“De las bacterias presentes en nuestro cuerpo, la mayor concentración de bacterias las tenemos en nuestra flora intestinal”. Foto: Ng Han Guan, AP.

La microbiota intestinal, es decir, la población de bacterias en nuestros intestinos, no sólo cumple una función fundamental en nuestro estado de salud física, en la fortaleza de nuestro sistema inmunológico, todo indica que influye también en nuestro estado de salud mental. Cada vez más, se presenta evidencia de que el estado de la microbiota intestinal tiene influencia en nuestro estado de ánimo y salud mental.

Hormonas que cumplen una labor fundamental como la llamada hormona de la felicidad, la serotonina, se encuentra, principalmente, en el tracto intestinal. Este neurotransmisor cumple funciones vitales del organismo y su concentración se ve afectada por el estrés y la depresión. Es así que comienza a hablarse de la prescripción de “psicobióticos”, una mezcla de probióticos de bacterias saludables.

Se ha afirmado que tenemos más bacterias en nuestro organismo que células, se hablaba de una relación de 10 a 1. Aunque se ha refutado esa comparación se reconoce que si tenemos más bacterias que células. Se estima que un hombre promedio puede tener 30 billones de células humanas y 39 billones de bacterias, es decir, somos un organismo profundamente relacionado e integrado con su entorno, en que las fronteras son totalmente permeables.

De las bacterias presentes en nuestro cuerpo, la mayor concentración de bacterias las tenemos en nuestra flora intestinal donde se encuentran, por lo menos, 10 a la 14 que tienen un papel fundamental en nuestra salud. El Colón llega a alojar hasta 10 billones de bacterias, por lo que se considera uno de los sistemas microbianos más densamente poblados en los seres vivos

La composición de la microbiota está siendo profundamente afectada, principalmente, por el tipo de alimentación que se ha impuesto, basada en ultraprocesados, y por el uso intenso de antibióticos. Esta alteración de la microbiota se relaciona con muchas enfermedades, con procesos inflamatorios, con debilidad del sistema inmunológico y afectaciones a la salud mental, que apenas comenzamos a explorar.

El trasplante de la microbiota fecal (TMF) de un individuo que posee una sana y diversificada población de bacterias a otro individuo con una población pobre, dañada y/o con alta presencia de bacterias que afectan su salud, se ha establecido como una forma para reestablecer la salud de la microbiota intestinal. Se utilizan varias técnicas para realizar esta terapia, una es la oral vía sonda o a través de cápsulas o bien por vía anal con enemas o con infusión de preparaciones líquidas provenientes de heces de uno o varios donantes a través del colonoscopio.

Se considera que un 50 por ciento de la masa fecal está constituida por bacterias. La terapia de TMF se ha mostrado exitosa para enfrentar la infección refractaria por Clostridium difficile. En esa circunstancia específica puede incluso salvar la vida de un paciente. Sus demás aplicaciones están en discusión, pero es claro que la composición de la microbiota intestinal beneficia o afecta la salud de forma importante.

Los microorganismos de nuestros intestinos se van estableciendo desde el inicio de la vida. El organismos del recién nacido es colonizado por un conjunto de bacterias que entran a su organismo al nacer por el conducto vaginal y se complementa con el periodo de lactancia que le proveen una serie de bacterias favorables al proceso digestivo y el desarrollo de su sistema inmune. Se calcula que en el periodo de los primeros tres años se estabiliza la microbiota intestinal y que es común que quede una huella microbiana de ese periodo a lo largo de la vida. De ahí que el parto natural y la lactancia materna aportan un gran beneficio.

Por su parte, la cesárea y los sucedáneos de la leche materna no contribuyen a una microbiota intestinal saludable y aumentan el riesgo de diversas enfermedades. Los datos sobre el aumento del riesgo de obesidad, diabetes, ciertos tipos de cáncer y otros padecimientos que se sabe aumentan en los individuos que no fueron amamantados, tiene mucho que ver con el debilitamiento de su microbiota intestinal.

La alimentación puede ser la base de una microbiota intestinal rica y saludable o de lo contrario. El consumo de productos ultraprocesados, con altos contenidos de azúcares, edulcorantes artificiales, harinas refinadas, conservadores y una serie de compuestos sintéticos como saborizantes, colorantes, emulsificantes y demás, dañan la población de microbios en el intestino que es considerado el mayor órgano inmunológico de nuestro cuerpo. Es decir, esa mala alimentación daña el propio sistema inmunológico.

Un estudio exploratorio reciente, realizado por investigadores de la Universidad China de Hong Kong, en 100 pacientes con COVID-19 y 78 personas sanas encontró una relación entre microbiotas dañadas, debilitadas, con alta presencia de citoquinas inflamatorias y mayores daños por COVID-19. El estudio plantea que una microbiota intestinal afectada debilita el sistema inmunológico aumentando el riesgo de desarrollar la COVID-19, su daño y persistencia. No sólo hace más vulnerable a adquirir la enfermedad, también a desarrollarla de forma más grave y a que persistan síntomas de ella por varios meses, como fatiga, dolores en las articulaciones y disnea.

Los resultados del estudio realizado en China se plantean como no conclusivos, pero toda la evidencia existente sobre el papel de la microbiota intestinal nos hace suponer que están en la dirección correcta.

Frente a la COVID-19, frente a todas las enfermedades, proteger el sistema inmunológico comprende proteger nuestra microbiota intestinal y esto no se puede hacer sin cuidar nuestra alimentación y sacar de nuestra mesa, de nuestros hábitos, los productos ultraprocesados.

La TMF no es alternativa, hasta el momento sólo lo es para combatir el Clostridium difficile. La alternativa está en lo que comemos