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Alejandro Páez Varela

25/07/2022 - 12:08 am

Ven pero no miran

Antes de Trump, antes de 2018, hubo quienes advirtieron que entregar tu soberanía energética o alimentaria a tu vecino del norte no era una cosa de risa. Era peligroso, estúpido e irresponsable.

Donald Trump se rió, este sábado, de Alemania. Nadie, salvo Fox News, cubrió su conferencia en Turning Point Acción, una organización fundada por el extremista de derechas Charlie Kirk. Es difícil dar cobertura periodística a alguien como Trump (o al mismo Kirk), porque sus discursos son contra el establishment, contra los migrantes, contra la prensa, contra México (ya está empezando) y contra derechos adquiridos en años de movilización social. Por eso, salvo alguna prensa identificada con la derecha blanca, pocos ponen atención a sus palabras.

Trump, quien es sometido en estos días a audiencias públicas por su papel en el asalto al Capitolio después de las elecciones, suele decir ciertas verdades que se van al caño (junto con medias verdades y medias mentiras y mentiras completas). Habla sin filtro y sus palabras son tiros de escopeta: los perdigones hieren a muchos y matan a pocos e incluso se hiere a sí mismo. Eso no quita que haya también hechos en lo que dice.

“Hace tres años predije lo que pasaría con Alemania, ¿se acuerdan? Dije que Alemania iba a destruir su economía por abandonar la energía nuclear y el carbón, y pasarse a la energía eólica. ¿Y cuando no sopla el viento? ‘No te preocupes, querida, no prendemos la tele’. ¿Y la energía solar? Está bien, pero no es realmente potente para echar a andar la industria. Y dije que Alemania iba a estar en problemas y dije: déjenlo; es nuestro competidor. ¿Y saben qué pasó? Pasó eso. Ahora van de regreso al carbón y a la energía nuclear. Y rogándole a Rusia, porque hicieron un trato: depender en 72 por ciento de la energía desde Rusia”, dijo el expresidente de Estados Unidos.

El corresponsal de Associated Press en Berlín, Kirsten Grieshaber, contó la semana pasada: “Temiendo que Rusia corte los suministros de gas natural, el jefe de la agencia reguladora de energía de Alemania llamó a la población a ahorrar combustibles y prepararse para el invierno, cuando el uso aumenta. El presidente de la Agencia de la Red Federal, Klaus Müller, sugirió a los dueños de casas y apartamentos que revisen sus calderas y radiadores y que los limpien y ajusten para maximizar su eficiencia”. Es decir, Alemania ha entrado en una economía de guerra.

Este sábado, Trump agregó: “Traté de advertirle [a Alemania]: échenle un ojo a los últimos cien años. No están actuando de manera inteligente. ¿Se acuerdan de mi discurso en la ONU? Y esos tipos alemanes riéndose. ¡Les parecía tan divertido, tan lindo que yo se los dijera. ‘Ah, qué divertido’, decían. Y terminó siendo cierto. Nadie sabía que pasaría tan rápido, pero lo dije: esto va a terminar muy mal para Alemania…”.

Y en efecto, Trump advirtió el 25 de septiembre de 2018 que la dependencia de Alemania del gas proveniente de Rusia pasaría factura en el futuro. “La dependencia de un solo proveedor extranjero puede dejar a las naciones vulnerables a la extorsión y la intimidación, y es por eso que felicitamos a los estados europeos como Polonia, por liderar la construcción de un oleoducto báltico para que las naciones no dependan de Rusia para satisfacer sus necesidades energéticas”, dijo en un discurso en la Asamblea General de la ONU. [UNITED NATIONS, Sept 25 (Reuters) – U.S. President Donald Trump told Germany on Tuesday to follow Poland’s example and not rely on Russia for its energy supplies which could make it vulnerable to “extortion and intimidation”. –Por John Irish Editing y James Dalgleish].

