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Jorge Alberto Gudiño Hernández

22/01/2022 - 12:05 am

De nuevo la gravedad

“Ignoro qué tanto sabe Djokovic sobre vacunas y en qué basa su postura. Ignoro, en ese mismo sentido, qué tanto saben los antivacunas y en qué basan su postura. Sin embargo, esté uno o no de acuerdo con las leyes, las normas o las posturas de los otros, no puede trasgredirlas a voluntad”.

“Existen formas de conocimiento que se basan más en la evidencia empírica que en el saber profundo de un tema. Pasa con la gravedad, con la medicina, con las vacunas o con la velocidad de la luz”. Foto: Diego Fedele, EFE/EPA

Escribí hace unas semanas un argumento ridículo: la gravedad no existe, lo prueba el mosco que se para en el techo o, mejor, cualquier otro insecto sin alas para que no haya cabida a refutaciones. Evidentemente, es una aseveración en la que no creo pero que me ayuda a elaborar en torno a una forma de pensamiento bastante facilista. Pese a que la gravedad es algo que experimentamos en todo momento (o quizá por eso, porque nos permite no pensar en ella debido a que estamos demasiado acostumbrados), entender las fórmulas y ecuaciones que la demuestran, la calculan y tratan con sus implicaciones es tremendamente complicado. Más, cuando se le añaden elementos como el tiempo, el espacio-tiempo o la luz. En verdad, no es sencillo entenderlo a cabalidad. Y, pese a que no puedo hacerlo, no descreo de su existencia. Incluso, mientras veo caminar una hilera de hormigas por la pared y por el techo (en un estricto sentido, que sean capaces de hacerlo poco tiene que ver con la fuerza gravitatoria del planeta).

Traigo a colación este argumento porque, a lo largo de esta semana, me he topado con algunos polemistas sobre un tema menos universal pero más relevante en nuestros días. El punto de partida, sin duda, fue Djokovic y su expulsión de Australia por no estar vacunado. Fue una decisión que aplaudí y que me pareció por demás sensata. Un deportista, por muy bueno que sea, no puede estar encima de las leyes de un país. Así de simple y así de claro. Esto aplicaría incluso en países en los que su sistema legal arroja reglas, normas y leyes que nos parecen absurdas. Si uno quiere, de cualquier modo, ir ahí, tendría que cumplirlas. En el caso de Australia, además, estamos de acuerdo con el sentido de esas leyes. Mismas que, por cierto, se están replicando ya en otros países. La idea del pasaporte de vacunación cada vez se concreta más.

Ahora bien, el pretexto era Djokovic pero el argumento giraba en torno a dos ejes fundamentales. En el primero, estaban los antivacunas que no creen en ellas. En el segundo, aunque de forma paralela, quienes aseguraban que no se puede limitar la libertad de los individuos obligándolos a vacunarse para tener ciertos derechos. La discusión más intensa fue con uno de los primeros. No creía en las vacunas por no saber qué contienen y me retó a decirle si yo sabía. La verdad es que no. No lo sé. En los últimos dos años he leído varios libros en torno a las vacunas pero no tengo los conocimientos ni las herramientas necesarias para entenderlo a cabalidad. Me parece que algo hay de magia en el hecho de tener una enzima capaz de cortar un fragmento de ciertas cadenas de ADN para luego pegarle otros y hacer que eso sirva para prevenir ciertas enfermedades. O me quedo atorado en mis clases de biología de la prepa cuando nos hacían aprendernos algunas funciones de las mitocondrias y otros organelos celulares al tiempo en que las coloreábamos.

Así pues, no sé. No sé cómo funcionan las vacunas en su especificidad ni sé qué es lo que me inyectan aunque acudo con singular alegría cada vez que me toca. Y acudo porque creo en ellas como creo en la medicina y en la gravedad. Creo no como un dogma sino como producto de la experiencia. Las veces que me he enfermado le hice caso a los doctores y me curaron a fuerza de recetas. Cuando mis hijos tuvieron fiebre por un catarro o una gripa, les di paracetamol sin saber cómo son sus moléculas. Además, el pediatra les ha puesto incontables vacunas que han permitido que sus achaques no pasen de ahí, de una gripa o un resfriado. También creo como producto de cierta conciencia histórica. Recuerdo que en la primaria en donde estudié había un par de niños con polio; recuerdo que había más personas con esta enfermedad en la colonia. No recuerdo, en cambio, cuando dejé de ver a niños pequeños con los aparatos en las piernas. Y sabemos de otras enfermedades que han ido desapareciendo o controlándose. En mi memoria difusa aparecen rostros marcados por la viruela que no he vuelto a encontrar en ya varias décadas. Nunca en las universidades donde he dado clases ha habido casos de contagios de sarampión. Incluso las varicelas de los compañeros de mis hijos han sido bastante benignas.

Existen formas de conocimiento que se basan más en la evidencia empírica que en el saber profundo de un tema. Pasa con la gravedad, con la medicina, con las vacunas o con la velocidad de la luz. Hay cosas que sabemos aunque no seamos capaces de demostrarlas o de explicarlas. ¿Eso implica una falla en el argumento de quien discute con un antivacunas? Puede ser, pero prefiero esa convicción que la del que se arroja al vacío seguro de que la gravedad no existe o de quien se deja contagiar a propósito para después morir en un hospital. Como alguna vez me explicó el pediatra de mis hijos cuando le pregunté qué hacía con los padres de algunos pacientes suyos si eran antivacunas: les hace firmar una responsiva y les cuenta las consecuencias de algunas enfermedades prevenibles comparadas con sus temores infundados al no saber qué se les inyecta a los críos. Al parecer, siempre acaba convenciéndolos.

Una cosa más. Ignoro qué tanto sabe Djokovic sobre vacunas y en qué basa su postura. Ignoro, en ese mismo sentido, qué tanto saben los antivacunas y en qué basan su postura. Sin embargo, esté uno o no de acuerdo con las leyes, las normas o las posturas de los otros, no puede trasgredirlas a voluntad. Para ser congruentes, bien podríamos negar el acceso a nuestras casas a personas no vacunadas o negarnos a verlas pese a que los lugares públicos lo permitan. Si no nos sentaríamos a comer con alguien con lepra contagiosa, ¿por qué lo haríamos con alguien que desprecia a la enfermedad que ha cambiado al mundo en sólo dos años?

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Jorge Alberto Gudiño Hernández es escritor. Recientemente ha publicado la serie policiaca del excomandante Zuzunaga: “Tus dos muertos”, “Siete son tus razones” y “La velocidad de tu sombra”. Estas novelas se suman a “Los trenes nunca van hacia el este”, “Con amor, tu hija”, “Instrucciones para mudar un pueblo” y “Justo después del miedo”.
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