienso que la experiencia de la escritura y de la lectura atraviesa la necesidad que uno tiene de recrearse. Yo no creo ni como autor ni como lector puedas vivir en el pasado. Canción de tumba está en el pasado…

–Como si lo hubiera escrito otro

­–Exacto. El sentimiento de la realidad es otro, yo tenía una idea de la familia cuando escribí ese libro, hoy estoy divorciado de Mónica y ese final feliz ya no existe. Yo soy otra persona.

Aquí, con todos sus libros. Foto: FIL

–¿Qué libros has leído, qué escritor conociste?

­–Soy un muy buen relector, pero soy un mal lector. No soy un gran lector de novedades, siempre vuelvo a mis autores y los vuelvo a entender de otra manera. He regresado mucho a leer a autores como W. G. Sebald, como Emmanuel Carrere, una persona de la que cada vez me siento más cercano. Después de Limónov, encontré una revelación. Hay algunos autores de mi generación que me pegan y me sorprenden, pero son muy cercanos a mí. Pienso en el libro de cuentos de Emiliano Monge (La superficie más honda). Con Fernanda Melchor y otras autoras, desde Cristina Rivera Garza, poetas como Sara Uribe, extraordinaria, Xitlalitl Rodríguez Mendoza, me siento también muy hermanado.

–¿Te sientes más poeta que escritor?

­–Es un poco delicado hacer esa diferencia, no creo tanto en neutralizar la imagen del poeta, le ha hecho mucho daño esa imagen, vestido de blanco, diciendo cosas maravillosas todo el tiempo, eso me da una hueva inmensa. Esa imagen del poeta sacerdote me tiene sin cuidado, pero para mí todo empieza en la poesía. La poesía es el lenguaje donde yo puedo entrar. A la pregunta la contestaría diciendo: yo soy lector.

–Hablábamos con Víctor Hugo Mendiola que una de las cosas que le faltan a la poesía mexicana es sentimiento. ¿Coincides con eso?

–No lo sé. Son formas de decir. El sentimiento por sí solo puede articularse en lenguajes más o menos automatizados. Lo que me importa más no es su capacidad de saber ni de sentir sino su riesgo frente al lenguaje, el sentimiento del mundo. Uno de mis poetas preferidos, que piensa más que siente, es Luis Felipe Fabre. Además lo adoro, es un tipo con el que mantengo una amistad literaria, con el que comparto un pensamiento del lenguaje y del mundo.