Hace poco, en plena precampaña, el expresidente dijo que cuando Marcelo Ebrard negociaba lo de los aranceles y tenía a México parado en una tablita, “no había visto a nadie doblarse así”. En español lo de “doblarse” es todavía más grosero que en inglés. Gran parte de la prensa mexicana, con alegría, publicó los comentarios de Trump y enfatizó en lo de “doblarse”. Le pareció increíblemente oportuno gritar que Trump dobló a un Gobierno que busca defender el término “soberanía”, tan en desuso en las últimas décadas, sobre todo porque sin ese término tan incómodo es posible entregar todo y renunciar a todo sin carga moral, sin reclamo ético.

En México, hablar de “soberanía” causa más problemas que renunciar a ella. Si alguien dice la palabra “soberanía”, entonces una turba le gritará: “¡Echeverría!”, que es una ofensa nivel Dios, seas de izquierda o de derecha. En cambio renunciar a la soberanía es tan cool, tan moderno, tan de moda. Bajarse los calzones en plena plaza es lo de hoy, dicen. Ven pero no miran.

Por fortuna algunos siguen pensando que tener los calzones bien amarrados a la cintura y andar con ropa es decente, aunque no esté de moda. Y es sabio sobre todo porque el invierno, que llega todos los años, no tarda en llegar.

***

Deshacerse de la palabra “soberanía” ha sido un proceso que ha durado décadas, dado que es muy delicado para los ciudadanos de un país que ha sido víctima de potencias extranjeras durante siglos. Los últimos gobiernos mexicanos entregaron la soberanía energética contentos y firmaron nuestra dependencia con propaganda que decía que era por nuestro bien. Y los actores de Televisa cantaron a coro nuestros pasos de gigante: “¡Alabada sea la Patria, regalamos el petróleo todos los días, desmantelamos las refinerías, dejamos entrar a las voraces empresas eléctricas extranjeras y estamos regalándoles en pedazos la CFE!”, cantaron. Y allí vamos todos, conmovidos hasta las lágrimas, a cantar con los actores analfabetas de Televisa que el petróleo es una maldición y que por eso hay que regalarlo.

Gran parte de la prensa mexicana celebró que Trump hubiera “doblado” a un Gobierno que cree en la soberanía. Fue tan adecuado el término “doblado” para una mayoría de medios, periodistas y comentadores, que durante días y días fue tema de las portadas, de sus artículos, de las mesas de análisis y de discusión. “Doblado, los doblaron, doblados”, se escuchó al menos una semana.

Luego Trump dijo este sábado que Alemania pudo tener independencia energética y renunció a ella, burlándose, riéndose a carcajadas. “Ah, qué divertido”, decían los alemanes, mientras ponían su soberanía energética en manos del país del norte, que se siente superior y que siempre ha sido una amenaza.

Obvio, esto último no fue noticia para parte de la prensa mexicana. Sería tanto como aceptar que la “soberanía” no es tan anticuado como parece.

De hecho, mucho antes de 2018 hubo quienes advirtieron que entregar tu soberanía energética o alimentaria a tu vecino del norte no era una cosa de risa. Era peligroso, estúpido e irresponsable. Y no pedían revisar cien, sino 500 años en los que esta Nación ha perdido la mitad de su territorio y ha evaporado sus recursos por rateros y apátridas en casa, pero también porque el imperio –en este caso no ruso, sino gringo– siempre será el imperio. Uno de esos que lo ha alertado, y no es el único, es Andrés Manuel López Obrador, ese otro anticuado que todavía cree que traer amarrados los calzones es mejor que bajárselos en las plazas públicas.

Trump dijo molesto que Alemania sólo destinaba el uno por ciento de su PIB a los asuntos de seguridad y defensa mientras países como Estados Unidos empleaban más del cuatro por ciento del PIB en ello. Ahora no sólo Alemania regresa al carbón y la energía nuclear, sino también al gasto en defensa. Pero citar a Trump se ha vuelto cómodo para la prensa no sólo mexicana, sino también estadounidense. Cuando les conviene, como cuando dijo que había “doblado” a México, es noticia principal. Pero cuando recuerda que previó, por las razones que quieran, que la soberanía energética sería un tema de seguridad nacional para naciones como Alemania, entonces es el loco el que habla y no publicaron una sola palabra.

***

Por supuesto que no será Estados Unidos –sean Trump o Joe Biden– quien advierta a los mexicanos que no se vuelvan adictos a su energía o a sus alimentos. Para el país del norte, México es un negocio. Y si es un consumidor cautivo, más que un socio, muchísimo mejor. ¿Quién, que sea un comerciante, no quiere consumidores cautivos? Aunque se les tenga que llamar “socios” entre comillas, porque el verdadero término es “dependientes”. Es como Uber con sus choferes sin seguridad social: son “asociados” o “socios”, claro; el término suena tan cool, tan moderno, tan de moda.

Sin embargo, el mundo está girando a tal velocidad que muchos conceptos con los que nos educaron están virando, dramáticamente. Yo nací en un mundo políticamente bipolar que luego fue multipolar y ahora está regresando a la bipolaridad. Es un ejemplo. El libre mercado tuvo una oportunidad de oro para demostrar que podía distribuir la riqueza sin que los Estados nacionales metieran la mano –este es otro ejemplo– y provocó gigantescas oleadas de pobres. Y esos millones de desatendidos son víctimas y a la vez combustible de otras crisis, como la inseguridad o, más recientemente, como la pandemia, que evidenció que si las naciones no proveen seguridad social a sus ciudadanos entonces en cualquier momento un bicho puede poner freno al planeta entero.

También estamos aprendiendo que los países pueden zafarse de eventos negativos globales si trabajan barreras locales. Los que dependen de la energía y de los alimentos colocados en el mercado global y no producen lo que consumen están, ahora mismo, ahogándose por la escalada de precios. El fortalecimiento del mercado interno es contrario a la idea “moderna” entre comillas del libre comercio, pero ciertas ideas –como vimos– son impulsadas por intereses muy puntuales y no por deseos de un bien común. La industria de Monterrey tuvo tantos privilegios y controló por tantas décadas los recursos y a los gobiernos locales que ahora no hay agua ni para echar a andar las máquinas, y ni para llenar las jarras de las familias de sus propios obreros. Son ejemplos terribles que nadie quiere reconocer porque niegan todo en lo que ha creído. El mundo está cambiando y son muchos los que no entienden las lecciones de un pasado tan inmediato.

Cuando López Obrador llevaba a Joe Biden algunas ideas para la inflación, la crisis de mano de obra o la de seguridad y migración, en realidad planteaba algo más de fondo que viene repitiendo día y noche desde que alcanzó la Presidencia: la necesidad de una mayor integración regional para enfrentar problemas comunes que tienen consecuencias compartidas. No llevaba caprichos a la Casa Blanca. Llevaba soluciones para Estados Unidos, México y Canadá. La respuesta de Biden, lamento decirlo, fue insensible. Un manotazo en la mesa con el pretexto de la energía. Es decir: qué mal que Alemania dependa del gas de Rusia porque la potencia del norte de Europa (Rusia) es abusiva e imperial, pero eso no aplica para México, en lo absoluto. Que México sí sea dependiente de nosotros. Y si en el futuro tiene broncas –como las tiene Europa– pues qué imbécil es México por no procurarse soberanía energética.

Pues híjole, con esos amigos nadie necesita enemigos.

El mundo corrige los caminos torcidos del libre comercio, no sin resistencia. Camina hacia mejorar las economías en lo interno para tener mejores desempeños en el exterior. Pero si uno abre la prensa mexicana ve a montones de encuerados que siguen pensando que es lo mejor. Y con base a sus criterios –andar sin calzones por la plaza– miden a un Gobierno que no les conviene, que no les beneficia en lo personal y que, entonces, está mal. Y allí es justamente donde los intereses se cruzan: muchos en México alimentan y no sólo eso: operan a favor de los intereses de Estados Unidos y a veces, siento, es sólo por no aceptar que muchos de los líderes de izquierda de este país se adelantaron a su tiempo. Es curioso, aunque desesperante. Ven pero no miran.

A veces siento que es como si los alemanes, ahora mismo, insistieran en depender aún más del gas de Rusia. Allá hay silencio sobre el tema porque, híjole, pues sí: se equivocaron. Pero acá no. Acá la mayoría de la prensa y sus aliados en la oposición piden más dependencia y repiten, una y otra vez, que no hay palabra más anticuada que “soberanía”. Ven pero no entienden. Carajo.

Alejandro Páez Varela
Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx
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